jueves, 28 de julio de 2011

LA HUELLA MALDITA


Siempre sentí cierta fascinación por los límites de la existencia humana; por esos pedazos de tierra arriscada que perfilan los bordes de los acantilados del alma. El paso en falso que separa el ser del no ser. Hablo de ese punto de la existencia en el que los días pesan como siglos, allí donde cada bocanada de aire muerde como las espinas del zarzal. El espacio donde lo más profundo y negro del pozo no se encuentra con el pétreo brocal que contiene la caída, sino que, más al contrario, pareciera reclamar presencia, como pidiendo con voz desesperada: «¡Aquí, aquí. Más al fondo!» Ese punto en el que el cuerpo, piel viva sobre piel muerta, hueso sobre hueso, no sea acaso más que burdo antepecho que secuestre un alma aherrojada que no arrenda esperanza ni libertad alguna. Aquel punto fatal y trágico donde la propia vida no es más que una mera huella maldita.

Amy Winehouse murió el pasado Sábado 23 de Julio, en su Londres natal. Aunque quizás fuese más exacto decir que se dejó ir, como se entrega a la derrota el animal herido de muerte que aguarda con trágico estoicismo bajo la sombra de una acacia. Nada nuevo bajo el Sol. Un alma descangallada, marchita, que se diluye en un piélago de absurdos y cotidianidades hirientes. Con todo, los pájaros siguieron cantando, las hojas de los árboles meciéndose, las campanas repicando, las aceras soportando el ir y venir de pasos acelerados... Vuelvo estos días, como arrastrado por un tiro de veinte mulas, a los subrayados de 'El lobo estepario', de Hermann Hesse. Hallo esa huella maldita en las anotaciones del desgraciado Haller: «Tendría escrúpulos de comunicarlas a los demás, si viera en ellas únicamente las fantasías patológicas de un pobre melancólico aislado. Pero en ellas veo algo más: un documento de la época, pues la enfermedad psíquica de Haller es -hoy lo sé- no la quimera de un sólo individuo, sino la enfermedad del siglo mismo, la neurosis de aquella generación a la que Haller pertenece, enfermedad de la cual no son atacadas sólo las personas débiles e inferiores, sino precisamente las fuertes, las espirituales, las de más talento»

La enfermedad del siglo. La Madre Teresa de Calcuta pasó de lo abstrtacto a lo concreto y sentenció que «la soledad es la lepra de occidente». Arranca la vida por igual, ya sea una prostituta del arrabal de París, un magnate de más allá de los Urales o una estrella de la canción londinense. Tanto monta. Cuando la huella maldita deja su poso, las cartas se derraman sobre la mesa en macabra timba. Y así caen, como frías gotas de lluvia, los unos y los otros, sobre una tierra a la que apenas le quedan manos con las que recibir. Es la desesperación muda de la que no permanece más que el eco frágil y escurridizo de una voz que dura lo que la espuma temblorosa de la ola. Tímida y brava, se acerca y se va en un pendular sin fin.

Amy Winehouse perteneció a ese grupo de lobos esteparios. Su caso, como el de tantos otros, reviste esa triste mezcolanza de talento y poder que acaso no hace más que ensanchar la huella maldita. Un canto rodado que ni forma tiene, si no es aquella que le da la corriente y el puntapié del hombre que lo desprecia. Y siempre el arte como muladar sobre el que arrojar el tormento, pues atormentadas y avinagradas son sus vidas. Difícil ha de ser el pulso cuando el arte pide presencia y el corazón ausencia. Trágico combate el de Eros y Tanatos.

De la buena de Amy siempre quedará su obra como una marca indeleble, eterna; pues eterna es el alma, y alma es canción. Pero es el tormento, ese precipicio tantas veces tentado en vida, lo que de verdad inquieta y atribula. No me interesa tanto el personaje como la persona. Encontrando en la canción la manera de purgar el cáliz del dolor, quizás no consiguiera más que abrir las puertas a un Dédalo de imposible salida. Dolor con dolor. Antes y durante. Es posible que naciera ya cadáver. Dinero, Gloria, Fama, Drogas, Talento. Demasiado lastre para un bergantín que tal vez soltara amarras ya desorientado, sin destino, más que el de dejarse balancear por la marea. Y mientras, cantar. Y dejarse morir. Y arrojar mensajes en una botella al mar de la sordera. Si detrás de la autodestrucción suicida no se halla más que una llamada de atención, un aldabonazo al exterior, ¿qué es si no el entregarse lentamente a la degollina de las drogas? Morder la boca del precipicio esperando a que el cielo le tienda el hilo de Teseo. Toda su vida no pudo ser sino eso mismo: gritos de desgarro suplicando ayuda.

Y de ahí el trágico punto en el que el dolor y la creación se abrazan en macabro cortejo. Cada vez que un sueño se cumple, una obra de arte muere, rezan los humanistas. Quizás por ello la creación lleve consigo esencias de muerte, la sombra de la huella maldita, materia prima de la obra, de igual que las manos del alfarero requieren de la arcilla húmeda. «Así se producen todas aquellas obras de arte, en las cuales un solo hombre atormentado se eleva por un momento tan alto sobre su propio destino, que su dicha luce como una estrella, y a todos aquellos que la ven, les parece algo eterno y como su propio sueño de felicidad. Todos estos hombres, llámense como se quieran sus hechos y sus obras, no tienen realmente, por lo general, una verdadera vida, es decir, su vida no es ninguna esencia, no tiene forma, no son héroes o artistas o pensadores a la manera como otros son jueces, médicos, zapateros o maestros, sino que su existencia es un movimiento, y flujo y reflujo eterno y penoso, infeliz y dolorosamente desgarrado, es terrible y no tiene sentido», sentencia el folleto de feria que halla el pobre Harry, aquel Tractat del lobo estepario, donde se adentra en el alma del artista con la precisión de un buscador de huellas.

Lejos queda el burdo y chocarrero malditismo 'snob', que no es sino mera costra de orines, farfolla, capas de piel seca, a través de las cuales no se ve acaso sino destellos de un alma henchida de narcisismo ramplón y delirios de grandeza. Sobreactuación. El patetismo del poeta desharrapado que se agarra a la botella mientras expulsa anillos de humo al cielo aguardando la caída del verso más redondo; o el del cantautor que se disfraza de Bukowsky mientras templa las cuerdas de una guitarra que apenas suena a humano.

Y es que «cada vez que Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Y es ahí, en el dolor, en el llanto contenido, en el pecado, donde quizás se halle el camino a la santidad, la redención absoluta, de igual que San Cristóbal encontrara en el pecado la beatitud. Y alto es el precio. La asfixia, esa sí, es la peor de las muertes.

viernes, 25 de marzo de 2011

ESTHER SAEZ

«Llegué con sección de la arteria hepática, estallido de los pulmones, los alveolos quemados... Tenía la cabeza abrasada por detrás, mis orejillas estaban volando, un coágulo en la cabeza y tres paros cardíacos esa noche; porque lo normal es que no estuviera aquí» Lo dice sonriendo, con esa sonrisa leve del que ama la vida por encima de todas las cosas, como se ama la felicidad y la justicia. Anverso de esas otras sonrisas impostadas y fariseas de aquellos alargacuellos que ven en el ascua humeante de las víctimas el mismo oportunismo que la bandada de gaviotas encuentra en las redes del pesquero. Pura cuestión de supervivencia. Y habla también del Perdón, con una voz que a duras penas le sale de dentro, frágil y escurridiza como el pizzicato de una lira. Un perdón que a todos habría de escocernos, si no ruborizarnos. Burdos polichinelas que, inmóviles y desangelados, asistimos a diario a la sucia astracanada del odio y la memoria selectiva.

Sabido es que el dolor y la miseria igualan a reyes y mendigos, héroes y villanos, capuletos y montescos; pero lo que no sabíamos es que ese mismo dolor que erosiona los frágiles andamios de la existencia pudiera hacer germinar auténticos brotes y cotiledones preñados de esperanza, de igual que la flor del loto emerge de la sucia ciénaga. Auténtica lección de vida. Esas pequeñas lecciones inefables que sólo con la mera contemplación cargan de viento las velas de nuestras pobres chalupas. En tiempos de cetrería de bajo vuelo no está de más volver a creer en el ser humano. Y eso, poco o mucho, se antoja suficiente.





viernes, 11 de marzo de 2011

SABER...



