martes, 17 de enero de 2012

ANDALUCÍA Y EL RÉGIMEN



Entre las teorías más conocidas de Carl Gustav Jung se halla el principio del ánima-ánimus, así como el fenómeno de la sincronicidad. Pero fue junto a Sabina Spielrein con quien desarrollaría otra de sus grandes apuestas: la Sombra. Según la teoría del psicoterapeuta suizo, existe una personalidad oculta en el inconsciente que esconde y rechaza aquellas características que no queremos reconocer en nosotros mismos pero que yacen en el fondo de nuestra naturaleza reprimida, como esos posos del café que se ocultan en el fondo de la taza pero que no por estar lejos de nuestra vista dejan de existir. Es decir: odiamos de los demás aquello que odiamos en nosotros mismos. Ello explicaría por qué el borrachín de la esquina que se pasea de bar en bar escondiéndose desprecia a los alcohólicos sociales, rechazando así aquello que flota en su propio ser; o por qué esas mujeres que, teniéndose por oblatas de Santa Francisca, desprecian las infidelidades ajenas, sabedoras ellas a nivel inconsciente de su afición a los devaneos; o, ya puestos, por qué aquellos anticapitalistas de chicha y nabo que se pasean por el mundo quemando gasolina y luciendo smartphone condenan un sistema que, en su fuero interno, reconocen como suyo, puesto que da salida a sus propias ambiciones egoístas. Todos ellos viven tiranizados por esa Sombra que les hace hablar con el estómago, como expertos ventrílocuos, pero retratados por el pincel de la contradicción más temprano que tarde. El economista y filósofo Ludwig Von Mises fue un paso más allá a la hora de explicar esa tendencia social hacia una izquierda enemiga del sistema de producción capitalista aun a sabiendas de que su propia situación personal menguaría irremisiblemente bajo un régimen socialista. ¿Las razones? El resentimiento social y el Complejo de Fourier.

De acuerdo a Jung, un complejo es "una vieja herida que todavía duele". Por tanto, el Complejo de Fourier sería algo así como la herida abierta del idealista crónico que hace de su vida diaria un eterno cuento de Hansel y Gretel, huyendo de la incertudumbre que es vivir como un ser humano y anhelando, por tanto, un futuro igualitarismo social que, aun rebajando su propio nivel de vida actual, le otorgaría la seguridad de saber que nadie ni nada abriría más sus propias heridas en un régimen sin competencia entre semejantes ni premios al mérito personal. Es decir: detrás del Complejo de Fourier no se halla más que el miedo a crecer y alejarse -simbólica o literalmente- del regazo materno. De ahí que muchos busquen en el Estado una suerte de ama de crianza o nodriza. Pero no todos sueltan el ancla por el costado izquierdo o babor por puro miedo. Ocurre que detrás de muchos de estos izquierdistas no se hallan ideas ni principios, ni siquiera convicciones o fe ciega, sino puro sentimiento de culpa y resentimiento social. Sabedores de sus limitaciones personales para medrar socialmente, optan por arrastrarse como culebras, al igual que el infausto Plácido de Echegaray. Y de esos polvos, estos lodos. Cuando la política se convierte en un banco de salmones para que pequeños tiranos hambrientos y acomplejados hallen en él un modo de vida, el resultado es una sociedad corrompida hasta el tuétano de los huesos del alma. De ahí que llegue el momento en el que el político tenga la libertad de reírse del ciudadano cuando debiera ser al contrario: el ciudadano reírse del malandrín público que convierte la política en un hampa con corbata y coche oficial. Y más rapiñará cuanto más maneje. Y, claro está, más manejará aquel que implemente una economía dizque social, con una Administración enferma de elefantiasis, que un gobernante de convicciones liberales seguro de los beneficios profilácticos de un Estado mínimo.

Por esas macabras casualidades -o no- de la vida, el próximo día 25 de Marzo se celebrarán las elecciones autonómicas en Andalucía, auténtico albañal socialista de miasmas y pestes. Y digo casualidad macabra porque ese mismo 25-M tiene lugar el día de San Dimas, el buen ladrón. Lo que, tratándose de Andalucía, parece más una condecoración que una colleja. Y es que es en esta Andalucía nuestra donde se ha fraguado el mayor escándalo de corrupción política generalizada no sólo de España sino, posiblemente, de Europa. Ochocientos millones de euros. O lo que es lo mismo: ciento treinta y cinco mil millones de las antiguas pesetas -como aún le gusta decir a la ama de casa- viciados, corrompidos, prostituídos. Un montante que bien valdría una mina de Potosí destinado a pagar las prejubilaciones de los afectados por los ERE, así como oxigenar empresas en quiebra, y que pasó como hetaira barata de mano en mano, en negocios inmobiliarios, chalés, francachelas, saraos, cocaína y mujeres alegres, como bien se ha sabido a raíz de la declaración del chófer del director general de Empleo de la Junta de Andalucía, Fco Javier Guerrero, quien gastó más de cien mil euros en cocaína con el dinero de los EREs. Lo que en cualquier país serio pondría a medios y ciudadanos a las puertas de Palacio, enviando a la cárcel hasta al mismísimo sursuncorda, aquí, en cambio, apenas se deja ver entre las páginas interiores de los diarios, lo que pone de relieve el nivel de exigencia no sólo de los medios de comunicación, sino además del votante.

El pasado 20 de Noviembre, sin ir más lejos, un PSOE que más bien pasaría por el Alakrana ganó en la capital de Andalucía con unas listas que llevaban como número uno a Alfonso Guerra, quien ya tuvo que abandonar una Vicepresidencia por corrupción y por la cual su hermano se tragaría una condena de dos años de cárcel; Antonio Viera, arquitecto del caso de los ERE como número dos; además de Antonio Gavira, imputado por prevaricación administrativa al llenar el sombrero de pepitas de oro a familiares y amigos. Cuando una lista tan contaminada como el agua de Chernobyl se lleva el triunfo en unas elecciones, muestra un retrato cabal, milimétrico -troppo vero! que exclamaría Inocencio X a Velázquez al ver su obra- de lo que es el votante medio y el grado de transigencia con aquellos políticos que con una mano le roban las joyas de la abuela y con la otra le prometen el trigo, el molino y el chamizo. Ocurre, sin embargo, que el latrocinio es generalizado, con alevosía, nocturnidad y todos los agravantes habidos y por haber, mientras que las promesas, de tente mientras cobro, duran lo que la lágrima en caer. Y son esas lágrimas, ese dolor, con el que los prebostes socialistas han venido jugando desde hace treinta años, comprando voluntades, votos, creando auténticos síndromes de Estocolmo, a base de repetir como mantras malditos a la Andalucía profunda, la de los pueblos blancos, la de la piel atezada por el Sol, la del miedo a lo desconocido, que si mal las cosas ahora, peor con todo lo que no sea ellos. Y, untados en miel de caña con el PER, subvenciones, viviendas, han perpetuado una de las mayores vergüenzas políticas de Europa del último cuarto de siglo. Unos servicios públicos descangallados, unos niveles educativos a la cola de Europa según el informe PISA, un paro que llega al 30%, siendo la región de toda la UE con mayor desempleo, unas rentas por hogar casi 4000 euros por debajo de la media española, y unos niños abocados a convertirse más bien en los chicos de la estación de Leningradsky.

Con todo, el encanto de serpientes lleva treinta años funcionando a pleno pulmón. Herman Hesse escribió que cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido demasiado poder sobre nosotros. El próximo 25 de marzo -día del buen ladrón- Andalucía se enfrenta a su sesión de quimioterapia definitiva. Si en las próximas elecciones ocurriese lo que el 20-N con las últimas revelaciones que ponen a directores generales de empleo y altos cargos entre prostíbulos y camellos, sería el momento de enterrar al muerto, pues finada estaría una sociedad dispuesta a premiar el robo más chabacano y caciquil posible con su propio dinero. No podemos olvidar que uno no puede elegir sus trastornos, pero sí su pastillero. El 25-M, en Andalucía, se trata de llevar al cerdo al matadero. Un auténtico cambio de Régimen. Y que todas esas Sombras que en nombre de la filantropía, el altruísmo y la economía social han convertido a Andalucía en un auténtico erial, desaparezcan para siempre en el cementerio de elefantes, sea El Puerto de Santa María o Alcalá Meco. Al clavo que sobresale, se le remacha con un golpe de martillo. Ya es hora.

miércoles, 4 de enero de 2012

READ MY LIPS...



Albert Einstein, socialista convencido y cipayo de los números, dijo que lo más difícil de entender en este mundo es el impuesto sobre la renta. De ahí que toquen las campanas a rebato cada vez que alguien nos canta las verdades del barquero -quien da pan a perro ajeno, pierde el pan y pierde el perro- respecto a lo injusto de la progresividad en el impuesto sobre la renta de las personas. Y de ahí, también, el riesgo de caer en el muladar de los apestados en el caso de tratarse de un personaje público quien vierta las críticas sobre el mismo. Sin embargo, ocurre que en contadas ocasiones las ideas dinamitan los autos de fe. Y es que la verdadera grandeza del ser no está en vencer, sino en convencer. Una lección que alguien aprendería con aplicación de cartujano allá por los años ochenta en ese gran país que son los Estados Unidos de América: Ronald Wilson Reagan.

Reagan, un viejo actor desencantado con el Partido Demócrata que un buen día daría el golpe de timón hasta convertirse en Gobernador de California por el Partido Republicano, sería el encargado no sólo de vencer, sino además, de convencer en medio del cenagal de la pugna ideológica. Y así, como un mulo percherón con las alforjas repletas de ideas, ganaría las elecciones presidenciales en 1980 a un pobre y desangelado Jimmy Carter, con Milton Friedman como turiferario venteando los inciensos de la Escuela de Chicago.

Ya apoltronado en la Casa Blanca, convirtió el Despacho Oval en una suerte de Monte de los Olivos desde el que predicar su apuesta más arriesgada: el Reaganomics. Es decir, explicar a suyos y ajenos cómo reducir una inflación y déficit estratosféricos a base de reducir impuestos y recortar la administración, deshaciendo así el nudo borroneo de la crisis económica de un país a media luz.

Y así, con la credencial del pueblo norteamericano en la mano, puso en movimiento los resortes de la Ley Fiscal de Recuperación Económica, con la cual se reducirían todos los impuestos con vistas no sólo a oxigenar los pulmones de los ciudadanos sino, además, recaudar más con menos tributaciones individuales. La vieja idea de que bajando impuestos aumentaría la recaudación del fisco la expuso gráficamente el economista Arthur Laffer -sobre una servilleta de papel mientras se lo explicaba en un bar a sus colegas- y desde entonces se le conoce popularmente como la curva de Laffer. De ella se sustrae que existe un tope impositivo máximo que los ciudadanos están dispuestos a tolerar y a partir del cual, una vez superado, se opta por la evasión, las trampas, la economía sumergida, el ocio o, incluso, el latrocinio. Es decir, que se recaudaría lo mismo con un gravamen del 100% que del 0%: nada. Según la teoría del economista norteamericano, si los impuestos bajan desde niveles muy elevados, la inversión, el empleo y el consumo aumentarán, y el Estado recaudará más, al mismo tiempo que aumenta la renta disponible de los ciudadanos.

Así fue cómo la teoría de Laffer -quien además era miembro destacado del Consejo de Asesores Económicos del Presidente- se convertiría en el ariete de la política fiscal de Reagan. La tasa tope a las rentas más altas pasó del 70% al 28%, y del 37% al 15% para las medias, la base impositiva se amplió y muchas formas de evasión fueron eliminadas. Y los resultados no tardaron en llegar. La recaudación fiscal aumentó en más de un 50%, creciendo la economía doméstica como los lirios en primavera. Tan es así que se le llamó economía "punk" a este nuevo modelo por el cual la supuesta reducción por ingresos fiscales generada por los recortes impositivos acabó compensada por los ingresos fiscales más elevados generados con el crecimiento económico. ¿Milagros? Nada. Ciencia económica y Libertad.

Con la misma fuerza le zurraría la badana a la crisis Margaret Thatcher, al socaire del inmenso Keith Joseph, al igual que las revoluciones liberales de los Václav -Havel y Klaus- en la República Checa o Balcerowicz en Polonia. Y una vuelta de tuerca aún mayor que daría el Primer Ministro de Estonia, Mart Laar, epígono de la Escuela Austriaca, como padrino del llamado 'flat tax', un impuesto plano y uniforme. Un tipo de impuesto que gravaría de igual a toda clase de contribuyentes, ya fueran empresas o personas morales, o las personas físicas, con el fin de evitar los malabarismos fiscales y la posibilidad de cambiar de régimen según convenga. La lección de Estonia puso de manifiesto que unos impuestos únicos, bajos y fáciles de pagar desincentivan la evasión fiscal y contribuyen a una mayor recaudación, al verse ampliada la base impositiva. Sin olvidar el ahorro económico que le supone tanto al Estado como al contribuyente. Lejos quedarían los onerosos costes de asesoría tributaria, auditorías, libros de control, etc. Y lejos quedarían, además, los cientos de tomos de derecho tributario destinados a hacer del trámite fiscal un auténtico corredor de las Termópilas.

Ocurre, sin embargo, que la política es el noble arte de ir dejando asignaturas para Septiembre y olvidar lo ya aprendido. Es decir, ese empeño casi místico por ir de Guatemala a Guatepeor, o, dicho de forma más castiza: de pasar del fuego a la sartén. Y así, por la Gracia de Dios, llegó Dios mismo, como sardónicamente le refiriera el bueno de Churchill a Cripps. El 20-N, Mariano Rajoy arrasaba en las elecciones generales con un programa electoral trufado de medidas económicas acertadas y bien dirigidas. Hasta que, una vez ganadas, sacó a relucir el puñal de Bruto. Lo que se nos vendió como una suerte de Santísima Trinidad de la economía -Rajoy, Montoro y Guindos- no ha resultado ser más que un Triunvirato de zelotes traidores. Amurallados tras el pretexto del déficit del 8% en lugar del 6%, asestaron la mayor puñalada de la historia de la democracia española en cuanto a subida de impuestos se refiere. Que el agujero resultara ser de unos 20.000 millones más de los previstos por la estadística oficial ni quita ni añade a lo que ya todos sabían. No es casual que desde Funcas a Freemarket, pasando por las agencias de rating, ya avisaran de que los huevos de la serpiente estaban más que incubados. Es decir, que el equipo de Rajoy, en un ejercicio de hipocresía de la más baja estofa, optó por la mentira más zafia -esa viga que tan bien vieron en Zapatero- presentando un programa electoral que negaba una futura subida impositiva; porque, como bien dijo el Presidente en el debate con Rubalcaba, las subidas de impuestos limitan la recaudación y los incentivos al consumo. Pero nada más fácil y barato en esta pobre España que la mentira y la traición a los suyos -Enrique Tierno Galván dijo que los programas estaban para no cumplirlos- Lo cierto es que para este viaje no hacían falta tantas alforjas. El partido del cambio no será más que aquello que ha defendido desde su refundación en el Congreso de Sevilla: centro reformismo. Nada de Liberalismo, ni siquiera conservadurismo.

Y es que las raíces del Partido Popular hay buscarlas más bien en la centro-derecha democristiana que los movimientos más libertarios. Es decir: izquierda en lo económico -aun siendo una suerte de 'tercera vía'- y derecha en lo social. Y nada más democristiano que la fiscalidad progresiva, por la que cada cual aporta de acuerdo a sus "posibilidades". Lo que viene a ser una defensa de la Doctrina Social de la Iglesia. De ahí que nada sea más lanar y maleable en el espectro político que el votante del PP, pues a fin de cuentas se trata de un partido bulímico ideológicamente hablando. Y de ahí el silencio cómplice del votante que otrora acribillara al Gobierno socialista, cuando esta nueva reforma fiscal, tal como defendiera incluso la propia SSS, es puro socialismo -con Zp se produjo una rebaja media del 6%-. Sin ir más lejos, la subida de impuestos ha ido más allá en su progresividad que la defendida por Izquierda Unida en su programa.

El colmo de la perversidad se halla en el hecho mismo de vendernos una mentira al completo como una verdad a medias y necesaria. Palabras como esfuerzo y solidaridad, suenan a broma macabra cuando, además, lo dejan macerando en la salmuera de una supuesta temporalidad. Resulta bastante improbable que un Gobierno renuncie al hueso una vez mordido. Bajo el paraguas de la temporalidad se esconden medidas macabras como la "moratoria nuclear", por la cual los españoles siguen compensando a las compañías eléctricas.

Lo cierto es que, lejos de hacer el bien, puede que acaben redoblando el mal. El propio Nobel Krugman -poco sospechoso de liberal- afirmó que el sistema progresivo supone un freno o limitación a la hora de realizar un esfuerzo por progresar económicamente. Desde hoy, en España, el fraude fiscal, así como la economía sumergida, parece más un acto de legítima defensa que un delito. Todo lo que sea acercarse a las tasas del 50%, además de inmoral, entra en el terreno de la inconstitucionalidad, pues son consideradas confiscatorias por el TC. Por tanto, el PP se dispone a pasearse con los pies desnudos por el filo de la navaja aun a riesgo de producir su propia sangría. Estará por ver cuántos huevos habrá en el gallinero cuando llegue el granjero a contabilizarlos. Lo cierto es parece poco menos que improbable que el Gobierno recaude esos 6200 millones previstos. Mecanismos y ardites existen más que de sobra para no tributar a través del IRPF para aquellos que más tienen. Es más, aquellos que pudieran creer en la redistribución y aportaran al sistema fiscal a pies juntillas y con buena fe, puede que opten por bordear la legalidad o poner su dinero a buen recaudo con los tantos mecanismos existentes para evadir la dentellada fiscal.

Como escribiera el ya fallecido Revel, «la primera fuerza que dirige el mundo es la mentira». Una mentira política escenificada por Bush padre con aquel famoso «read my lips: no more taxes» y con el cual se hizo su propio harakiri político. El nuevo ejecutivo ha optado por subirse al tren de los mentirosos. Ha vendido a los votantes por treinta denarios. Y con la bolsa llena, pronto asomará la sica. No obstante, lo que ha quedado como un hecho probado es que el Gobierno de Rajoy ha perdido la más leve sombra de credibilidad cuando aún amanecía. Olvidan que la mentira te puede llevar muy lejos, pero nunca te hará volver atrás. Ya pueden ir aprendiendo la lección. Roma no paga a traidores.

viernes, 28 de octubre de 2011

ELLAS Y ELLOS


En 1925, un profesor norteamericano, Scopes, fue procesado por predicar la teoría evolutiva en sus clases. Lejos de abrazar el debate que el darwinismo pudiera suscitar, el mundo académico cerraba en falso recurriendo a la censura como medida profiláctica. A ese miedo a lo nuevo se le llama misoneísmo, y la Historia está repleta de casos en los que el irracionalismo refuerza la peor de las mordazas: el miedo a saber.

Louann Brizendine nació en Kentucky y recién ha cruzado el umbral del medio siglo de existencia dedicada al estudio de la neuropsiquiatría. De pose victoriana, cabellos cobrizos, piel alabastrina y siempre con esa sobria elegancia que le caracteriza, sabe bien lo que es jugarse los cuartos apostando a caballo perdedor. Como tantas mujeres de su generación, fue víctima del sesentayochismo y, por tanto, lleva grabada la sombra del desencanto. En sus años de feminista en agraz tuvo un hijo al que educó en ausencia de la figura paterna. Buscó la manera de subrayar la sensibilidad de su pequeño aislando las marcas sexuales de sus primeros juegos infantiles. Y es que las madres feministas de la década prodigiosa tomaron como norma general el desmochar la carga sexual de la vida ociosa de los benjamines. Así que probó regalándole muñecas a su hombrecito para que jugara a las casitas con ellas. ¿El resultado? El botarate de cuatro años le arrancaba sistemáticamente las piernas a las benditas nancis para usarlas como lanzas. De idéntico pelaje le salió el experimento a una paciente que optó por comprarle juguetes unisex a su hija, hasta que un buen día entró en la habitación y se dio de bruces con la pequeña meciendo entre paños a su camión de bomberos mientras le susurraba «no te preocupes camioncito, todo saldrá bien». Su teoría de la desnaturalización sexual se esfumaba en espiral por el desagüe de la frustración. Los roles que adquirían los niños en sus juegos no eran culturales y, por tanto, adquiridos, sino que se trataba de algo innato. De igual que el niño necesita hacer alardes de poder jugando a los corsarios o superheroes sin ser por ello un cosaco, las pequeñas se centran más en hacer de enfermeras o princesas, siempre a fin de empatizar y entablar vínculos emocionales. Ya sea en Kentucky, Londres, Beirut, Bombay o Villanueva del Trabuco. Naturaleza humana.

Pero la buena de Louann hizo de su fracaso sesudo estudio. Como si de una zahorí se tratara, se dispuso a recorrer los laberintos del cerebro femenino y masculino por separados a fin de derribar los muros de la mitología. Sus trabajos pueden sintetizarse con una frase que ella misma acuñó y que es el andamiaje mismo de su obra: «la biología es destino»

Un destino que encierra luces y sombras por igual. Los demonios del alma, esos que a veces parecieran llevarnos en sus aurigas malditas por los andurriales de lo imprevisible, se hallan más cerca de lo que pensamos. Biología y destino. Hace escasos años se llevó a cabo un estudio más allá de los Pirineos en el que los gabachos dejaban al desnudo sus propios demonios interiores. El estudio tomaba el ADN de una serie de hijos para ser comparado con el de los padres. Sin embargo, hubo que abortar el programa a fin de cubrir las vergüenzas de la sociedad francesa. Las razones eran diáfanas. Descubrieron un número elevado de casos en los que los cachorros llevaban el apellido de un padre y la sangre de otro bien distinto. Se podía decir, no en vano, que por las calles andaba suelto muchísimo hijo de perra. Y es que la fidelidad, o lo que de ella queda por estos paraísos báquicos, viene tallada con cincel en el mármol rosa de nuestra genética. Así lo señala la doctora escarlata, Brizendine, aludiendo a un gen receptor de la vasopresina que cuenta con diecisiete longitudes distintas en el ser humano. Según sus investigaciones, el tamaño sí importa: los individuos con la versión del gen más larga mostraron una mayor predisposición a la fidelidad y, por tanto, a la monogamia. En contraposición, aquellos que tenían la versión corta eran arrastrados por una vida más disoluta y alegre. De ahí que sean muchos los varones que hallen el camino de la redención con la llegada de la andropausia, liberándose así del yugo del impulso sexual que lo tiraniza.

Uno de los experimentos más asombrosos realizados por la neuropsiquiatra americana fue el llevado a cabo con los perros de pradera y sus parientes más cercanos, el ratón de montaña. En la naturaleza, los primeros son señores monógamos de cabo a rabo, mientras que los ratones son arrastrados por la promiscuidad. Cuando el equipo de Louann Brizendine intercambió los genes de la fidelidad de los unos y los otros obtuvo el resultado previsto. Los que otrora fueran nobles perritos de pradera entregados en cuerpo y alma a su consorte, demudaron en seres polígamos y libidinosos aficionados a la peineta. Por el contrario, los ratones de montaña asentaban la cabeza y seguían a su ratoncita con fervor de monaguillo.