Hubo un tiempo en el que fuimos grandes, muy grandes. Cuatro veces más grandes que el Imperio Romano para ser exactos, solamente superados en extensión, pero no en dominio, por el Imperio Macedonio de Alejandro el Grande y el Imperio Mongol de Gengis Khan. Con un pequeño matiz diferencial: fuimos los primeros en extender tal influencia allende y aquende los mares. Pero cuando el trigo creció y dio fruto, apareció también la cizaña. Y con ella Carlos II, la fiebre tifoidea de los Borbones, Felipe V, el Rey Felón y el chapero de Godoy… Una ruina tras otra. Un repliegue sin retorno, de igual que la hoja seca se frunce y riza con el roce de la llama. Y la amnesia, ese mal endémico de este cansino rabo de Europa por desollar.

Hoy, como entonces, lo mismo pero distinto. Uvas pasas colgadas de idéntica vid, pámpanos secos sobre una cepa ya descangallada. Once de Marzo. Un día que, con más pena que gloria, cabría apuntalar sobre el Año Litúrgico como auténtico Viernes de Pasión. Un día de culto a la Traición y la Deslealtad. Siete años han pasado ya desde aquel jueves de dos mil cuatro en el que los sayones hundieran sus clavos sobre una Nación que recién comenzaba a abrir de nuevo las alas. Diez martilladas en forma de mochilas-bomba bastaron para tirar por los suelos todo ese andamiaje que empezaba a levantar lo que años atrás fuera derruido por distintos zorros, tanto o más traidores si cabe que el último Gran Felón. A la descomposición del Estado le sobrevino la necrosis del tejido social. Una sociedad que, ya en estado terminal, pataleó por instantes como lo hace sobre la arena el toro perforado por la espada. Pero poco o nada duraron los últimos bríos. El tiempo de salir escopetados de Irak como abejas africanas. Y una sociedad apocada en su complicidad cobarde que no hizo más que guardar el silencio patético del que ve y hace que mira, dispensándole a la Verdad el mismo trato que el prestado a los muertos. Montones de tierra por encima. Esa tierra apestada y entreverada de virutas que dejan las termitas finalizado el banquete.

Nadie ha podido reflejarlo mejor que el maestro Albiac en una columna para ABC titulada Sombras de Marzo:

«Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser. Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La verdad judicial es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto»

jueves, 3 de marzo de 2011

ANDALUCISMO Y BLAS INFANTE




Nada debiera ser más vergonzante para una sociedad madura que el adoctrinamiento ramplón de sus infantes y cachorros, pues la cadena soporta lo que resiste el eslabón más débil. Siendo frágiles como una balandra de paja, hacer proselitismo desde la cuna con aquellos a quienes les tocará hinchar el pecho como gallos de corral con el caer de las hojas es sintomático de una sociedad que da sus últimos estertores de muerte. Primero a caminar y después, si se quiere, que se corra de cabo a rabo la sabana como una gacela; pero entre el deber y el ser podemos abrir un canal que ni el de Panamá. Y es que pedirles decoro a los pedagogos y maestrillos de la nueva escuela es como pedir cotufas en el Golfo. Nada, ladrar a la Luna, tender la ropa en medio de una tormenta.

El pasado 28 de Febrero se celebró, otro año más, el Día de Andalucía. Las vísperas de la celebración se convierten en toda una catequesis en la que los niños o nuevos catecúmenos reciben la primera predicación. Más tardíamente llega, comiéndolo y bebiéndolo, el Bautizo Andalucista. Miles de botarates al Sol cantando el Himno mientras ondean sus banderitas verdiblancas que ellos mismos confeccionaron con cartulinas durante las mañanas de catequesis. Tampoco puede faltar, claro está, ese profesor que con voz campanuda arenga a la tropa de benjamines con consignas de Blas Infante, Padre y Exégeta Mayor del Andalucismo. Todo muy paternal y ceremonioso. Una auténtica comunión en la que los pequeños reciben el sacramento de la Eucaristía en forma de adoctrinamiento light. Y de aquellos polvos, estos fangos. Un fango en el que miles de andaluces retozan como lechales alegres pero en el que sigue vivo no más que ese niño que un día canturreó el Himno de Andalucía en el patio del colegio. Un andalucismo de chicha y nabo en el que Bandera, Himno y Padre conforman su Santísima Trinidad. Rara vez se va más allá de la consigna y el mantra. Más que difícil resulta encontrar un aguerrido andalucista sobrepasando el «¡pedid tierra y libertad!». Imposible si buscamos por los meandros de la vida de Blas Infante. Los símbolos que todo lo pueden. Y como resulta que más se le ve el culo al mono cuanto más alto trepa a la palmera, en esas queda el andalucismo: bandera y manipulación desde la cuna a la tumba.

Fue allá por 2007 cuando Alejo Vidal Quadras llamó cretino integral a Blas Infante. Los que años atrás ondearan sus banderitas comenzaron a salivar como perritas de Pavlov ante el estímulo de hostilidad. He ahí la auténtica naturaleza del condicionamiento. He ahí el fin último del servilismo. De igual que los niños de la Alemania Nazi eran ahormados en el colegio para dar el salto a las Juventudes Hitlerianas, el proselitismo, aun siendo andalucista, se paga. Así pues, no dudaron en plantarse con sus quepis y charreteras ante quien no hiciera más que ponerle nombre a un auténtico miserable como Blas Infante, convertido con el paso de los años en estandarte de Andalucía. Y es que, lejos de hagiografías al uso, la vida de San Blas Infante tuvo más de shahid o mártir de Alá que de auténtico Santo Padre del andalucismo. Y no es mero recurso literario sino verdad cabalísima. El bueno de Ahmad Infante, nombre que tomó tras su conversión al Islam en una Mezquita de Marruecos allá por 1924, dedicó gran parte de su vida a reinventar una Historia de España, en general, y Andalucía, en particular, en la que sus auténticas raíces habría de buscarlas en el Sur de África, encontrando en el Siglo VII la simiente del genio andaluz. Tal es así que, al más puro estilo Mein Kampf, llegaría a escribir que «Andalucía jamás espiritualmente fue un pueblo servil. Fue creado por la Naturaleza pueblo de espíritu, señor. Y hoy, esclavizada, no sirve, manda […] Ni los cristianos del Norte ni los fundamentalistas del Sur eran andaluces. Si la opinión vulgar admite y repite el carácter extranjero de las huestes africanas, debiera en lógica simetría llamar igual a aquellos “ifranyi”, que se decían herederos de la Bética cuando descendían a gritos de los bárbaros invasores godos que hundieron Roma» Y tal fue su cameo constante con el Islam que la propia bandera verdiblanca tomada en la Asamblea Regionalista de Ronda robaba el verde del estandarte de los omeyas y, más concretamente, el verde y blanco del reino nazarí de Granada, barriendo el clásico rojo y blanco. Por no hablar de la campaña iniciada en 1931 por las Juntas Liberalistas a favor de construir en Sevilla una enorme mezquita como contrapeso a la lacra del cristianismo. Igual prostitución o mayor corrió el propio escudo de Andalucía, pues no es casual que en 1922 cambiaran el «España» del emblema por «Iberia», quedando en negro sobre blanco el «Andalucía para sí, para Iberia y para la Humanidad».

Pero puestos a buscar el agua como zahoríes, qué mejor muestra que estas otras palabras del muyahidín Ahmad Infante llamando a la islamización de Andalucía: «El Profeta de nuestros antepasados de Al-Andalus que, como todos los profetas, será nuestro profeta y el de todos los hombres libres en tanto cuanto digan la verdad, anunció esta verdad incontrovertible: “¡Ay del día en que un espíritu no comprenda a otro espíritu. Porque el espíritu es espíritu como la luz es luz!" Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Andalucía vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su libro vuelva a ser el Al-Korán»

Por lo demás, consignas de mercadotecnia, zoco de baratijas, granero con más paja que trigo, es lo que nos dejó el Pastor de la rebañega andaluza. Y es que nada como una buena ristra de consignas y frases barnizadas para que comulguemos hasta con pesadas ruedas de molino. Ocurre, sin embargo, que éstas son como el agua de rosas, que está bien olerla pero que no conviene tragarla. Detrás de tanta sentencia y dogma de fe se hallan los matraces y tubos de ensayo de los laboratorios de ingeniería social que, celosos y diligentes, exprimen las mentiras y medias verdades a fin de sacar de la nada trasgos y basiliscos a los que encañonar. La vieja idea de una Andalucía Libre, sin bridas ni horcates al cuello, rebosante de independentismo, pidiendo una tierra robada tras siglos de guerra y opresión, puede llenar de nubes trenzadas de poesía el magín del que racionaliza en verso; pero la realidad se escribe en prosa.