De esta manera, podemos afirmar que llegamos al mundo marcados con la calza en la patita como las gallinas y ancha es Castilla; pero ello no es óbice para que uno mismo se encargue de luchar contra los silfos y ondinas de la conciencia que tratan de tentarnos con la manzana prohibida. Y es que, la propia Louann Brizendine nos advierte de que la cuestión genética no debiera convertirse en el agua bendita con la que lavar la culpa que pese sobre cada cual debido a sus distintos devaneos y fugas de hormonas. No podemos olvidar que, ante todo, somos seres racionales y poseemos algo ajeno al resto del mundo animal: la moral. De esta manera, subraya la neuropsiquiatra que es uno mismo quien decide a fin de cuentas si sigue sus impulsos más primitivos o si, por el contrario, racionaliza la fidelidad con un balance de costes y beneficios, pues la infidelidad puede llevar de la mano cierto impulso suicida, un punto de autodestrucción que degrada la relación de uno consigo mismo.

¿Significa esto que el ser humano se desliza en contramano como el salmón apostando por la monogamia cuando posee una naturaleza mucho más abierta? La experiencia y el análisis de las distintas sociedades nos dicen que las mujeres consideran más antinatural compartir los beneficios de su pareja con otra fémina que los varones, como bien nos demuestra la apacible poliandria africana, en la que varios miembros se rifan a la hembra sin rivalidad ni luchas abiertas por permetuar su estado. A diferencia del harén, en el que las mujeres llegan a sufrir e incluso rivalizar por jerarquizar las preferencias afectivas del líder dominante. Según los biólogos evolutivos, las razones son claras como el agua de un manantial transparente. Y es que la mujer, a diferencia del varón, necesita de una complicidad afectiva y emocional, guarnecida con cierto compromiso de permanencia mientras dure el embarazo, a fin de poder vivir sin atribulaciones durante el tiempo que dure el mismo. Tan es así que la embarazada llega a emitir cascadas de feromonas a través de la piel que inhiben la testosterona del padre mientras dura el período de gestación, volviéndose así más fiel y comprometido. Estas respuestas químicas parecieran indicar que, efectivamente, el ser humano ha desarrollado cierta predisposición natural a la monogamia a fin de garantizar un mantenimiento de la prole en un entorno de estabilidad emocional y territorial. Lo cierto es que, desde el punto de vista evolutivo, en cuanto a la perpetuación de la especie se refiere, siempre sería más factible un macho que germinara hembras a troche y moche, pero tanto el desarrollo conductual como el biológico parecieran ir en sentido diametralmente opuesto.

Y en este punto, en el embarazo, se halla el eje radial de la vida de la mujer según la neuropsiquiatra americana. De acuerdo a sus estudios, sólo uno de cada tres hombres consigue doblar el cabo de las tormentas del postparto, pasando así la prueba de fuego. Y es que sólo la madurez emocional y racional del hombre puede salvar el barco, navegando mar adentro en busca de aguas más quietas y calmas. Señala la neuropsiquiatra cómo la mitad de las mujeres no recupera el interés sexual hasta los doce meses después del puerperio, lo que el hombre no llega a interiorizar, mellando así su delirums tremens sexual. Tan solo unos pocos llegan a comprender algo básico y elemental: su mujer tiene un nuevo amante, su hijo. Ese nuevo amor cambia por completo la estructura química y hormonal de la mujer, no teniendo otra alternativa que la de ordenar los muebles y hacer balance de situación. Las necesidades cambian, requiriendo ella mayor complicidad mental, seguridad y protección, lejos de ese torbellino de emociones anteriores. Y pocos son los hombres que consiguen asumir ese nuevo papel que les asigna la directora de reparto, con lo que el hombre comienza a volverse más agresivo y frustrado. No entiende que su consorte ahora respire para dos. Pero la lección es bien sencilla. Según pudo saber la doctora Brizendine, la mujer segrega grandes cantidades de oxitocina, la hormona del vínculo y el apego, con la intimidad compartida. Es por ello por lo que las mujeres se sienten tan bien con ese café de media tarde entre amigas mientras ponen sus intimidades al desnudo. Así que ese es el nuevo papel que ha de representar el hombre: padre y amiga.

Pero puede ocurrir y ocurre que la ahora madre eligiera una mala pieza en el mercado de abasto de hombres adquiriendo material defectuoso. Ese chico malote que a todas encandilaba en los jardines de la universidad, o ese otro James Dean por quien todas suspiraban, puede acabar abriendo la caja de los truenos dada su falta de empatía. Según la de Kentucky, el paciente varón responde a la pregunta de por qué sabe que la mujer le ama exclamando: «porque le gusta acostarse conmigo». Sin embargo, ellas señalan que experimentan el amor cuando «él me escucha y me habla». Es ahí cuando la mujer recompensa al hombre. De hecho, escribe Louann Brizendine: «Las mujeres sólo pueden tener orgasmos si desactivan la amígdala, centro de la ansiedad y el temor. Para las mujeres los preliminares son todo lo que sucede en las 24 horas anteriores». En otras palabras: necesitan seguridad y complicidad. Quizás, en su ausencia, sea el momento en el que el gen de la infidelidad se manifieste con la fuerza de una galerna y por el cual ellas, según la inmensa mayoría de datos y encuestas, sean más dadas a colocar la cornamenta que ellos y con menor sentimiento de culpa. Su pequeño pirata por el que tantas se peleaban puede no ser tan cercano como creía y por ello vuelve al mercado de abasto, aun siendo con billete de vuelta.

Pero no todos los males están en el tejado del varón que con tan mala puntería cazó y en su falta de empatía. Muchas veces ocurre que el problema fluye dentro de la propia mujer. Y ocurre que no siempre es un problema. Ese pequeño druida que toda mujer tiene dentro alterando pociones y caldos de oxitocina, de estrógeno relacionado con el bienestar, la progesterona y los altibajos, el cortisol relacionado con el estrés, etc, puede ser el auténtico culpable de los comportamientos, intereses y motivaciones de la mujer. Sucede que, tal y como señala Brizendine, el famoso «ni yo misma me conozco» o «ni yo misma me aguanto» tienen una base química real que a menudo se obvia y, otras muchas veces, se desprecia, como si esas alteraciones fuesen fruto de circunstancias externas o ambientales. Nada más lejos de la realidad. La mujer, de acuerdo al ciclo menstrual, hace que su propia vida sea un oleaje de idas y venidas, cambiando su realidad día a día, semana a semana, llegando al punto de cambiar algunas partes de su cerebro hasta un 25% cada mes. Esto hace que la mujer viva bajo el yugo de corrientes químicas que la tiranizan de por vida y que ellas mismas obvian o ignoran. Cambios afectivos, emocionales e incluso conductuales que encuentran su origen en procesos químicos endógenos y que con el propio conocimiento de ella misma pudieran manejarse e incluso racionalizarse, suelen ser hilvanados con hechos puntuales externos, e incluso llegando a pensar que tales cambios durarán para siempre. Ello explica «cómo los cambios químicos del cerebro pueden ocasionar que una mujer que ha pasado la menopausia decida llamar a su abogado para gestionar un divorcio en lugar de a un terapeuta de pareja».

Leer a Louan Brizendine es racionalizar la realidad, apearse de las nubes, poner los pies en polvorosa y pasar de lo abstracto a lo concreto. Solo romper con el miedo a saber nos hará verdaderamente libres y fuertes frente a nuestras propias debilidades. Así es nuestra propia naturaleza, frágil y robusta a la vez, como el esqueleto de ojivales de una catedral gótica. La biología humana sin principios ni conocimiento sobre nosotros mismos y los cambios químicos que se suceden en nuestro cerebro nos devuelven al fondo de la caverna. Es decir: al impulso frente a la razón.

Heráclito de Éfeso ya trenzó hace siglos la relación entre la integridad y el destino, algo que con el correr del tiempo confirmaría en términos parecidos Herman Hesse: «Sentimiento y destino son una sola cosa. Si no eres capaz de alzarte, vas a caer siempre, de tu cabeza a tus pies, de tus pies al fondo de ti mismo». Ahora, de la mano de la ciencia, la buena de Louann Brizendine les da la razón yendo un paso más allá hasta cerrar el círculo: «La biología es destino». Ignorarlo es tanto como negarse a sí mismo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Y NOS LA COLARON



Cuando José Antonio Ortega Lara fue liberado por la Guardia Civil tras sus dieciocho meses de penoso cautiverio en un zulo de Mondragón, lo primero que hizo fue decirle a Jaime Mayor Oreja con la templanza de un derviche persa: "Entiendo que su Gobierno no haya negociado". Punto. Ni San Agustín llegó a tales nieves de rigor y rectitud moral. Y es que lo que ETA pedía a cambio de la liberación del que fuera funcionario de prisiones no era dinero para financiar su aparato militar, ni tan siquiera concesiones soberanistas, sino que reclamaba, lisa y llanamente, el acercamiento de más de quinientos presos etarras a cárceles vascas. Algo en apariencia fútil e inocente, lejos tal vez de otro tipo de contrapartidas políticas más hondas; pero chantaje a fin de cuentas. El Gobierno de Aznar, terne en su postura de insumisión frente al terrorismo, se negó a beber de la misma taza que los criminales. El Estado de Derecho triunfó y los secuestradores fueron detenidos. Una semana más tarde llegaría la vendetta: el secuestro de Miguel Angel Blanco, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Ermua. Los terroristas, en este caso, optaron por ponerle precio a la vida del secuestrado a contrarreloj. Si no acercaban a los presos en menos de cuarenta y ocho horas, asesinarían al concejal. Y así fue. El Gobierno no cedió y los etarras, a la desesperada, cumplieron con su promesa pegándole dos tiros en la cabeza concluído el ultimátum. En menos de dos semanas, ETA se daba de bruces por segunda vez contra el malecón de la insobornabilidad. Sabían que con el Gobierno de Aznar las batallas se perderían a calderadas. Hasta que, por fin, desnortada la banda como un boxeador sonado a punto de besar la lona, se vio contra las cuerdas. Pero las lluvias de 2004 echaron a perder la cosecha de los años anteriores en materia antiterrorista. El Príncipe de la Paz, José Luis Rodríguez Zapatero, llegaba a Moncloa dispuesto a demostrar sus virtudes de celestina. O eso creía.

En 2005, ya apoltronado, anunciaba en el Congreso su intención de sentarse a negociar con los pistoleros, desmochando así el pacto antiterrorista. A consecuencia de esto, en marzo de 2006, ETA declaraba el alto el fuego dentro del falso proceso de paz que comenzaba a mellar. Poco después, el juez Baltasar Garzón se encargaría de autorizar la reunión en Ginebra entre Patxi López y el PSE con miembros de la ilegalizada Batasuna en un ejercicio de camastronería infame. Pero poco o nada le duró la euforia a Zapatero. En la Navidad del mismo año, le estallaba en las manos la T4 de Barajas, dejando dos muertos. Zapatero, como gallo de corral, abrió sus alas y declaró en rueda de prensa que había ordenado suspender los diálogos con la banda terrorista. Pero después llegaría el circo de De Juana Chaos; las municipales de 2007 con ANV como palafreneros de ETA, con la aprobación de Garzón pese a los informes de la Policía Nacional y el Instituto Armado; el chivatazo al dueño del Bar Faisán; el juez Garzón reteniendo en los cajones de su despacho los documentos de la Guardia Civil que vinculaban a miembros de Interior con el Caso Faisán; la legalización de Bildu por parte del Tribunal Constitucional en una jugada de trileros que anulaba la sentencia del Supremo y asumía unas competencias que no les corresponde -se trata de magistrados y no jueces- cayendo en una prevaricación obscena; la entrada de ETA en más de cien ayuntamientos vascos bajo el paraguas de Bildu manejando cerca de mil millones de euros; la participación en las elecciones del 20-N mediante la coalición abertzale Amaiur, dejando como un trapo de fregar a la Ley de Partidos, y con la cual se sentarán en el Congreso para exigir el derecho de autodeterminación; y, finalmente, la Conferencia de San Sebastián en la que la izquierda abertzale corrió esa suerte de Cirineo de los mediadores internacionales y la propia ETA pidiendo el cese de la violencia, poco menos que edulcorando la oferta de Anoeta. Y de aquellos polvos, estos fangos y pestes. ¡Y hablan de triunfo de la Democracia! Es como si los preconstitucionalistas de Cádiz celebrasen el entronamiento del Rey Felón porque así acababa la lucha entre napoleónicos-afrancesados y los patrióticos-liberales. Aun obrando de buena fe, la ignorancia no quita pecado.