Una opresión que va mucho más allá en el tiempo al dominio de los terratenientes andaluces, pues el bueno de Blas Infante vio en Castilla las puertas mismas del Averno y en la figura de los Trastámara la cabeza misma del mal, demudada en auténtica Hidra con el consorcio de Fernando e Isabel. Y es que, según el padre del andalucismo, Al-Ándalus correría una suerte de paraíso en la tierra en el que la convivencia entre las tres culturas, tan meliflua y acaramelada, conformaría una sola cultura integradora claramente diferenciada del Occidente cristiano. Tesis defendida por Américo Castro en contraposición a la vieja idea de su archienemigo particular, Sánchez Albornoz, quien defendiera que la Reconquista y los Reyes Católicos devolvieron España al redil del mundo latino occidental del que procedía y del que nunca debió de salir de no ser por la torpeza manifiesta de sus predecesores. Y es que las raíces del ensamblaje directo del Islam hay que buscarlas precisamente ahí, en unos reyes visigodos que si bien sintieron auténtica pasión morbosa por la horca y las saetas, llegando con ello hasta la disgregación misma del reino, no corrieron mejor suerte con la llegada de los musulmanes, quienes, aprovechando la coyuntura como la serpiente se aprovecha de la madriguera del roedor para esperar al desayuno dentro, se aliaron con los witizanos con la confianza que da un usurero nómada a fin de llevarse su parte del pastel a las puertas de la caída de Rodrigo. Pero no sólo su trono caería. Así, dejando las puertas de casa abiertas, en un abrir y cerrar de ojos se instalaría en la Península un Islam que apenas comenzaba a ponerse en pie, con menos de un siglo de existencia en su haber y, por tanto, poco forjado institucionalmente. Es ahí de donde cabe sustraer esa suerte de convivencia pacífica, en el amanecer de Al-Ándalus, pues unos pocos de miles de musulmanes necesitarían de varios cientos de años para condensar esa amalgama de religión y poder que, torpe y desarticulado en su origen, no pudo más que tolerar a los tres millones de cristianos invadidos. Pero las tornas cambiarían con el paso de los años. Tal es así que se produciría un auténtico exterminio cristiano con la llegada de los almohades a Granada y los posteriores decretos de conversión. Toda una casa cuna de fraternidad e integración, que diría el maestro San Blas.

Así, es de natura que ni con fórceps tuviera lugar el alumbramiento de esa mítica Arcadia de Al-Ándalus, madre de una nueva cultura claramente diferenciada de sus raíces latinas. Y es que el legado andalusí ni es racial, ni étnico, ni tan siquiera cultural. Lo primero lo confirman los estudios poblacionales y algo tan elemental como el sentido de la vista. De lo último se encargan los datos, siempre al margen de ciertos elementos artísticos y arquitectónicos, así como cierto léxico que, como bien señala el arabista Serafín Fanjul, no conformaba en el siglo XIII más de un 0,5% del volumen del mismo y limitado a la vida material y agrícola. Más llamativo aún lo que encontramos en el terreno artístico. El propio Sánchez Albornoz sacaría del zurrón unos datos bastante sorprendentes: «El arquitecto Leopoldo Torres Balbás, el mejor conocedor del arte islámico peninsular, celosísimo investigador de sus proyecciones en la España cristiana y gran devoto de lo arábigo, ha examinado los precedentes de la decoración mural hispanomusulmana en un estudio aparecido en el pasado año. De él resulta que en Villajoyosa (Alicante) y en La Cocosa (Cáceres) se han encontrado muy abundantes restos de yeserías murales en edificios hispanorromanos de los siglos III y IV de nuestra Era. […]Esas yeserías preislámicas españolas, hace poco descubiertas, no debieron ser las únicas que adornaron los muros de los edificios hispano romanos. San Isidoro alude a tal técnica en sus Etimologías. […]Uno de los elementos más característicos del arte árabe español tendría, por tanto, clara raíz hispana premusulmana, como la tuvieron otras muchas prácticas, instituciones y formas de vida, de pensamiento y de expresión. Sólo ignorando la subestructura histórica de la España remota puede nadie asombrarse de la perduración en Al-Andalus de esa compleja, multiforme y profunda herencia preislámica».

Con estos mimbres, no resulta arbitrario ni casual que salgan los revisionistas como salen las abejas del panal en busca de las flores a fin de segar la historia en mitades irreconciliables y a partir de las cuales hacer una caricatura de la misma con paciencia de amanuense. Y es que, caer de hinojos ante Al-Ándalus al tiempo que se cocean nuestras raíces cristianas puede tener dos caras, la una afilada como la espina y la otra algodonada como el vilano. Y es de ésta orilla, la maquillada y tramposa, desde la que los contramaestres del revisionismo pueden libar el dulce néctar del poder a fuerza de adocenar a sus recentales. Una manipulación que tan cobardemente comienza en los colegios, haciendo perder el sentido de la realidad a una legión de benjamines que, ansiosos por recuperar viejos Robin Hoods como Blas Infante, acaban más próximos a ese Alonso Quijano que un buen día acabó perdiendo la sesera con tanta novela de caballería, pues pura literatura es aquella a partir de la cual se levanta el edificio del separatismo y que tan grandes cuotas de poder anda regalando. Lo demás viene solo. La realidad, una vez más, chocando con el deseo. ¿Qué te asombras de las ikastolas y el aranismo? Sólo hace falta un 28-F.

Yo pienso igual que Alejo, y me incrimino,
y quiero ser non grato a los idiotas,
pues tengo a Blas Infante por berzotas,
por sandio, por tronado y por cretino.

Yo soy también culpable y me empecino
en tocar las ridículas pelotas
de tantos melindrosos compatriotas
enfermos de sandez y desatino.

Y si mis opiniones son tan graves,
que dicte ya una fatua Manuel Chaves,
guardián de las esencias sarracenas.

Que Al Ándalus entero se levante
y que el fantasma islámico de Infante
me azote con el látigo de Arenas

Fray Josepho

domingo, 6 de febrero de 2011

EL CINCO A LAS CINCO



Son las ocho menos diez de la mañana del 17 de octubre de 1991. Madrid se despereza en un frío despertar de otoño cuando un ruido ensordecedor se escucha en la calle Duquesa de Parcent, en pleno barrio de Aluche. A trescientos metros, en la calle Camarena, una niña de doce años, Irene Villa, se arregla para ir al colegio y le pregunta a su madre:

–Mamá, ¿qué ha pasado?

–Creo que ha sido una bomba, hija.

–¿Y quién la ha puesto?

–Un grupo que se llama ETA –le contesta.

María Jesús González da por terminada la conversación. Mientras acaba de recoger el desayuno, piensa en silencio que el terrible bombazo que ha hecho retumbar las paredes y los cristales de su vivienda se había producido en la Comisaría de Los Cármenes, su lugar de trabajo. Nada le insinúa a su hija, todavía una niña, de sus sospechas. Para sorpresa suya, cuarenta minutos después, cuando han salido ya del portal y se dirigen al Seat 127 matrícula de Huelva, aparcado frente a su vivienda, Irene le inquiere de nuevo:

–Mamá, me da miedo subir al coche. ¿Y si nos han puesto una bomba a nosotras?

María Jesús ya no se acuerda de nada más. Se despertó en la Unidad de Vigilancia Intensiva (UVI) del Hospital Doce de Octubre. Preguntó por su niña, así, como la llama ella. La respuesta la dejó helada.

–Aquí no ha venido nadie más que tú –le dijo la enfermera que la atendía.

–Bueno, pues entérate y me lo dices.

Nadie le hizo un solo comentario más, explica a los autores. Pensó que Irene había muerto. No sabe el tiempo que permaneció en la UVI. No veía nada, tenía la cara totalmente hinchada, quemada y negra. Sentía que algo le pasaba en el lado derecho de su cuerpo. Una bomba adosada a los bajos de su coche había hecho explosión a los pocos segundos de arrancar, frente al colegio San Juan García. El espectáculo era dantesco. María Jesús e Irene habían saltado literalmente por los aires. Postrada en la UVI, pensó: «No se atreven a decírmelo». Nunca más preguntó. Hubiera preferido morirse antes que volver a preguntar por Irene, a la que creía muerta. Un dolor infinito, mucho más profundo que cualquiera de los desgarros físicos, se le había clavado en el alma. Cuando por fin la trasladan a la habitación, su padre, Andrés, habla con ella.

–Hija, ¿no me preguntas por tu hija?

–Pero, ¿sigue viva?

–Está en el Gómez Ulla.

–¿Por qué no me preguntas qué tiene tu hija? –le dijo su padre a duras penas, temeroso de que se viniera abajo pensando que iba a darle el disgusto de su vida.

–No me importa.

Nada le importaban los destrozos terribles que la bomba le había causado. Su niña seguía viva y eso era lo único importante. Habían pasado tres días desde el atentado. El destino se había cebado con una madre y una niña de doce años despedazándolas de cuajo. María Jesús había sufrido la amputación del brazo. A su hija Irene la barbarie terrorista le había arrancado tres dedos y las dos piernas. Nadie entendía la alegría, el estado de felicidad total que a partir de ese instante embargó a María Jesús y que no dejaría de sentir un solo día el resto de su vida. «Creían que la bomba me había afectado a la cabeza», explica María Jesús.

Pero tenía y tiene una fortaleza y una alegría de vivir fuera de lo común que refleja hasta en los más nimios detalles. Meses después del atentado recuerda que recibió una llamada del programa de José Luis Coll. Le dijeron que tenían un enorme interés en contar con su participación porque iba a estar dedicado a las madres que sufren. Ella les contestó rotunda:

–Lo siento mucho, pero yo no encajo en lo que buscáis. Para que podáis entenderlo: todas las madres tienen la dicha de ver andar una vez a sus hijos. Yo hoy he sentido la emoción de ver andar por segunda vez a mi hija y soy la madre más feliz del mundo.

LA INUSITADA REACCIÓN DE ZAPATERO

Viernes 17 de febrero de 2006. Palacio de La Moncloa. María Jesús González lleva sendas prótesis en el brazo y pierna derechos. Es una mujer fundamentalmente vivaz, guapa, valiosa, vigorosa, un torrente de vida y expresividad y una actitud mental positiva extraordinarias. No tiene pelos en la lengua. Expone al Presidente del Gobierno su experiencia vital y, sobre todo, su incomprensión profunda de la política de rendición ante los terroristas iniciada por el jefe del Ejecutivo.

–Hace catorce años –le dice–, la primera vez que vi a mi hija después del atentado, ella lloraba y me preguntaba por qué pasaban estas cosas. «No hay explicación lógica», le dije a mi niña. «En el País Vasco algunas personas matan porque piensan que el resto de España tenemos la culpa de sus males». En sustitución de las dos piernas –añade María Jesús–, intenté que Irene tuviera dos columnas en las que sujetarse siempre: la primera, su fe en los políticos; tenía que saber que siempre la ayudarían y la defenderían. Y la segunda, la Justicia, la certeza de que algún día los que le hicieron esto a ella y al resto de las víctimas del terrorismo estarían en la cárcel, que ése sería su único destino.

»Años más tarde, –continúa su emocionada y contundente narración a Zapatero– Irene vio que su Presidente del Gobierno solicitaba permiso al Parlamento para hablar con sus asesinos y, poco después, que Fungairiño, bastión de la lucha antiterrorista, era vilmente destituido porque no interesaba que siguiera deteniendo terroristas. Y a mi hija la volví a ver otra vez llorar. Me preguntó de nuevo: «Mamá, ¿por qué pasan estas cosas?». Presidente, yo no he sabido qué responderle. Así que quiero que tú te pongas en mi lugar y me expliques qué le dirías si fuera tu hija.

Allí estaba, sentado, frente a ella, escuchándola atentamente. Un Presidente del Gobierno que había llegado a La Moncloa tras la mayor masacre de la historia de España. José Luis Rodríguez Zapatero, le dice con una actitud comprensiva:

–Me pongo en tu lugar porque a mi abuelo lo mataron en la guerra.

María Jesús se quedó lívida. Apenas daba crédito a lo que acababa de escuchar en boca del máximo responsable político de España. La vicepresidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo había acudido junto con otras personas para hablar con Rodríguez Zapatero sobre la situación y el sentimiento mayoritario de traición que las víctimas sentían a su causa, a sus muertos, a sus vidas. Pensó que no le había entendido bien.

–¿Cómo puedes comparar a una niña con tu abuelo y con una Guerra Civil en la que había dos bandos que se mataban entre ellos? ¡Mi niña tenía doce años, no vivía en una guerra sino en una democracia, no había bandos, sólo unos asesinos que matan y destrozan la vida de inocentes!

No cabía malentendido alguno. El Presidente, al verla tan angustiada, intentó explicarse. También –le dijo– para él supuso un terrible daño la muerte de su abuelo, al que no conoció pero había marcado el sufrimiento en su abuela y en su padre huérfano desde los nueve años. Una trágica ausencia imborrable y nunca perdonada en su propia memoria. La cosa no quedó ahí. Lógicamente ofuscada y algo nerviosa ante aquel agravio, María Jesús replicó al Presidente que todavía continuaba la extorsión etarra, que había revivido el terrorismo callejero, que la falta de libertad en el País Vasco era un hecho y que, en definitiva, con él se había crecido la banda de asesinos. Un Zapatero a la defensiva respondió, contrariado, sin azorarse:

–¡Sólo faltaba que me culpes a mí de eso! ¡Allí están el PNV y el Gobierno vasco!

María Jesús desistió de contestarle otra vez. Pero cuando se despidieron, a las puertas de La Moncloa, José Luis Rodríguez Zapatero la cogió por los hombros y le dijo: «María Jesús, confía en mí». Triste, dolida y espantada, María Jesús había constatado en sus propias carnes que el Presidente del Gobierno era un hombre que, lejos de comprender a las víctimas del terrorismo, tiene un corazón cargado de odio y un ansia inaudita de revancha...

LA GRAN REVANCHA, Isabel Durán y Carlos Dávila. (2006)

Y a partir de ahí, que giren los cangilones de la noria. Más de uno hubiera deseado ver la Plaza de Colón como si del desierto del Kalahari se tratara; pero nada más lejos de la realidad. Miles de personas presentes con la lección bien aprendida. A saber, que de la oveja mansa vive el lobo. Dignidad y justicia. La «ultraderecha», sin águilas imperiales y sin más nostalgia pasada que la de los muertos, con el corazón en la garganta. Qué cosas...

martes, 7 de diciembre de 2010

LOS GUARDIANES DEL CIELO


Jugaron a ser Judith frente a Holofernes; pero en este caso, sus malas artes de Mesalina no consiguieron traerles la cabeza sangrante del tirano. Más bien al contrario. Éste, viendo desde lo lejos el brillo deslumbrante del metal afilado, abrió la jaula a sus leones con el consabido resultado. Y es que ocurre que el peligro agudiza el más subterráneo instinto de supervivencia, en esa misma ecuación por la cual la necesidad asfixia la mansedumbre. Y de esos polvos, estos lodos. Estado de alarma por aquí, sediciones por allá. Puestos a agarrarse a la jerigonza belicosa, y aprovechando la coyuntura económica que nos coloca frente al rescate, podrían poner a sonar las sirenas antiaéreas y con la boquita pequeña, las orejas gachas y la mirada baja, pedir una suerte de Plan Marshall que nos sacase del ridículo bananero al que asistimos. Quedando tan pocos cartuchos en las cananas, qué mejor manera de aprovechar el tiro de gracia. Hay que atarse los machos y economizar hasta la pólvora.