Hoy la Democracia es aún más pobre y débil si cabe. Por un bien puntual, se sobredimensiona un mal general. Esa, y no otra, es la herencia de Zapatero en materia antiterrorista. O dicho de forma más castiza: a tal podador, tal sarmentador. Tanto ha cortado los brazos del Estado de Derecho que el peso que tendremos que cargar con los sarmientos de la infamia será enorme, pues ETA cambia las pistolas por las corbatas; pero el fin sigue siendo el mismo. La diferencia estriba en que ahora podrán servirse de una soberanía nacional en la que no creen y desprecian hasta lograr erosionar la propia Democracia tratando de alcanzar unos fines políticos que no alcanzaron con el tiro en la nuca y la bomba lapa, y aún así, igualmente ilegítimos. Al terrorismo se le sufre o se le castiga, pero no cabe el conchabeo siciliano. Si Dios vomita a los tibios, hoy andará de cólico biliar.

El propio comunicado de ETA demuestra dos puntos de crudeza insobornable. Por un lado, la relación palmaria existente entre Batasuna y ETA, pues el propio portavoz y jefe político de la banda que leyó el comunicado, David Pla, fue miembro de Herri Batasuna. Y casos de esta ralea los contamos por almudes. Y en segundo lugar, que ETA sigue en la provocación de siempre al declarar que "la crudeza de la lucha se ha llevado a muchas compañeras y compañeros para siempre. Otros están sufriendo la cárcel o el exilio. Para ellos y ellas nuestro reconocimiento y más sentido homenaje". Lejos del perdón, se vanglorian. Por ello, el comunicado, más que un kirieleisón fúnebre es un himno triunfal. Y demuestra ser más ETA que nunca cuando celebra con voz mayestática el cese de la actividad armada, mientras que a renglón seguido insta a los gobiernos de España y Francia a que inicien una negociación en aras de la resolución del conflicto.

Y es mucho lo ya negociado, pero aún más lo que queda por negociar. Es por ello que no podemos olvidar que el caballo, aun salvaje, no huye de la paja. Y uno de los puntos claves de la banda criminal y la propia Conferencia de San Sebastián ha sido el de la resolución del problema de los presos, punto fuerte de la negociación. Por ello, conviene preguntarse qué ocurrirá si no se anula la doctrina Parot ni se saca a los presos que reúnan las condiciones previas o, sencillamente, si no se firma una amnistía generalizada como viene reclamando el colectivo de presos etarras EPPK, en virtud del Acuerdo de Gernika. ¿Seguirá ETA con las orejas gachas y el rabo entre las piernas o volverían a morder hueso? No es casual que tanto la Policía española como la francesa reclamen cautela aconsejándonos que dejemos por más tiempo el cava en la nevera. Y es que el comunicado no sólo evita hablar de desarme y disolución, sino que obvia lo que desde los meses anteriores viene sucediendo. A saber, que hasta la última Luna Nueva, ETA siguió doblando matrículas, robando almacenes de tarjetas electrónicas en Francia, reclutando jóvenes y, desde la defenestración del Grupo de Acción Rápida de la Guardia Civil de las carreteras del País Vasco por parte de Interior, disfrutando de una libertad de movimientos aún mayor.

Con todo, lo cierto es que los etarras nos han colado el 'Trágala perro' mientras preparan sus maletas y txapelas para marcharse al Congreso a partir del 20N. Y así seguirá su guerra. Casi mil vidas de inocentes, hombres, mujeres y niños, no han sido en balde. Les ha merecido la pena. La victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana. Por eso muchos celebran hoy lo que es nuestra derrota. Nos han ganado, lisa y llanamente. Que suene la campana.

lunes, 22 de agosto de 2011

JMJ



Salvador de Madariaga, republicano y antifranquista de sangre mas no de etiqueta, sentenció con la inapelabilidad de una sibila eritrea: «Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936». Y razón no le faltó al que fuera ministro de Instrucción Pública durante el Gobierno de Lerroux, pues la intención por parte de las izquierdas de despertar la bestia de la guerra misma a fin de instalar la dictadura del proletariado fue tan evidente como que el fuego calienta. Así lo demuestran las miles de perlas brillantes que la Historia, esa alcahueta que todo lo canta, nos ha ido dejando con el correr de los años. Verbigracia: esa sentencia ya olvidada por los izquierdistas de hogaño pero inmortalizada en El Socialista que rezaba: «renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía; bendita sea la guerra». O lo que fuera auténtica antesala al conflicto: el asesinato de Calvo Sotelo, asaetado por la guardia personal de Indalecio Prieto y que supondría el inicio irremisible de la Guerra Civil como bien le comunicara al Ministro de Gobernación. Sí, el mismo Prieto que declamó públicamente que «habrá una lucha entre las dos Españas». Pero la verdadera semilla negra del fratricidio que comenzaba a mellar se hallaba en una Constitución que mandaba al frío de las catacumbas a una mitad del país: los católicos. Y en virtud de la misma, una serie de leyes y decretos a contrapelo que culminaron con la Ley de Congregaciones del 1933, por la cual fueron nacionalizados los bienes de la Iglesia, prohibido el derecho a la docencia, así como las manifestaciones y procesiones fuera de los templos. De esta manera, se le daba alas a una persecución que comenzaría en el 31 con la quema de iglesias y que continuaría el Frente Popular pasando por el potro de tortura a más de seis mil religiosos en lo que fue la mayor sangría contra los cristianos desde tiempos de Diocleciano. Un odio cainita, primitivo, casi atapuercuense que desgajaba cualquier esperanza de modernización en un país que históricamente se ha movido a dos tiempos. Y de aquella siembra...

Durante esta semana pasada ha tenido lugar en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud, a la cual han llegado jóvenes adolescentes de todos los rincones del planeta por tierra, mar y aire a fin de acrisolar su fe y desnudarse ante Benedicto XVI. Han sido unas jornadas en las que, más allá de creencias individuales, la emoción y el recogimiento han penetrado por cada milímetro de epidermis de quien ha tenido la oportunidad de seguirlo sobre el terreno o por televisión. Desde el discurso en El Escorial frente a los jóvenes profesores universitarios en el que el Papa subrayó la importancia de levantar límites morales y éticos a una ciencia desaforada, al emotivo acto en la Fundación San José de Madrid en el que Antonio Villuenda, un chico sordo y que nació al borde de la muerte, heló la sangre de aquellos que lo escuchaban con los ojos vidriosos mientras contaba su experiencia de dolor y soledad; pasando por el sobrecogedor Via Crucis en el que jóvenes sudaneses e irakíes perseguidos en el mundo por su creencia, así como distintos disminuidos, ex drogadictos y víctimas de los terremotos de Haití y Japón portaban la Cruz por cada una de las estaciones mientras sonaba un imponente In Manus Tuas, Pater. Por no hablar de la espectacular Vigilia en Cuatro Vientos, con unas nubes oscuras que casi besaban el suelo sobre el que cerca de dos millones de jóvenes conformaban un mosaico abigarrado de vida, dejando una estampa pocas veces vista en nuestro país, por no decir ninguna. Unas jornadas de tolerancia y libertad elevadas a la máxima potencia.

Pero ocurre que de la oveja mansa vive el lobo, y aprovechando que el mal nunca descansa, aparecieron los alabarderos del totalitarismo dispuestos a dar la guerra. Esos indignados para los que existen dos tipos de Libertad: la suya y la del resto del mundo. Caines cargados de odio que hacen de la purga su forma de vida. Auténticos guerracivilistas del tres al cuarto, como a bien tuvo llamarlos Esperanza Aguirre, apiñados como cerdos en torno al dornajo por una causa tan pobre como intolerante. Lo cierto es que, en contraposición al espectáculo de tolerancia y respeto de las JMJ, el numerito revanchista de los afines al 15M que participaron en las distintas marchas laicas no hizo más que retratar y colocar a cada cual en el lugar que le corresponde. Por un lado, unos jóvenes católicos pacíficos hasta la humillación dispuestos a poner la otra mejilla y capaces de hacer del Perdón su propia muralla; y por el otro, esos trasgos resentidos, incapaces de volver la mirada hacia sí mismos y alumbrar su maledicencia, ansiosos por imponer sus ideas, si acaso las tuvieran, a golpe de mamporrazo. Lo visto en las marchas laicas de Madrid fue hiriente, sin más. Intimidaciones, golpes y escupitajos a miles de adolescentes indefensos y que, aun pudiendo hacerlo, rehusaron de cualquier tipo de violencia. Unos jóvenes capaces de perdonar mientras una cuadrilla de hampones les robaban la dignidad humana delante de sus propias narices. Puro espíritu chekista. Triste pero cierto.

Pero si lamentable y doloroso fueron las formas, peor aún lo fue el fondo. Las letanías anti Papa iban desde la crítica a la pederastia, dando como hecho probado que la Iglesia la encumbra y permite, hasta el dispendio de dinero público destinado a la financiación de las JMJ, o ese rebuzno intelectual de trazar una relación parvularia entre las hambrunas de Somalia y el dinero que maneja la Iglesia Católica. Todo ello sin pasar por alto el pasado de sangre y fuego de la Inquisición. Auténticos mugidos animales que no resisten el más mínimo análisis serio. Consignas de mercadillo. Pura indigencia mental.

Muchas fueron las críticas y humillaciones destinadas a los adolescentes de la JMJ llamándoles pederastas. Desde luego no sólo se trata de mala baba sino, además, de necedad. Seguramente entre los indignados hubiese algún profesor de colegio o familiar de ellos. Y seguramente no se le pasara por la quijotera hacer semejante juicio con el gremio de la educación cuando, tradicionalmente, ha cargado con un gran número de abusos a menores. Y es que, quien con niños se acuesta, meado se levanta. Cualquier estructura corporativista tendrá sus garbanzos negros en el saco, pues personas son aquellas que lo conforman. Y de éstas, las hay buenas y malas, sea en la Iglesia, en los colegios o en los ambulatorios. Lo demás es ladrar a la Luna. Dañar por dañar. Y cargarse el principio jurídico más valioso con el que cuenta Occidente: la presunción de inocencia.

En cuanto a la financiación de la Jornada Mundial de la Juventud, los indignados de las marchas laicas embistieron como toro bravo contra la financiación pública de un acto religioso cuando se trata de un país aconfesional. Falso de toda falsedad, pues un setenta por ciento de la misma vino de los propios peregrinos y el resto de empresas privadas. Pero, aunque llevaran razón, ¿legitima tanta furia y violencia desatada? Nadie ha podido decirlo mejor que Salvador Sostres, pues, en efecto, tampoco somos un Estado Deportista y financiamos unos Juegos Olímpicos, ni un Estado Gay y lo hacemos con las fiestas del Orgullo y así hasta el infinito. ¿Acaso no mantienen los defensores de la socialización de los recursos que éstos tienen que cubrir todos los estratos sociales? ¿Y los cientos de millones que anualmente caen en manos de sindicatos y proyectos de cooperación internacional?