Lo cierto es que el reloj de arena marca desde el sábado los quince días de estado de alarma en el que nos hallamos, un período durante el cual ni tan siquiera podrá disolverse el Congreso. Como si un violento maelstom hubiese arrasado nuestro país de costa a costa, comienzan a salir a flote los cadáveres, las miserias y las joyas que escondía la abuela bajo la alfombra. Y ese vicio tan español de hacer trampas en el solitario. De acuerdo a la tesis de Enrique Gimbernat, Catedrático de Derecho Penal, el planteamiento táctico llevado a cabo por el Ejecutivo tiene más de arreglo cortijero que de una auténtica jugada de acuerdo a los mecanismos de arrastre del Estado de Derecho. Como el niño pastueño y santo que, harto de cargarse a diario un buen desayuno de hostias en el colegio, decide una buena mañana dejarse las gafitas de empollón en casa y cornear al primer cabrón que inicie la piñonada, actuó el Gobierno ante el chantaje malicioso de los controladores aéreos. No era el momento, ni el lugar, ni la hora de recibir una sola más. Así fue que devolvió todas y cada una de las tortas que cada mañana le han ido soltando durante años por la gestión de la crisis económica y demás minucias. Y cuando la pasión y el acerbo pesan sobre la razón, todo vale. Máxime cuando tienes en tus manos las llaves del almacén del verdugo. Según el Catedrático Gimbernat, el incumplimiento deliberado de las obligaciones aéreas por parte de los controladores les hace incurrir en un claro delito de sedición, como bien señala la Ley Penal y Procesal de la Navegación Aérea; pero como se trataba de devolver el mayor número de bofetadas en el menor tiempo posible sin que la navegación aérea se viese bloqueada, buscaron bajo tierra la posibilidad de tirar de controladores militares que ordenasen el espacio aéreo reteniendo a los controladores de AENA y al mismo tiempo dejar flotando la sombra del castigo. El militar en este caso, que siempre da más grima. Se trataba de crear ese ambiente servil y castrense en el que la desobediencia pudiese poner a los controladores civiles camino de Alcalá Meco de seguir con sus bravuconadas. Son esas reacciones barbitúricas las que pide la masa en momentos de sobrecalentamiento.

Ocurre, sin embargo, que el Cubo de Rubik no queda resuelto hasta que todas las casillas de cada cara queden homogeneizadas en color y forma. En caso contrario, hay que seguir dándole a las muñecas. Una vez declarado el estado de alarma, el tipo penal aplicable ha de ser el acorde a la Ley Penal y Procesal de la Navegación Aérea y no lo descrito en el Código Penal Militar, según el catedrático, pues aquélla desplaza a éste en aplicación del principio 'lex generalis derogat lex specialis'. Además, ocurre que esa autoridad militar sería aplicable únicamente en casos de conflictos armados, por lo que el delito de desobediencia militar pareciera acercarse más a un una mera trampa de cuentos de brujas. El ejecutivo de Zapatero, en un intento desesperado por poner en línea las piezas de la manera más rápida posible cayó en errores de fondo y forma. Con la fusta militar en ristre tras la declaración del estado de alarma y los controladores civiles volviendo a poner las posaderas en sus puestos con la resignación de un monaguillo, todo parecía una victoria ganada a pulso con una furia que ni la del Saqueo de Amberes. Pero nada más lejos de la realidad. La declaración misma del estado de alarma tiene más grises que claros. Siendo ésta susceptible de ser declarada bajo situaciones de catástrofes naturales, crisis sanitarias y situaciones de desabastecimiento, sólo quedaba como asidero el punto de paralización de servicios públicos esenciales para la comunidad; pero resulta que el apartado 4.c de la paralización sólo es aplicable en relación con uno de los puntos anteriores, por lo que la declaración del estado de alarma resulta, cuanto menos, forzada con cola de pegar. Aquellos que se plantaron ante los micrófonos con los redaños de un arcabucero cabreado hablando de secuestro por parte de los controladores civiles a los ciudadanos, redoblaron la villanía usando los mecanismos de defensa de un Estado de modo arbitrario y caprichoso. Y es que, a falta de escrúpulos éticos y estéticos, que prime la máxima del bueno de Don Alejandro el Grande frente al nudo gordiano, según la cual lo mismo da deshacerlo que cortarlo. De eso se trató. Había que salir del cuadrilátero antes de besar la lona para reincorporarse al instante a la lucha con renovados bríos.

Y frente a los militares de armas tomar, se hallaron en la otra orilla del tablero esos otros guerreros de terracota que solamente con su silencio e inmovilismo acollonan a la ciudadanía más que mil cañones. Unos controladores civiles que reaccionaron ante el Real Decreto del viernes con la misma razón que emplearía un trilobite paleozoico. Lejos de las bravatas de Semana Santa y verano, esta vez optaron por jugársela al todo por el todo. Pero se olvidaron de que, a veces, no sólo falla el cálculo estratégico a la hora de elegir el momento de abrir la andanada, sino que falla la razón misma. Con una sociedad cabreada ante esta nueva aristocracia que se mete en el bolsillo trescientos cincuenta mil euros anuales, cobrando así el doble que sus compañeros europeos y conformando tales emolumentos el setenta por ciento del coste de prestación del servicio aéreo de navegación, la batalla se antojaba poco más que complicada para los gendarmes del aire.

Con ese lenguaje tramposo y meloso con el que se intenta convencer a los demás cuando se camina sobre el filo de la mentira, trataron de hallar la pena penita en la masa adocenada a base de repetir mantras y letanías victimistas respecto a la explotación laboral que venían sufriendo. Denunciaban que muchos de los controladores llegaban a trabajar entre ciento ochenta y doscientas horas mensuales, lo que a ojo de buen cubero les salía por una media de siete u ocho horas diarias. Semejante situación produjo de repente unas alteraciones metabólicas que ni el agua de Chernobyl, cayendo en graves depresiones, tan fáciles de colarlas al médico encargado de firmar el certificado. Sin embargo, tal explotación laboral no resultó ser tan dañina cuando esa misma cantidad de horas trabajadas se cobraban a precio de pepitas de oro en el mercado de las horas extras. Así, venían trabajando desde 1999 alrededor de seiscientas horas extras al año sin que sus fluidos vitales se resintieran lo más mínimo; pero como a raíz del Santísimo Decreto la gallina dejaría de poner huevos dorados permitiéndoseles un máximo de ochenta horas extras, sus cuerpos dijeron basta. Y todos a la vez. Fuerte tuvo que ser la reacción y el dolor. Esa suerte de convenio colectivo vitalicio del que disfrutaban desde hacía una década y por el cual gobernaban los cielos junto a AENA incluso respecto al número de controladores precisados y sus condiciones, tuvo que caer por su propio peso como caerían los privilegios feudales siglos ha.

Se atribuyeron el papel exclusivo de Guardianes del Aire sin que nadie ni nada pudiera interponerse, pues, a fin de cuentas, son miles los ciudadanos cuya seguridad depende directamente de sus servicios; pero resulta que también requieren de los servicios de las enfermeras, los cirujanos, los médicos, los panaderos y hasta de las depuradoras de agua. Ya lo escribió Adam Smith: «Mercado abierto, fomento de baratura». Todo monopolio o estructura gremial se ha mantenido a lo largo de la historia en base a la centralización y el hermetismo del Estado, obstaculizando cualquier proceso de libre intercambio. En el mercado, el salario se determina de acuerdo a lo que el empleado produce, por lo que es un coste de producción más como la electricidad o el agua utilizada. Todo cambia cuando a falta de libre circulación de trabajadores se crean las condiciones óptimas para la creación de la endogamia profesional, como ha terminado ocurriendo en el caso de los controladores civiles. Obvio es que les importa una aljofifa la seguridad. Es más, cabría evaluar cuántos de los controladores civiles acabaron sentados en una torre de control por pura vocación y no por el peculio. Por ello, llegó el momento de agarrar la maza y hacer ciscos el imponente Moloc que levantaron en cada una de esas torres de control a las que la competencia no puede llegar por culpa de esas fronteras laborales que han levantado, ladrillo a ladrillo, hasta convertirlas en feudos inexpugnables. Pero nada es para siempre. Torres más altas cayeron y así luce Pompeya.

Keith Joseph, el Ministro del Pensamiento, como conocían al que fuera asesor de Margaret Thatcher, llamaba «los hombres de la úlcera de estómago» a los grandes empresarios que pasaban sus días caminando con los pies desnudos sobre el filo de la navaja de la incertidumbre. Las razones eran obvias. Son esos ciudadanos que viven en esa fina línea que separa lo previsible de lo aleatorio, el todo y la nada. Pueden ganar mucho dinero, sí; pero la fortuna camina en sentido diametralmente opuesto a la seguridad. En el caso de los controladores aéreos, viven bañados en oropeles y con una vida al margen de los riesgos y peligros de la competencia. Ahora, con el nuevo Decreto, hablan de explotación y de un servicio exprés por el cual han de estar disponibles para cuando AENA los requiera. Sus ábacos han dejado de funcionar. Las cuentas no terminan de cuadrarles. Ignoran que lo llevan en el sueldo. Sería el momento de mirarse una buena mañana al espejo y preguntarse si están en el lugar adecuado, allá donde siempre quisieron estar; y elegir si preferirían permitir la entrada de una libre competencia en el puesto que irremisiblemente tiraría los salarios a la baja o, por el contrario, cerrar las bocas evitando así que las moscas busquen el olor flatulento de la mierda. Soplar y sorber a la vez no puede ser.

lunes, 22 de noviembre de 2010

martes, 16 de noviembre de 2010

LA OTRA MEMORIA HISTORICA: LOS GAL



I

El lunes 9 de Mayo de 1994, un día después de la comunión de su hijo, el hasta entonces número dos de Interior, Baltasar Garzón, anunciaba su dimisión como secretario de Estado del Plan Nacional contra la Droga con el rostro de aquel a quien le roban las joyas de delante de sus ojos para ser arrojadas a una piara de marranos: «Felipe González me engañó y me utilizó como un ardid electoral el pasado 6 de junio. Las promesas que me hizo de luchar contra la corrupción y a favor de la regeneración democrática no se han cumplido por la actitud pasiva del presidente. Quienes predijeron que me estaba usando para dar una imagen de lucha contra la corrupción y predijeron este desenlace en mi carrera política han acertado en gran medida», dijo con voz temblorosa. Finalizaba así la luna de miel de lo que, a todas luces, parecía ya en sus orígenes un matrimonio de conveniencia. Fueron muchos los que respiraron con alivio y destensaron el nudo de sus corbatas tras la dimisión del superjuez de Torres. La nube negra se esfumaba.

Apenas un año antes, el 4 de junio de 1993, Garzón demostró en el mitin de cierre de campaña en la Casa de Campo que no estaba solo. Al menos de puertas afuera. Y es que, aquel que diera carpetazo a los GAL un mes antes para dar el salto a la política, se situaba en las encuestas del CIS por delante de Aznar e incluso Felipe González en cuanto a popularidad, según le advirtió su mentor y lazarillo político, José Bono. Una encuesta que jamás vería la luz de las portadas de los periódicos gracias a las virtudes taumatúrgicas de Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero Garzón siempre tuvo claro que no había dejado la Audiencia Nacional para convertirse en el abrepuertas de González. No le bastaba con ser un Apóstol: venía en calidad de Mesías. Tal es así, que según narró Juan Carlos Ibarra en el juicio por el secuestro de Segundo Marey, Baltasar Garzón no se había colgado el paracaídas para saltar al campo de la política como un diputado raso –como le advirtió el presidente autonómico que ocurriría– sino que el juez se hallaba plenamente convencido de que sería Ministro del Gobierno. «Sé que voy a ser ministro. Si Felipe no me hace ministro, se va a acordar toda la vida». Para entonces, Garzón ya había pegado el aldabonazo en Moncloa como sereno del vecindario para darle el parte médico de los GAL al Presidente. Dejaba así los bártulos de la Audiencia Nacional y se iba con la música a otra parte. Como el ratoncito del cuento, le prometió a González pasarse las noches durmiendo y callando, dejándolo todo atado y más que atado en los cajones de la Audiencia de modo que no pudiera reabrirse el caso GAL.

«Esta es una cuestión de cojones. Aquí no se puede echar a nadie, hacer ningún tipo de limpieza, porque todo el mundo tiene cogido a todo el mundo por los cojones», le espetaron desde Ferraz a Garzón. Y es que el juez que años atrás se encargara de poner entre barrotes a Amedo y Domínguez, se presentaba ahora como el paladín de la corrupción. Siendo el PSOE la casa de Tócame Roque y un coladero de ratas de alcantarilla, no dudaron en levantarse en armas contra el encumbramiento político de Garzón. Los Húsares de la Muerte del guerrismo abandonaron el campamento de invierno tras el estéril enfrentamiento entre los dos brigadieres sevillanos a razón de los escándalos del Vicepresidente y su hermano. José Barrionuevo, por su parte, no se mostraba dispuesto a compartir laureles con aquel que encarcelara a sus zapadores durante la guerra sucia, amenazando con su dimisión frente a González. No fue el único. Como hormigas africanas en hilera, se sumaron José Luis Corcuera, Rafael Vera y Eligio Hernández. Y es que temían a Garzón más que a la fiebre amarilla. Razones no les faltaban.

Tanto González como Garzón poseían esa altanería casi castrense del mediocre que es aupado hasta la cima sin más virtud que la del carisma. Vanidad de vanidades; pero como el carácter es destino, ambos habrían de desenfundar sus espadas más temprano que tarde. Los días pasaban y las promesas del Presidente no se materializaban. Al contrario, el jienense no hallaba más que puertas cerradas y una suerte de ley del silencio a su alrededor. Su olfato de comadreja le decía que algo sucio se cocía en las oscuras cocinas de Ferraz. Quien se viera a sí mismo como portada del partido no dejaba de ser una mera caricatura en las páginas interiores. Lo primero que hicieron fue colocarlo como delegado del Plan Nacional contra la Droga, adscrito al Ministerio de Sanidad y Consumo. «Yo no he venido aquí a dispensar metadona y jeringuillas», le inquirió al Vicepresidente del Gobierno a la sazón, Narcís Serra. A las pocas semanas, el Plan Nacional contra la Droga pasaba a competencias del Ministerio de Asuntos Sociales, hecho que le siguió molestando profundamente. Sin quererlo, se había convertido en un simple alfiz sobre el tablero del ejecutivo. Por ello, protestó ante Felipe González viendo de la manera que estaba siendo ninguneado por el Partido. No había salido por piernas de la Audiencia Nacional para convertirse en un Gólem de barro al servicio del Presidente. Finalmente, terminaron pasando el Plan al Ministerio del Interior, donde las dagas afiladas comenzarían a rozar cuero.

José Luis Corcuera, Ministro del Interior en agraz, conocía el interés de Garzón por desmochar al Partido Socialista como ya anunciara durante la campaña electoral. También sabía que había pedido a González su propia cabeza y la de Solchaga por los escándalos con los fondos reservados y el caso Ibercorp. No obstante, en Interior le mandaron a dirigir la lucha contra la droga y el crimen organizado. Los planes que Garzón presentó a Corcuera eran, lisa y llanamente, la creación de una guardia pretoriana independiente de Interior al más puro estilo KGB o Gestapo, en la que él fuera el máximo responsable. Dicho cuerpo debería funcionar con un mando único, un presupuesto ilimitado y un único confesor: Felipe González. El Litri –como conocían a Corcuera en la intimidad por su pasado de electricista– no necesitó consultar su horóscopo para conocer la carta de navegación que trataba de desplegar Baltasar Garzón. Sabía que darle manga ancha al Mesías sería tanto como darle una tuneladora en medio de un monte plagado de cardos, que es lo que era a fin de cuentas el Partido Socialista. «Yo te doy el dinero de las multas de tráfico y tú te administras como puedas», fue lo máximo que consiguió del titular de la cartera de Interior. Agua de borrajas. Pero el viento cambió de rumbo con la dimisión de Corcuera a finales de 1993. Antoni Asunción, su sustituto en el cargo, vio con buenos ojos el programa de Garzón; pero al juez le duró apenas un suspiro el ensalmo. La fuga de Roldán en abril de 1994 forzó la dimisión de su mecenas, Asunción. Poco antes, sin embargo, firmó como medida profiláctica el decreto que convertía a Garzón en Secretario de Estado de Interior con mando en plaza para coordinar todo el aparato represivo. Felipe González, viéndole las orejas al lobo, dio un giro de timonel fusionando las carteras de Justicia e Interior, colocando al frente de semejante portaviones a su palafrenero Juan Alberto Belloch. Y éste, como era de esperar, no tardó en lanzar a Garzón por el derrocadero. «Me dice Belloch que quiere tu dimisión. La quiere ahora mismo», le expuso lacónicamente Margarita Robles. Jaque mate.