Pero la corona de laureles al absurdo se la llevó la manera tan burda de trazar una relación entre el hambre en África con la opulencia de la Iglesia, como si una fuera consecuencia de la otra. Y es que, no sólo en los rincones del continente africano, sino que en esta misma España tísica es la Iglesia la que llena el estómago de cientos de miles de ciudadanos que apenas pueden alimentarse por sí solos. Se trata de los comedores de Cáritas, desbordados y cada día más reclamados. Los mismos comedores que se levantan céntimo a céntimo con donaciones privadas. Unas bocas a las que ni llegan ni quieren llegar esos sindicalistas de chicha y nabo que manejan partidas millonarias sin saber lo que es encender el fogón de una cocina para alimentar al hambriento. Es la auténtica prédica con el ejemplo. Un ejemplo que va más allá de nuestras fronteras, pues son los misioneros quienes queman sus vidas en Senegal, Etiopía y cualquier rincón de África hasta convertirse en polvo. Nada que ver con esas ONG de pandereta que llegan, descargan y vuelven a su país con el alma satisfecha en busca del aire acondicionado a contarnos lo buenos que son. La labor de la Iglesia va mucho más allá. Es el auténtico trabajo sobre el terreno, el convertirse en báculo, rodrigón de esos brotes que crecen lenta y parsimoniosamente, demostrando que obras son amores y no buenas razones. Servicio y Caridad.

Respecto a las crudas relaciones mantenidas entre el Clero y el absolutismo durante la alta Edad Media y la instalación de la Inquisición, hay que señalar que fue una época sangrienta, cruel y vergonzante. Pero no podemos olvidar cómo ya Juan Pablo II, entre otros, pidió perdón en el Jubileo 2000 por los crímenes cometidos. Claro que eso no devuelve la vida a los ajusticiados, pero existiendo una brecha de siglos, no es de despreciar. Otras religiones e ideologías con mucha más sangre en su haber aún no han entonado un solo Mea Culpa. Por otra parte, en honor a la verdad, conviene recordar que, en el caso de la Inquisición española, de los 125000 procesados durante los casi tres siglos que estuvo vigente, tan solo el 1,5% acabaron en condena. El resto se trató de penas espirituales. Así, resulta paradójico que aquellos que caen de hinojos mientras se golpean el pecho declarándose comunistas derramen sus ataques más furibundos contra la Iglesia Católica por el papel jugado por la Santa Inquisición, como ocurriera en las marchas laicas de Madrid, cuando defienden un tipo de totalitarismo que no encuentra parangón en toda la Historia de la Humanidad en cuanto a crímenes se refiere. Incluso a día de hoy. Cien millones de muertos, la inmensa mayoría obreros. Y no es pura mitología. Se trata de los veinte millones de muertos a manos de la URSS, entre los que se encuentran los cinco millones de víctimas de la hambruna planificada de 1922, al igual que los seis millones de ucranianos caídos en el 32, a los que hay que añadir las víctimas de los campos de concentración, la Gran Purga, los kulaks, los alemanes del Volga o las deportaciones de polacos. Todo ello documentado a raíz de la desclasificación de los archivos de la KGB, convirtiéndose en la auténtica Piedra de Rosetta del comunismo. A las montañas de cadáveres de la Unión Soviética hay que añadirle los dos millones de Camboya, el millón de los regímenes de la Europa del Este, los sesenta y cinco millones de la República Popular China, aún triturando carne, al igual que en la vecina Corea del Norte, con dos millones de muertos. Etiopía, Mozambique, Angola, entre otras tiranías africanas, completan la que fue y sigue siendo la mayor degollina que ha conocido el ser humano: el Comunismo.

¿Y alguien ha oído el más mínimo atisbo de autocrítica? Nadie. Silencio sepulcral. Es más, seguirán venteando las mismas recetas de antaño sin el más mínimo rubor, como si los crímenes del comunismo fuesen fruto de una macabra alineación de los planetas o juego de dados. Hayek ya se encargó de demostrar hasta qué punto el comunismo se vuelve más sangriento cuanto más se ajusta a la doctrina misma. Pero son muchos los que pretenden presentarnos el mismo producto con distinto pelaje, como si eso cambiara la naturaleza del compuesto. Leche vieja en botella nueva. Y aquí llega el punto fuerte y cruel del comunismo: condenar aquello que practica. O lo que es lo mismo, atacar a la religión cuando sus propios planteamientos no son más que auténticos dogmas de fe con cierto ropaje teórico, irracionalismo al cubo. Lo que se nos vendió como sesuda filosofía, el materialismo dialéctico en concreto, resultó ser una religión tan fiel a dogmas como otras religiones. De ahí su fundamentalismo a la hora de sacrificarse como mártires por una ideología destinada al fracaso, el hambre y la miseria. El mismo libro de recetas de la abuela que nos tratan de imponer los indignados del 15M y demás fauna presente en las marchas laicas de Madrid.

Así las cosas, no hace falta ser católico para vislumbrar la enorme diferencia entre la moral y el ejemplo de los unos y los otros, de igual que no hace falta ser astronauta para saber que la Luna no es un queso manchego colgado de las nubes. Y conviene recordar que el canto del gallo no hace salir el Sol. Mientras unos buscan en fórmulas anacrónicas la manera de acabar con un hambre del que, en gran medida, son ellos mismos responsables, otros tantos, al arrimo y al abrigo de la Iglesia, le ahorran al Estado treinta y cinco mil millones de euros anuales con sus cinco mil colegios, más de cien hospitales, ambulatorios, centros de discapacitados, asilos y reinserción social. 155 millones anuales de Cáritas. 45 millones de Manos Unidas. 21 millones en Obras Misionales Pontificias. Y ni la más leve sombra de corrupción generalizada, como ocurre con otro tipo de instituciones dadas al altruismo y la filantropía.

Es el momento de traer, ahora más que nunca, las palabras de Valle Inclán al recordarnos que «existe honra en ser devorado por los leones pero ninguna en ser coceado por los asnos». Unos intentarán dar con sus cascos hasta imponer sus ideas a base de coces, pero otros muchos seguiremos apostando doble sobre sencillo por la Libertad y los valores cristianos en los que se sustenta Occidente. Y a partir de ahí, que giren los cangilones de la noria...

jueves, 28 de julio de 2011

LA HUELLA MALDITA


Siempre sentí cierta fascinación por los límites de la existencia humana; por esos pedazos de tierra arriscada que perfilan los bordes de los acantilados del alma. El paso en falso que separa el ser del no ser. Hablo de ese punto de la existencia en el que los días pesan como siglos, allí donde cada bocanada de aire muerde como las espinas del zarzal. El espacio donde lo más profundo y negro del pozo no se encuentra con el pétreo brocal que contiene la caída, sino que, más al contrario, pareciera reclamar presencia, como pidiendo con voz desesperada: «¡Aquí, aquí. Más al fondo!» Ese punto en el que el cuerpo, piel viva sobre piel muerta, hueso sobre hueso, no sea acaso más que burdo antepecho que secuestre un alma aherrojada que no arrenda esperanza ni libertad alguna. Aquel punto fatal y trágico donde la propia vida no es más que una mera huella maldita.

Amy Winehouse murió el pasado Sábado 23 de Julio, en su Londres natal. Aunque quizás fuese más exacto decir que se dejó ir, como se entrega a la derrota el animal herido de muerte que aguarda con trágico estoicismo bajo la sombra de una acacia. Nada nuevo bajo el Sol. Un alma descangallada, marchita, que se diluye en un piélago de absurdos y cotidianidades hirientes. Con todo, los pájaros siguieron cantando, las hojas de los árboles meciéndose, las campanas repicando, las aceras soportando el ir y venir de pasos acelerados... Vuelvo estos días, como arrastrado por un tiro de veinte mulas, a los subrayados de 'El lobo estepario', de Hermann Hesse. Hallo esa huella maldita en las anotaciones del desgraciado Haller: «Tendría escrúpulos de comunicarlas a los demás, si viera en ellas únicamente las fantasías patológicas de un pobre melancólico aislado. Pero en ellas veo algo más: un documento de la época, pues la enfermedad psíquica de Haller es -hoy lo sé- no la quimera de un sólo individuo, sino la enfermedad del siglo mismo, la neurosis de aquella generación a la que Haller pertenece, enfermedad de la cual no son atacadas sólo las personas débiles e inferiores, sino precisamente las fuertes, las espirituales, las de más talento»

La enfermedad del siglo. La Madre Teresa de Calcuta pasó de lo abstrtacto a lo concreto y sentenció que «la soledad es la lepra de occidente». Arranca la vida por igual, ya sea una prostituta del arrabal de París, un magnate de más allá de los Urales o una estrella de la canción londinense. Tanto monta. Cuando la huella maldita deja su poso, las cartas se derraman sobre la mesa en macabra timba. Y así caen, como frías gotas de lluvia, los unos y los otros, sobre una tierra a la que apenas le quedan manos con las que recibir. Es la desesperación muda de la que no permanece más que el eco frágil y escurridizo de una voz que dura lo que la espuma temblorosa de la ola. Tímida y brava, se acerca y se va en un pendular sin fin.

Amy Winehouse perteneció a ese grupo de lobos esteparios. Su caso, como el de tantos otros, reviste esa triste mezcolanza de talento y poder que acaso no hace más que ensanchar la huella maldita. Un canto rodado que ni forma tiene, si no es aquella que le da la corriente y el puntapié del hombre que lo desprecia. Y siempre el arte como muladar sobre el que arrojar el tormento, pues atormentadas y avinagradas son sus vidas. Difícil ha de ser el pulso cuando el arte pide presencia y el corazón ausencia. Trágico combate el de Eros y Tanatos.

De la buena de Amy siempre quedará su obra como una marca indeleble, eterna; pues eterna es el alma, y alma es canción. Pero es el tormento, ese precipicio tantas veces tentado en vida, lo que de verdad inquieta y atribula. No me interesa tanto el personaje como la persona. Encontrando en la canción la manera de purgar el cáliz del dolor, quizás no consiguiera más que abrir las puertas a un Dédalo de imposible salida. Dolor con dolor. Antes y durante. Es posible que naciera ya cadáver. Dinero, Gloria, Fama, Drogas, Talento. Demasiado lastre para un bergantín que tal vez soltara amarras ya desorientado, sin destino, más que el de dejarse balancear por la marea. Y mientras, cantar. Y dejarse morir. Y arrojar mensajes en una botella al mar de la sordera. Si detrás de la autodestrucción suicida no se halla más que una llamada de atención, un aldabonazo al exterior, ¿qué es si no el entregarse lentamente a la degollina de las drogas? Morder la boca del precipicio esperando a que el cielo le tienda el hilo de Teseo. Toda su vida no pudo ser sino eso mismo: gritos de desgarro suplicando ayuda.

Y de ahí el trágico punto en el que el dolor y la creación se abrazan en macabro cortejo. Cada vez que un sueño se cumple, una obra de arte muere, rezan los humanistas. Quizás por ello la creación lleve consigo esencias de muerte, la sombra de la huella maldita, materia prima de la obra, de igual que las manos del alfarero requieren de la arcilla húmeda. «Así se producen todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento, y flujo y reflujo eterno y penoso, infeliz y dolorosamente desgarrado, es terrible y no tiene sentido», sentencia el folleto de feria que halla el pobre Harry, aquel Tractat del lobo estepario, donde se adentra en el alma del artista con la precisión de un buscador de huellas.

Lejos queda el burdo y chocarrero malditismo 'snob', que no es sino mera costra de orines, farfolla, capas de piel seca, a través de las cuales no se ve acaso sino destellos de un alma henchida de narcisismo ramplón y delirios de grandeza. Sobreactuación. El patetismo del poeta desharrapado que se agarra a la botella mientras expulsa anillos de humo al cielo aguardando la caída del verso más redondo; o el del cantautor que se disfraza de Bukowsky mientras templa las cuerdas de una guitarra que apenas suena a humano.