Durante el debate del Estado de la Nación ni siquiera aplaudió la intervención de Felipe González. Su afrenta era toda una declaración de intenciones. Apenas dos semanas después tiraba la toalla. Su mente estaba ya de nuevo en los cajones del Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional. Y dos nombres concretos aparecían como burdos ectoplasmas: José Amedo Fouce y Michel Domínguez Martínez.

II

A cencerros tapados, cuando el Sol ya comienza a caer y los pasillos de la Audiencia Nacional se encuentran vacíos, entraba un coche de la Policía Nacional en el garaje de los juzgados sin ni siquiera identificar a sus ocupantes. Ni el servicio de información de la Audiencia Nacional ni el Juzgado de Vigilancia Penitenciaria de Ocaña tuvieron conocimiento del excarcelamiento relámpago. Michel Domínguez llegaba en son de guerra. Tanto él como el ex subcomisario de Información de Bilbao, José Amedo, llevaban cinco años pudriéndose en prisión de los ciento ocho a los que habían sido condenados. Venía dispuesto a darle un ultimátum al juez que en escasos días abandonaría los juzgados para dar el gran salto a la política de la mano de González. La reunión parecía más un encuentro de borrachuzos acodados en la barra de un bar al cierre de la noche que una declaración. Ni secretaria, ni acusaciones particulares, ni su abogado Manrique, ni fiscal. Solos en la calma chicha del atardecer. Domínguez se decidió por fin a templar las cuerdas de su lira y cantó: «Si el asunto no se lleva esta misma semana al Consejo de Ministros, habrá sorpresas». Le sugirió, además, que tanto él como Amedo poseían pruebas que comprometían a altos cargos del Ministerio del Interior, incluido a José Luis Corcuera. También recordó la manera en la que fueron engañados, cuando su anterior abogado, Gonzalo Casado, les aseguró que Felipe González les tendría preparado el indulto para 1993. En Interior sabían que Amedo y Domínguez eran como un puñado de minas enterradas en el suelo. En cualquier momento podrían estallar armando la de San Quintín. De ahí que, ante el temor a que delataran, incluso planearan esa suerte de fuga circense según la cual debían dejarse barba, hacer gimnasia a diario en el patio y que un furgón los llevara a Portugal para lanzarlos después hasta Costa Rica.

Así las cosas, entre puños sobre la mesa, amenazas y la sombra gris de una familia hecha ciscos, con su mujer recién operada de cáncer y unos hijos que llegarían a cuestionarse un buen día si su padre fue un asesino, le puso una a una todas las cartas sobre la mesa al juez Garzón. Éste, con la sangre corriendo por sus venas a ritmo de tantán ante las revelaciones de Domínguez, le aseguró que se presentaría a las elecciones como número dos del PSOE por Madrid y que sería nombrado ministro, por lo que le sugirió con la calma de un encantador de serpientes que callasen durante una temporada más. Venía a prometerle en ese lenguaje inefable de miradas y gestos que su silencio valía un indulto si seguían sin comprometer al Ejecutivo. Garzón entraba así en política con una bala dorada en el tambor de su pistola que podría disparar si Felipe se atrevía a utilizarlo. Y así fue.

En Mayo de 1994 colgaba las botas, aún lustradas y brillantes tras sus escasos minutos de juego en el campo de la política, y ya en Julio abría la veda de la caza del zorro. Por su mente sólo volaba la idea de la venganza. Y por almudes. Una aciaga tarde de Julio, el bueno de Michel Domínguez hizo fonda en un restaurante al regreso del Santo Sepelio de su padre y por el cual obtuvo un permiso penitenciario. Al salir, se encontró con la cerradura de su coche forzada de una manera limpia. En su interior todo se encontraba en orden. Tan sólo había desaparecido una pequeña libreta en la que anotaba información personal sobre los GAL así como apuntes de sus cuentas corrientes. A los pocos días, aparecía en la redacción de El Mundo un alma seráfica que, casualmente, encontró la libreta en el banco de un parque. El destinatario era Melchor Miralles, aquel que hallara el segundo zulo de los GAL en Col de Corlecou casi diez años atrás. El 25 de octubre, por esos azares de la vida, los astros se alinearon de manera que Garzón se dirigió a Pedro Jota en una providencia: «Requiérase al Sr. Director del periódico El Mundo para que facilite a este Juzgado cualquier dato que obre en su poder publicado o no publicado, siempre que no se quebrante el Secreto profesional en relación a José Amedo y Michel Domínguez y su vinculación con los G.A.L. y su presunta participación en el Secuestro de Segundo Marey»

Al tiempo, el titular del Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional viajaba por su cuenta a Ginebra para revolver junto a sus colegas europeos la posibilidad de ir a tiro hecho e investigar los Fondos del Ministerio del Interior en Suiza a fin de coger con las manos en la masa a Corcuera o Barrionuevo. Logró averiguar que las mujeres de Amedo y Domínguez poseían cuentas abiertas en Suiza a las que llegaban cantidades millonarias desde los fondos reservados del Ministerio del Interior a manos del secretario de Rafael Vera y el Guardia Civil Félix Hernando –quien sería ascendido con los años a General de Brigada de la UCO tras su padrinazgo con el confidente Zouhier antes del atentado del 11-M –. La suma, aproximada a los quinientos millones de pesetas, no había sido tocada aún. El juez propuso a Amedo que sacaran el dinero de modo que sólo implicaran a Interior; pero tanto el ex subcomisario como Domínguez eligieron no rozar una sola peseta de sus favores y silencios. A su regreso, Baltasar Garzón reabría los sumarios por el secuestro de Segundo Marey y los cuatro asesinatos en el restaurante Mon Bar de Bayona. Como hilanderas, iba trenzando poco a poco las fibras que más le convenían para dejar bien atada su cruzada personal. No sólo quedaba claro que se usó el dinero de los fondos reservados para financiar la guerra sucia de los GAL, sino que, según se iba alumbrando, eran muchos los que vieron en ello una mina de oro que ni las del Perú. Por esta razón, sabía que colocándole el horcate en el cuello a Amedo podría tirar de la carreta de Interior dándole la del palo y la zanahoria.

III

José Amedo Fouce, subcomisario de la Brigada de Información del Cuerpo General de Policía de Bilbao durante los años del GAL, era la figura arquetípica, el molde de arcilla del policía chulesco y altanero para el que los fines siempre justifican los medios. De mirada penetrante, rasgos sombríos y pose hierática, podría pasar por una escultura románica tallada en mármol de Rosetta si no fuera por su destreza de movimientos en la noche. Aficionado a los prostíbulos y a los casinos, llegó a gastar hasta nueve millones de pesetas en un solo año apostando al black jack en el Hotel Londres de San Sebastián. Un dinero que le quedaba grande a un simple funcionario de la Policía. Y un dinero con el que se hospedaba en el Hotel Ritz de Lisboa, lugar donde contrataba personalmente los servicios de unos mercenarios de segunda con más ganas de cobrar que de apuntar. Por pura chabacanería o provocación macabra, en su documento de identidad falso no figuraba escrito su nombre auténtico, sino el de Genaro Gallego Galindo.

Con Amedo se toparon las investigaciones a través del hallazgo del segundo zulo en Col de Corlecou, donde hallaron pelucas, armamento correspondiente a una partida exclusiva de la Policía y documentos que vinculaban a los mercenarios con el segundo nivel operativo de los GAL. Así fue que, en Diciembre de 1987, la Audiencia Nacional citaba a declarar por primera vez a José Amedo por su participación en la creación de los Grupos Antiterroristas de Liberación. Meses después, tanto él como Michel Domínguez, un pobre inspector de policía hijo de inmigrantes suizos que se vería en medio del Dédalo tan sólo por hablar francés, pondrían sus pies por vez primera en la Prisión Provincial de Logroño. El nerviosismo se adueñaba de la cúpula del Ministerio del Interior. Ante el temor a que delataran a sus superiores en el organigrama del GAL, pusieron en marcha el famoso plan de las cartas portuguesas. Con él, se trataba de comprar la rectificación de los mercenarios presos en Portugal. Para ello debían declarar por escrito que inculparon bajo presiones a Amedo y Domínguez. Al poco tiempo se demostraría que no fue más que un montaje más propio del cine B que del enorme aparato encargado de controlar los cuerpos de represión del Estado.