Y es que «cada vez que Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Y es ahí, en el dolor, en el llanto contenido, en el pecado, donde quizás se halle el camino a la santidad, la redención absoluta, de igual que San Cristóbal encontrara en el pecado la beatitud. Y alto es el precio. La asfixia, esa sí, es la peor de las muertes.

viernes, 25 de marzo de 2011

ESTHER SAEZ

«Llegué con sección de la arteria hepática, estallido de los pulmones, los alveolos quemados... Tenía la cabeza abrasada por detrás, mis orejillas estaban volando, un coágulo en la cabeza y tres paros cardíacos esa noche; porque lo normal es que no estuviera aquí» Lo dice sonriendo, con esa sonrisa leve del que ama la vida por encima de todas las cosas, como se ama la felicidad y la justicia. Anverso de esas otras sonrisas impostadas y fariseas de aquellos alargacuellos que ven en el ascua humeante de las víctimas el mismo oportunismo que la bandada de gaviotas encuentra en las redes del pesquero. Pura cuestión de supervivencia. Y habla también del Perdón, con una voz que a duras penas le sale de dentro, frágil y escurridiza como el pizzicato de una lira. Un perdón que a todos habría de escocernos, si no ruborizarnos. Burdos polichinelas que, inmóviles y desangelados, asistimos a diario a la sucia astracanada del odio y la memoria selectiva.

Sabido es que el dolor y la miseria igualan a reyes y mendigos, héroes y villanos, capuletos y montescos; pero lo que no sabíamos es que ese mismo dolor que erosiona los frágiles andamios de la existencia pudiera hacer germinar auténticos brotes y cotiledones preñados de esperanza, de igual que la flor del loto emerge de la sucia ciénaga. Auténtica lección de vida. Esas pequeñas lecciones inefables que sólo con la mera contemplación cargan de viento las velas de nuestras pobres chalupas. En tiempos de cetrería de bajo vuelo no está de más volver a creer en el ser humano. Y eso, poco o mucho, se antoja suficiente.





viernes, 11 de marzo de 2011

SABER...



Hubo un tiempo en el que fuimos grandes, muy grandes. Cuatro veces más grandes que el Imperio Romano para ser exactos, solamente superados en extensión, pero no en dominio, por el Imperio Macedonio de Alejandro el Grande y el Imperio Mongol de Gengis Khan. Con un pequeño matiz diferencial: fuimos los primeros en extender tal influencia allende y aquende los mares. Pero cuando el trigo creció y dio fruto, apareció también la cizaña. Y con ella Carlos II, la fiebre tifoidea de los Borbones, Felipe V, el Rey Felón y el chapero de Godoy… Una ruina tras otra. Un repliegue sin retorno, de igual que la hoja seca se frunce y riza con el roce de la llama. Y la amnesia, ese mal endémico de este cansino rabo de Europa por desollar.

Hoy, como entonces, lo mismo pero distinto. Uvas pasas colgadas de idéntica vid, pámpanos secos sobre una cepa ya descangallada. Once de Marzo. Un día que, con más pena que gloria, cabría apuntalar sobre el Año Litúrgico como auténtico Viernes de Pasión. Un día de culto a la Traición y la Deslealtad. Siete años han pasado ya desde aquel jueves de dos mil cuatro en el que los sayones hundieran sus clavos sobre una Nación que recién comenzaba a abrir de nuevo las alas. Diez martilladas en forma de mochilas-bomba bastaron para tirar por los suelos todo ese andamiaje que empezaba a levantar lo que años atrás fuera derruido por distintos zorros, tanto o más traidores si cabe que el último Gran Felón. A la descomposición del Estado le sobrevino la necrosis del tejido social. Una sociedad que, ya en estado terminal, pataleó por instantes como lo hace sobre la arena el toro perforado por la espada. Pero poco o nada duraron los últimos bríos. El tiempo de salir escopetados de Irak como abejas africanas. Y una sociedad apocada en su complicidad cobarde que no hizo más que guardar el silencio patético del que ve y hace que mira, dispensándole a la Verdad el mismo trato que el prestado a los muertos. Montones de tierra por encima. Esa tierra apestada y entreverada de virutas que dejan las termitas finalizado el banquete.

Nadie ha podido reflejarlo mejor que el maestro Albiac en una columna para ABC titulada Sombras de Marzo:

«Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser. Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La verdad judicial es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto»

jueves, 3 de marzo de 2011

ANDALUCISMO Y BLAS INFANTE




Nada debiera ser más vergonzante para una sociedad madura que el adoctrinamiento ramplón de sus infantes y cachorros, pues la cadena soporta lo que resiste el eslabón más débil. Siendo frágiles como una balandra de paja, hacer proselitismo desde la cuna con aquellos a quienes les tocará hinchar el pecho como gallos de corral con el caer de las hojas es sintomático de una sociedad que da sus últimos estertores de muerte. Primero a caminar y después, si se quiere, que se corra de cabo a rabo la sabana como una gacela; pero entre el deber y el ser podemos abrir un canal que ni el de Panamá. Y es que pedirles decoro a los pedagogos y maestrillos de la nueva escuela es como pedir cotufas en el Golfo. Nada, ladrar a la Luna, tender la ropa en medio de una tormenta.

El pasado 28 de Febrero se celebró, otro año más, el Día de Andalucía. Las vísperas de la celebración se convierten en toda una catequesis en la que los niños o nuevos catecúmenos reciben la primera predicación. Más tardíamente llega, comiéndolo y bebiéndolo, el Bautizo Andalucista. Miles de botarates al Sol cantando el Himno mientras ondean sus banderitas verdiblancas que ellos mismos confeccionaron con cartulinas durante las mañanas de catequesis. Tampoco puede faltar, claro está, ese profesor que con voz campanuda arenga a la tropa de benjamines con consignas de Blas Infante, Padre y Exégeta Mayor del Andalucismo. Todo muy paternal y ceremonioso. Una auténtica comunión en la que los pequeños reciben el sacramento de la Eucaristía en forma de adoctrinamiento light. Y de aquellos polvos, estos fangos. Un fango en el que miles de andaluces retozan como lechales alegres pero en el que sigue vivo no más que ese niño que un día canturreó el Himno de Andalucía en el patio del colegio. Un andalucismo de chicha y nabo en el que Bandera, Himno y Padre conforman su Santísima Trinidad. Rara vez se va más allá de la consigna y el mantra. Más que difícil resulta encontrar un aguerrido andalucista sobrepasando el «¡pedid tierra y libertad!». Imposible si buscamos por los meandros de la vida de Blas Infante. Los símbolos que todo lo pueden. Y como resulta que más se le ve el culo al mono cuanto más alto trepa a la palmera, en esas queda el andalucismo: bandera y manipulación desde la cuna a la tumba.

Fue allá por 2007 cuando Alejo Vidal Quadras llamó cretino integral a Blas Infante. Los que años atrás ondearan sus banderitas comenzaron a salivar como perritas de Pavlov ante el estímulo de hostilidad. He ahí la auténtica naturaleza del condicionamiento. He ahí el fin último del servilismo. De igual que los niños de la Alemania Nazi eran ahormados en el colegio para dar el salto a las Juventudes Hitlerianas, el proselitismo, aun siendo andalucista, se paga. Así pues, no dudaron en plantarse con sus quepis y charreteras ante quien no hiciera más que ponerle nombre a un auténtico miserable como Blas Infante, convertido con el paso de los años en estandarte de Andalucía. Y es que, lejos de hagiografías al uso, la vida de San Blas Infante tuvo más de shahid o mártir de Alá que de auténtico Santo Padre del andalucismo. Y no es mero recurso literario sino verdad cabalísima. El bueno de Ahmad Infante, nombre que tomó tras su conversión al Islam en una Mezquita de Marruecos allá por 1924, dedicó gran parte de su vida a reinventar una Historia de España, en general, y Andalucía, en particular, en la que sus auténticas raíces habría de buscarlas en el Sur de África, encontrando en el Siglo VII la simiente del genio andaluz. Tal es así que, al más puro estilo Mein Kampf, llegaría a escribir que «Andalucía jamás espiritualmente fue un pueblo servil. Fue creado por la Naturaleza pueblo de espíritu, señor. Y hoy, esclavizada, no sirve, manda […] Ni los cristianos del Norte ni los fundamentalistas del Sur eran andaluces. Si la opinión vulgar admite y repite el carácter extranjero de las huestes africanas, debiera en lógica simetría llamar igual a aquellos “ifranyi”, que se decían herederos de la Bética cuando descendían a gritos de los bárbaros invasores godos que hundieron Roma» Y tal fue su cameo constante con el Islam que la propia bandera verdiblanca tomada en la Asamblea Regionalista de Ronda robaba el verde del estandarte de los omeyas y, más concretamente, el verde y blanco del reino nazarí de Granada, barriendo el clásico rojo y blanco. Por no hablar de la campaña iniciada en 1931 por las Juntas Liberalistas a favor de construir en Sevilla una enorme mezquita como contrapeso a la lacra del cristianismo. Igual prostitución o mayor corrió el propio escudo de Andalucía, pues no es casual que en 1922 cambiaran el «España» del emblema por «Iberia», quedando en negro sobre blanco el «Andalucía para sí, para Iberia y para la Humanidad».

Pero puestos a buscar el agua como zahoríes, qué mejor muestra que estas otras palabras del muyahidín Ahmad Infante llamando a la islamización de Andalucía: «El Profeta de nuestros antepasados de Al-Andalus que, como todos los profetas, será nuestro profeta y el de todos los hombres libres en tanto cuanto digan la verdad, anunció esta verdad incontrovertible: “¡Ay del día en que un espíritu no comprenda a otro espíritu. Porque el espíritu es espíritu como la luz es luz!" Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Andalucía vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su libro vuelva a ser el Al-Korán»

Por lo demás, consignas de mercadotecnia, zoco de baratijas, granero con más paja que trigo, es lo que nos dejó el Pastor de la rebañega andaluza. Y es que nada como una buena ristra de consignas y frases barnizadas para que comulguemos hasta con pesadas ruedas de molino. Ocurre, sin embargo, que éstas son como el agua de rosas, que está bien olerla pero que no conviene tragarla. Detrás de tanta sentencia y dogma de fe se hallan los matraces y tubos de ensayo de los laboratorios de ingeniería social que, celosos y diligentes, exprimen las mentiras y medias verdades a fin de sacar de la nada trasgos y basiliscos a los que encañonar. La vieja idea de una Andalucía Libre, sin bridas ni horcates al cuello, rebosante de independentismo, pidiendo una tierra robada tras siglos de guerra y opresión, puede llenar de nubes trenzadas de poesía el magín del que racionaliza en verso; pero la realidad se escribe en prosa.

Una opresión que va mucho más allá en el tiempo al dominio de los terratenientes andaluces, pues el bueno de Blas Infante vio en Castilla las puertas mismas del Averno y en la figura de los Trastámara la cabeza misma del mal, demudada en auténtica Hidra con el consorcio de Fernando e Isabel. Y es que, según el padre del andalucismo, Al-Ándalus correría una suerte de paraíso en la tierra en el que la convivencia entre las tres culturas, tan meliflua y acaramelada, conformaría una sola cultura integradora claramente diferenciada del Occidente cristiano. Tesis defendida por Américo Castro en contraposición a la vieja idea de su archienemigo particular, Sánchez Albornoz, quien defendiera que la Reconquista y los Reyes Católicos devolvieron España al redil del mundo latino occidental del que procedía y del que nunca debió de salir de no ser por la torpeza manifiesta de sus predecesores. Y es que las raíces del ensamblaje directo del Islam hay que buscarlas precisamente ahí, en unos reyes visigodos que si bien sintieron auténtica pasión morbosa por la horca y las saetas, llegando con ello hasta la disgregación misma del reino, no corrieron mejor suerte con la llegada de los musulmanes, quienes, aprovechando la coyuntura como la serpiente se aprovecha de la madriguera del roedor para esperar al desayuno dentro, se aliaron con los witizanos con la confianza que da un usurero nómada a fin de llevarse su parte del pastel a las puertas de la caída de Rodrigo. Pero no sólo su trono caería. Así, dejando las puertas de casa abiertas, en un abrir y cerrar de ojos se instalaría en la Península un Islam que apenas comenzaba a ponerse en pie, con menos de un siglo de existencia en su haber y, por tanto, poco forjado institucionalmente. Es ahí de donde cabe sustraer esa suerte de convivencia pacífica, en el amanecer de Al-Ándalus, pues unos pocos de miles de musulmanes necesitarían de varios cientos de años para condensar esa amalgama de religión y poder que, torpe y desarticulado en su origen, no pudo más que tolerar a los tres millones de cristianos invadidos. Pero las tornas cambiarían con el paso de los años. Tal es así que se produciría un auténtico exterminio cristiano con la llegada de los almohades a Granada y los posteriores decretos de conversión. Toda una casa cuna de fraternidad e integración, que diría el maestro San Blas.

Así, es de natura que ni con fórceps tuviera lugar el alumbramiento de esa mítica Arcadia de Al-Ándalus, madre de una nueva cultura claramente diferenciada de sus raíces latinas. Y es que el legado andalusí ni es racial, ni étnico, ni tan siquiera cultural. Lo primero lo confirman los estudios poblacionales y algo tan elemental como el sentido de la vista. De lo último se encargan los datos, siempre al margen de ciertos elementos artísticos y arquitectónicos, así como cierto léxico que, como bien señala el arabista Serafín Fanjul, no conformaba en el siglo XIII más de un 0,5% del volumen del mismo y limitado a la vida material y agrícola. Más llamativo aún lo que encontramos en el terreno artístico. El propio Sánchez Albornoz sacaría del zurrón unos datos bastante sorprendentes: «El arquitecto Leopoldo Torres Balbás, el mejor conocedor del arte islámico peninsular, celosísimo investigador de sus proyecciones en la España cristiana y gran devoto de lo arábigo, ha examinado los precedentes de la decoración mural hispanomusulmana en un estudio aparecido en el pasado año. De él resulta que en Villajoyosa (Alicante) y en La Cocosa (Cáceres) se han encontrado muy abundantes restos de yeserías murales en edificios hispanorromanos de los siglos III y IV de nuestra Era. […]Esas yeserías preislámicas españolas, hace poco descubiertas, no debieron ser las únicas que adornaron los muros de los edificios hispano romanos. San Isidoro alude a tal técnica en sus Etimologías. […]Uno de los elementos más característicos del arte árabe español tendría, por tanto, clara raíz hispana premusulmana, como la tuvieron otras muchas prácticas, instituciones y formas de vida, de pensamiento y de expresión. Sólo ignorando la subestructura histórica de la España remota puede nadie asombrarse de la perduración en Al-Andalus de esa compleja, multiforme y profunda herencia preislámica».

Con estos mimbres, no resulta arbitrario ni casual que salgan los revisionistas como salen las abejas del panal en busca de las flores a fin de segar la historia en mitades irreconciliables y a partir de las cuales hacer una caricatura de la misma con paciencia de amanuense. Y es que, caer de hinojos ante Al-Ándalus al tiempo que se cocean nuestras raíces cristianas puede tener dos caras, la una afilada como la espina y la otra algodonada como el vilano. Y es de ésta orilla, la maquillada y tramposa, desde la que los contramaestres del revisionismo pueden libar el dulce néctar del poder a fuerza de adocenar a sus recentales. Una manipulación que tan cobardemente comienza en los colegios, haciendo perder el sentido de la realidad a una legión de benjamines que, ansiosos por recuperar viejos Robin Hoods como Blas Infante, acaban más próximos a ese Alonso Quijano que un buen día acabó perdiendo la sesera con tanta novela de caballería, pues pura literatura es aquella a partir de la cual se levanta el edificio del separatismo y que tan grandes cuotas de poder anda regalando. Lo demás viene solo. La realidad, una vez más, chocando con el deseo. ¿Qué te asombras de las ikastolas y el aranismo? Sólo hace falta un 28-F.

Yo pienso igual que Alejo, y me incrimino,
y quiero ser non grato a los idiotas,
pues tengo a Blas Infante por berzotas,
por sandio, por tronado y por cretino.

Yo soy también culpable y me empecino
en tocar las ridículas pelotas
de tantos melindrosos compatriotas
enfermos de sandez y desatino.

Y si mis opiniones son tan graves,
que dicte ya una fatua Manuel Chaves,
guardián de las esencias sarracenas.

Que Al Ándalus entero se levante
y que el fantasma islámico de Infante
me azote con el látigo de Arenas

Fray Josepho

domingo, 6 de febrero de 2011

EL CINCO A LAS CINCO



Son las ocho menos diez de la mañana del 17 de octubre de 1991. Madrid se despereza en un frío despertar de otoño cuando un ruido ensordecedor se escucha en la calle Duquesa de Parcent, en pleno barrio de Aluche. A trescientos metros, en la calle Camarena, una niña de doce años, Irene Villa, se arregla para ir al colegio y le pregunta a su madre:

–Mamá, ¿qué ha pasado?

–Creo que ha sido una bomba, hija.

–¿Y quién la ha puesto?

–Un grupo que se llama ETA –le contesta.

María Jesús González da por terminada la conversación. Mientras acaba de recoger el desayuno, piensa en silencio que el terrible bombazo que ha hecho retumbar las paredes y los cristales de su vivienda se había producido en la Comisaría de Los Cármenes, su lugar de trabajo. Nada le insinúa a su hija, todavía una niña, de sus sospechas. Para sorpresa suya, cuarenta minutos después, cuando han salido ya del portal y se dirigen al Seat 127 matrícula de Huelva, aparcado frente a su vivienda, Irene le inquiere de nuevo:

–Mamá, me da miedo subir al coche. ¿Y si nos han puesto una bomba a nosotras?

María Jesús ya no se acuerda de nada más. Se despertó en la Unidad de Vigilancia Intensiva (UVI) del Hospital Doce de Octubre. Preguntó por su niña, así, como la llama ella. La respuesta la dejó helada.

–Aquí no ha venido nadie más que tú –le dijo la enfermera que la atendía.

–Bueno, pues entérate y me lo dices.

Nadie le hizo un solo comentario más, explica a los autores. Pensó que Irene había muerto. No sabe el tiempo que permaneció en la UVI. No veía nada, tenía la cara totalmente hinchada, quemada y negra. Sentía que algo le pasaba en el lado derecho de su cuerpo. Una bomba adosada a los bajos de su coche había hecho explosión a los pocos segundos de arrancar, frente al colegio San Juan García. El espectáculo era dantesco. María Jesús e Irene habían saltado literalmente por los aires. Postrada en la UVI, pensó: «No se atreven a decírmelo». Nunca más preguntó. Hubiera preferido morirse antes que volver a preguntar por Irene, a la que creía muerta. Un dolor infinito, mucho más profundo que cualquiera de los desgarros físicos, se le había clavado en el alma. Cuando por fin la trasladan a la habitación, su padre, Andrés, habla con ella.

–Hija, ¿no me preguntas por tu hija?

–Pero, ¿sigue viva?

–Está en el Gómez Ulla.

–¿Por qué no me preguntas qué tiene tu hija? –le dijo su padre a duras penas, temeroso de que se viniera abajo pensando que iba a darle el disgusto de su vida.

–No me importa.

Nada le importaban los destrozos terribles que la bomba le había causado. Su niña seguía viva y eso era lo único importante. Habían pasado tres días desde el atentado. El destino se había cebado con una madre y una niña de doce años despedazándolas de cuajo. María Jesús había sufrido la amputación del brazo. A su hija Irene la barbarie terrorista le había arrancado tres dedos y las dos piernas. Nadie entendía la alegría, el estado de felicidad total que a partir de ese instante embargó a María Jesús y que no dejaría de sentir un solo día el resto de su vida. «Creían que la bomba me había afectado a la cabeza», explica María Jesús.

Pero tenía y tiene una fortaleza y una alegría de vivir fuera de lo común que refleja hasta en los más nimios detalles. Meses después del atentado recuerda que recibió una llamada del programa de José Luis Coll. Le dijeron que tenían un enorme interés en contar con su participación porque iba a estar dedicado a las madres que sufren. Ella les contestó rotunda:

–Lo siento mucho, pero yo no encajo en lo que buscáis. Para que podáis entenderlo: todas las madres tienen la dicha de ver andar una vez a sus hijos. Yo hoy he sentido la emoción de ver andar por segunda vez a mi hija y soy la madre más feliz del mundo.

LA INUSITADA REACCIÓN DE ZAPATERO

Viernes 17 de febrero de 2006. Palacio de La Moncloa. María Jesús González lleva sendas prótesis en el brazo y pierna derechos. Es una mujer fundamentalmente vivaz, guapa, valiosa, vigorosa, un torrente de vida y expresividad y una actitud mental positiva extraordinarias. No tiene pelos en la lengua. Expone al Presidente del Gobierno su experiencia vital y, sobre todo, su incomprensión profunda de la política de rendición ante los terroristas iniciada por el jefe del Ejecutivo.

–Hace catorce años –le dice–, la primera vez que vi a mi hija después del atentado, ella lloraba y me preguntaba por qué pasaban estas cosas. «No hay explicación lógica», le dije a mi niña. «En el País Vasco algunas personas matan porque piensan que el resto de España tenemos la culpa de sus males». En sustitución de las dos piernas –añade María Jesús–, intenté que Irene tuviera dos columnas en las que sujetarse siempre: la primera, su fe en los políticos; tenía que saber que siempre la ayudarían y la defenderían. Y la segunda, la Justicia, la certeza de que algún día los que le hicieron esto a ella y al resto de las víctimas del terrorismo estarían en la cárcel, que ése sería su único destino.

»Años más tarde, –continúa su emocionada y contundente narración a Zapatero– Irene vio que su Presidente del Gobierno solicitaba permiso al Parlamento para hablar con sus asesinos y, poco después, que Fungairiño, bastión de la lucha antiterrorista, era vilmente destituido porque no interesaba que siguiera deteniendo terroristas. Y a mi hija la volví a ver otra vez llorar. Me preguntó de nuevo: «Mamá, ¿por qué pasan estas cosas?». Presidente, yo no he sabido qué responderle. Así que quiero que tú te pongas en mi lugar y me expliques qué le dirías si fuera tu hija.

Allí estaba, sentado, frente a ella, escuchándola atentamente. Un Presidente del Gobierno que había llegado a La Moncloa tras la mayor masacre de la historia de España. José Luis Rodríguez Zapatero, le dice con una actitud comprensiva:

–Me pongo en tu lugar porque a mi abuelo lo mataron en la guerra.

María Jesús se quedó lívida. Apenas daba crédito a lo que acababa de escuchar en boca del máximo responsable político de España. La vicepresidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo había acudido junto con otras personas para hablar con Rodríguez Zapatero sobre la situación y el sentimiento mayoritario de traición que las víctimas sentían a su causa, a sus muertos, a sus vidas. Pensó que no le había entendido bien.

–¿Cómo puedes comparar a una niña con tu abuelo y con una Guerra Civil en la que había dos bandos que se mataban entre ellos? ¡Mi niña tenía doce años, no vivía en una guerra sino en una democracia, no había bandos, sólo unos asesinos que matan y destrozan la vida de inocentes!

No cabía malentendido alguno. El Presidente, al verla tan angustiada, intentó explicarse. También –le dijo– para él supuso un terrible daño la muerte de su abuelo, al que no conoció pero había marcado el sufrimiento en su abuela y en su padre huérfano desde los nueve años. Una trágica ausencia imborrable y nunca perdonada en su propia memoria. La cosa no quedó ahí. Lógicamente ofuscada y algo nerviosa ante aquel agravio, María Jesús replicó al Presidente que todavía continuaba la extorsión etarra, que había revivido el terrorismo callejero, que la falta de libertad en el País Vasco era un hecho y que, en definitiva, con él se había crecido la banda de asesinos. Un Zapatero a la defensiva respondió, contrariado, sin azorarse:

–¡Sólo faltaba que me culpes a mí de eso! ¡Allí están el PNV y el Gobierno vasco!

María Jesús desistió de contestarle otra vez. Pero cuando se despidieron, a las puertas de La Moncloa, José Luis Rodríguez Zapatero la cogió por los hombros y le dijo: «María Jesús, confía en mí». Triste, dolida y espantada, María Jesús había constatado en sus propias carnes que el Presidente del Gobierno era un hombre que, lejos de comprender a las víctimas del terrorismo, tiene un corazón cargado de odio y un ansia inaudita de revancha...

LA GRAN REVANCHA, Isabel Durán y Carlos Dávila. (2006)

Y a partir de ahí, que giren los cangilones de la noria. Más de uno hubiera deseado ver la Plaza de Colón como si del desierto del Kalahari se tratara; pero nada más lejos de la realidad. Miles de personas presentes con la lección bien aprendida. A saber, que de la oveja mansa vive el lobo. Dignidad y justicia. La «ultraderecha», sin águilas imperiales y sin más nostalgia pasada que la de los muertos, con el corazón en la garganta. Qué cosas...

martes, 7 de diciembre de 2010

LOS GUARDIANES DEL CIELO


Jugaron a ser Judith frente a Holofernes; pero en este caso, sus malas artes de Mesalina no consiguieron traerles la cabeza sangrante del tirano. Más bien al contrario. Éste, viendo desde lo lejos el brillo deslumbrante del metal afilado, abrió la jaula a sus leones con el consabido resultado. Y es que ocurre que el peligro agudiza el más subterráneo instinto de supervivencia, en esa misma ecuación por la cual la necesidad asfixia la mansedumbre. Y de esos polvos, estos lodos. Estado de alarma por aquí, sediciones por allá. Puestos a agarrarse a la jerigonza belicosa, y aprovechando la coyuntura económica que nos coloca frente al rescate, podrían poner a sonar las sirenas antiaéreas y con la boquita pequeña, las orejas gachas y la mirada baja, pedir una suerte de Plan Marshall que nos sacase del ridículo bananero al que asistimos. Quedando tan pocos cartuchos en las cananas, qué mejor manera de aprovechar el tiro de gracia. Hay que atarse los machos y economizar hasta la pólvora.

Lo cierto es que el reloj de arena marca desde el sábado los quince días de estado de alarma en el que nos hallamos, un período durante el cual ni tan siquiera podrá disolverse el Congreso. Como si un violento maelstom hubiese arrasado nuestro país de costa a costa, comienzan a salir a flote los cadáveres, las miserias y las joyas que escondía la abuela bajo la alfombra. Y ese vicio tan español de hacer trampas en el solitario. De acuerdo a la tesis de Enrique Gimbernat, Catedrático de Derecho Penal, el planteamiento táctico llevado a cabo por el Ejecutivo tiene más de arreglo cortijero que de una auténtica jugada de acuerdo a los mecanismos de arrastre del Estado de Derecho. Como el niño pastueño y santo que, harto de cargarse a diario un buen desayuno de hostias en el colegio, decide una buena mañana dejarse las gafitas de empollón en casa y cornear al primer cabrón que inicie la piñonada, actuó el Gobierno ante el chantaje malicioso de los controladores aéreos. No era el momento, ni el lugar, ni la hora de recibir una sola más. Así fue que devolvió todas y cada una de las tortas que cada mañana le han ido soltando durante años por la gestión de la crisis económica y demás minucias. Y cuando la pasión y el acerbo pesan sobre la razón, todo vale. Máxime cuando tienes en tus manos las llaves del almacén del verdugo. Según el Catedrático Gimbernat, el incumplimiento deliberado de las obligaciones aéreas por parte de los controladores les hace incurrir en un claro delito de sedición, como bien señala la Ley Penal y Procesal de la Navegación Aérea; pero como se trataba de devolver el mayor número de bofetadas en el menor tiempo posible sin que la navegación aérea se viese bloqueada, buscaron bajo tierra la posibilidad de tirar de controladores militares que ordenasen el espacio aéreo reteniendo a los controladores de AENA y al mismo tiempo dejar flotando la sombra del castigo. El militar en este caso, que siempre da más grima. Se trataba de crear ese ambiente servil y castrense en el que la desobediencia pudiese poner a los controladores civiles camino de Alcalá Meco de seguir con sus bravuconadas. Son esas reacciones barbitúricas las que pide la masa en momentos de sobrecalentamiento.

Ocurre, sin embargo, que el Cubo de Rubik no queda resuelto hasta que todas las casillas de cada cara queden homogeneizadas en color y forma. En caso contrario, hay que seguir dándole a las muñecas. Una vez declarado el estado de alarma, el tipo penal aplicable ha de ser el acorde a la Ley Penal y Procesal de la Navegación Aérea y no lo descrito en el Código Penal Militar, según el catedrático, pues aquélla desplaza a éste en aplicación del principio 'lex generalis derogat lex specialis'. Además, ocurre que esa autoridad militar sería aplicable únicamente en casos de conflictos armados, por lo que el delito de desobediencia militar pareciera acercarse más a un una mera trampa de cuentos de brujas. El ejecutivo de Zapatero, en un intento desesperado por poner en línea las piezas de la manera más rápida posible cayó en errores de fondo y forma. Con la fusta militar en ristre tras la declaración del estado de alarma y los controladores civiles volviendo a poner las posaderas en sus puestos con la resignación de un monaguillo, todo parecía una victoria ganada a pulso con una furia que ni la del Saqueo de Amberes. Pero nada más lejos de la realidad. La declaración misma del estado de alarma tiene más grises que claros. Siendo ésta susceptible de ser declarada bajo situaciones de catástrofes naturales, crisis sanitarias y situaciones de desabastecimiento, sólo quedaba como asidero el punto de paralización de servicios públicos esenciales para la comunidad; pero resulta que el apartado 4.c de la paralización sólo es aplicable en relación con uno de los puntos anteriores, por lo que la declaración del estado de alarma resulta, cuanto menos, forzada con cola de pegar. Aquellos que se plantaron ante los micrófonos con los redaños de un arcabucero cabreado hablando de secuestro por parte de los controladores civiles a los ciudadanos, redoblaron la villanía usando los mecanismos de defensa de un Estado de modo arbitrario y caprichoso. Y es que, a falta de escrúpulos éticos y estéticos, que prime la máxima del bueno de Don Alejandro el Grande frente al nudo gordiano, según la cual lo mismo da deshacerlo que cortarlo. De eso se trató. Había que salir del cuadrilátero antes de besar la lona para reincorporarse al instante a la lucha con renovados bríos.

Y frente a los militares de armas tomar, se hallaron en la otra orilla del tablero esos otros guerreros de terracota que solamente con su silencio e inmovilismo acollonan a la ciudadanía más que mil cañones. Unos controladores civiles que reaccionaron ante el Real Decreto del viernes con la misma razón que emplearía un trilobite paleozoico. Lejos de las bravatas de Semana Santa y verano, esta vez optaron por jugársela al todo por el todo. Pero se olvidaron de que, a veces, no sólo falla el cálculo estratégico a la hora de elegir el momento de abrir la andanada, sino que falla la razón misma. Con una sociedad cabreada ante esta nueva aristocracia que se mete en el bolsillo trescientos cincuenta mil euros anuales, cobrando así el doble que sus compañeros europeos y conformando tales emolumentos el setenta por ciento del coste de prestación del servicio aéreo de navegación, la batalla se antojaba poco más que complicada para los gendarmes del aire.

Con ese lenguaje tramposo y meloso con el que se intenta convencer a los demás cuando se camina sobre el filo de la mentira, trataron de hallar la pena penita en la masa adocenada a base de repetir mantras y letanías victimistas respecto a la explotación laboral que venían sufriendo. Denunciaban que muchos de los controladores llegaban a trabajar entre ciento ochenta y doscientas horas mensuales, lo que a ojo de buen cubero les salía por una media de siete u ocho horas diarias. Semejante situación produjo de repente unas alteraciones metabólicas que ni el agua de Chernobyl, cayendo en graves depresiones, tan fáciles de colarlas al médico encargado de firmar el certificado. Sin embargo, tal explotación laboral no resultó ser tan dañina cuando esa misma cantidad de horas trabajadas se cobraban a precio de pepitas de oro en el mercado de las horas extras. Así, venían trabajando desde 1999 alrededor de seiscientas horas extras al año sin que sus fluidos vitales se resintieran lo más mínimo; pero como a raíz del Santísimo Decreto la gallina dejaría de poner huevos dorados permitiéndoseles un máximo de ochenta horas extras, sus cuerpos dijeron basta. Y todos a la vez. Fuerte tuvo que ser la reacción y el dolor. Esa suerte de convenio colectivo vitalicio del que disfrutaban desde hacía una década y por el cual gobernaban los cielos junto a AENA incluso respecto al número de controladores precisados y sus condiciones, tuvo que caer por su propio peso como caerían los privilegios feudales siglos ha.

Se atribuyeron el papel exclusivo de Guardianes del Aire sin que nadie ni nada pudiera interponerse, pues, a fin de cuentas, son miles los ciudadanos cuya seguridad depende directamente de sus servicios; pero resulta que también requieren de los servicios de las enfermeras, los cirujanos, los médicos, los panaderos y hasta de las depuradoras de agua. Ya lo escribió Adam Smith: «Mercado abierto, fomento de baratura». Todo monopolio o estructura gremial se ha mantenido a lo largo de la historia en base a la centralización y el hermetismo del Estado, obstaculizando cualquier proceso de libre intercambio. En el mercado, el salario se determina de acuerdo a lo que el empleado produce, por lo que es un coste de producción más como la electricidad o el agua utilizada. Todo cambia cuando a falta de libre circulación de trabajadores se crean las condiciones óptimas para la creación de la endogamia profesional, como ha terminado ocurriendo en el caso de los controladores civiles. Obvio es que les importa una aljofifa la seguridad. Es más, cabría evaluar cuántos de los controladores civiles acabaron sentados en una torre de control por pura vocación y no por el peculio. Por ello, llegó el momento de agarrar la maza y hacer ciscos el imponente Moloc que levantaron en cada una de esas torres de control a las que la competencia no puede llegar por culpa de esas fronteras laborales que han levantado, ladrillo a ladrillo, hasta convertirlas en feudos inexpugnables. Pero nada es para siempre. Torres más altas cayeron y así luce Pompeya.

Keith Joseph, el Ministro del Pensamiento, como conocían al que fuera asesor de Margaret Thatcher, llamaba «los hombres de la úlcera de estómago» a los grandes empresarios que pasaban sus días caminando con los pies desnudos sobre el filo de la navaja de la incertidumbre. Las razones eran obvias. Son esos ciudadanos que viven en esa fina línea que separa lo previsible de lo aleatorio, el todo y la nada. Pueden ganar mucho dinero, sí; pero la fortuna camina en sentido diametralmente opuesto a la seguridad. En el caso de los controladores aéreos, viven bañados en oropeles y con una vida al margen de los riesgos y peligros de la competencia. Ahora, con el nuevo Decreto, hablan de explotación y de un servicio exprés por el cual han de estar disponibles para cuando AENA los requiera. Sus ábacos han dejado de funcionar. Las cuentas no terminan de cuadrarles. Ignoran que lo llevan en el sueldo. Sería el momento de mirarse una buena mañana al espejo y preguntarse si están en el lugar adecuado, allá donde siempre quisieron estar; y elegir si preferirían permitir la entrada de una libre competencia en el puesto que irremisiblemente tiraría los salarios a la baja o, por el contrario, cerrar las bocas evitando así que las moscas busquen el olor flatulento de la mierda. Soplar y sorber a la vez no puede ser.