Los años pasaban y los dos policías seguían cumpliendo con su papel de cabezas de turco. Viendo que ninguno de los indultos prometidos, ni el de González ni el del Garzón-Político, llegaba, decidieron inflarse el pecho de valor y pinchar el hueso de Interior. En Febrero de 1994, Amedo le enviaba una carta de cinco folios a Juan Alberto Belloch que concluía: «Me consta que de no tener respuesta inmediata en los próximos días, ella [su consorte] junto con la esposa del señor Domínguez, pondrán en conocimiento de Su Majestad el Rey la situación que en esta carta le manifiesto a usted, ampliando circunstancias que indudablemente resultarán desagradables para el Jefe del Estado».

Posteriormente, tanto Amedo como Domínguez consiguieron declarar ante Garzón como testigos protegidos, de modo que optaron por soltarse la correa y contar todo cuanto sabían de los veintisiete asesinatos de los GAL y lo que serpenteaba por las cloacas del Estado. Incluso se encargaron de mantener informados a José María Aznar y a Pedro Jota Ramírez. Todo valía con tal de cubrirse bien las espaldas. Mientras tanto, el CESID husmeaba el aire como un perro de presa en busca de cualquier rastro de Amedo. Los cachorros de Manglano trataron de grabar la entrevista que tuvo lugar en la sede de El Mundo entre el abogado de Amedo y Domínguez, Jorge Manrique, y el que fuera Secretario General del PP, Francisco Álvarez Cascos. Incluso llegaron a vigilar a Manrique desde el piso contiguo al suyo.

Al tiempo, en vísperas de la Navidad de 1994, un terremoto sacudiría las bóvedas de Interior. El juez Garzón sacaba de la madriguera a un buen puñado de zorros para ponerlos esa misma noche entre rejas como aviso a navegantes. El Jefe Superior de Policía de Bilbao, Miguel Planchuelo; el ex Jefe del Mando Antiterrorista, Francisco Álvarez; los agentes de la Brigada de Información de Bilbao, Julio Hierro y Francisco Sainz Oceja; y su primer gran trofeo de caza mayor: Julián Sancristóbal, Gobernador Civil de Vizcaya. Usando a Amedo y Domínguez como correas de transmisión, había conseguido poner en movimiento todas aquellas fuerzas centrífugas que le acercarían al pináculo del Ministerio del Interior, y así, peldaño a peldaño, poder incluso cazar con sus propias manos a su archivillano particular: el Señor Míster X.

IV

Como si de una chica Almodóvar se tratara, el juez Garzón le pasó en su despacho a Amedo el guion que le tocaría interpretar minutos después ante el Fiscal de la Audiencia Nacional aquel 16 de Febrero de 1995. «Señor Amedo, ¿quién le entregó a Julián Sancristóbal el millón de francos franceses para financiar el secuestro de Segundo Marey?», interpeló el Fiscal. A lo que el ex subcomisario respondió con gesto hosco y seco: «Rafael Vera, secretario de Estado de Interior». No hizo falta más. Mate ahogado. Rafael Vera mordía el polvo y pasaba esa misma noche ladrando a la Luna en la prisión de Alcalá Meco.

Mientras, tanto Planchuelo como Sancristóbal pasaban las noches de duermevela entre rejas con una corazonada que les llegaba hasta el tuétano de los huesos del alma. Garzón estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de subir peldaños hasta llegar a Felipe González. Por tanto, sabían de la manera que se las estaba gastando con los alevines del organigrama como Amedo a fin de lanzar el arponazo definitivo que le trajera a Corcuera, Barrionuevo y Belloch. Necesitaba pruebas y no meros indicios. Por la condición de aforados de todos ellos, Garzón debería dejarlo todo perfectamente atado a la hora de inhibirse y pasar el caso a manos del Tribunal Supremo, que sería a quien le correspondería enjuiciarlos en ese caso. Por ello, el que fuera número dos de Felipe por Madrid, jugaba a correr una suerte de Tribunal de los Tumultos condenando a Sancristóbal y compañía más a la crucifixión del remordimiento y la carga de conciencia que a la pena de los barrotes. Sabía que así, tarde o temprano, delatarían a sus superiores al ver cómo éstos se salían de naja.

A Planchuelo la sangre se le volvió pura lava al enterarse que el PSOE había pagado los doscientos millones de pesetas de fianza a Rafael Vera. Quedaba claro que el Gobierno de González había abierto un cortafuegos que separaba a los suyos de los policías. A los unos les salvaría el culo a cualquier precio mientras que a los otros los dejaría marchitarse como una hoja seca. Así las cosas, cargaron sus baterías de cañones y se decidieron a declarar de nuevo contando todo lo que sabían de sus superiores. Una vez más, a Garzón no le fallaron los cálculos de su ábaco. De nuevo sus cajones se convertían en la Caja de Pandora que un buen día abriría.

Tanto Planchuelo como Sancristóbal cantaron con el alma en los labios todo cuanto sabían, al igual que ya hiciera Amedo y Domínguez, alzando sus acusaciones hasta el piso superior de Interior. Incluso declararía el ex Secretario General del Partido Socialista de Euskadi, Ricardo García Damborenea, quien le dijo al juez con esa mordacidad tan suya: «La decisión de una respuesta activa frente a ETA la tomó personalmente el Presidente del Gobierno Felipe González en la primavera de 1983 […] Esto es así de claro y no admite matizaciones. Yo no habría dado aliento político a los Grupos Antiterroristas de Liberación si no hubiese tenido claro, sin la más mínima duda, que González lo quería». Para Garzón, semejantes declaraciones fueron como miel sobre hojuelas. Obtenía así el salvoconducto que le permitiría cruzar la frontera para llegar al Alto Tribunal.

A finales de Julio de 1995, Garzón le remitía al Tribunal Supremo una exposición en la que implicaba a José Barrionuevo, Txiki Benegas, Narcís Serra y Felipe González Márquez. Con esa autosatisfacción de mantis resentida que consigue zamparse a su consorte de un bocado, presentó la acusación de pertenencia a banda armada en grado de fundador que le correspondía a Felipe González. Era el momento de subirse a lomos de su Rocinante para acudir a la Sala Segunda del Tribunal Supremo y pasarle el relevo al Presidente, Fernando de Cotta y Márquez de Prado.

De todos los comienzos posibles, el suyo fue el peor. Sus predicciones de vieja sibila chocaron contra el malecón de los fiscales. Tanto que el Fiscal General del Estado se opuso a la tramitación del sumario de los GAL porque, según su interpretación, «no se dan las condiciones para adoptar la decisión de solicitar el suplicatorio e interrogarle como imputado [a González]». Sí aconsejaron en cambio que pidiesen el suplicatorio al Congreso para interrogar a Barrionuevo. Pero los peñascos se sucedían en el camino. Las irregularidades eran al sumario de Garzón lo que las espinas a las rosas. Repleto de declaraciones sin firmar, tomos sin numerar, pruebas de dudosa legalidad y otras tantas irregularidades, el sumario parecía más bien el trabajo de plástica de un parvulario. Descorchado por completo, terminaron optando por empezar de cero y llamar a declarar nuevamente al rebaño de chivos expiatorios. Todos se mantuvieron ternes en sus posturas. Al rosario de testimonios añadidos al sumario se sumaba el de Eduardo Luengo Garallo, quien fuera Jefe de Seguridad de La Moncloa. Según sus declaraciones, el Jefe de escolta del Presidente le confió un buen día: «Se va a crear una estructura clandestina en el País Vasco español y en el sur de Francia. Felipe González está dispuesto a ir a por todas».

De esta manera, a comienzos de 1996, el Tribunal Supremo dictaba un auto contra José Barrionuevo, ex Ministro del Interior, imputado por un delito de detención ilegal en el caso Segundo Marey. Garzón, como perro rabioso, pataleó bajo su baldaquino al enterarse de la resolución. Y es que José Barrionuevo no había tenido más que pasar por caja y pagar la fianza para seguir disfrutando de la libertad. Días después, tras reunirse con el instructor en casa del Presidente del Alto Tribunal, Fernando de Cotta y Márquez de Prado, el magistrado Eduardo Moner decidía ampliar los delitos a Barrionuevo e imputar además a Felipe González. Les atribuía los delitos de integración en banda armada en grado de dirigentes, detención ilegal y malversación de caudales públicos.

«Indicios y pruebas para incriminar a González existen hasta la náusea. Lo inverosímil, peregrino y fabulatorio para un tribunal es creer que José Barrionuevo, Rafael Vera, Julián Sancristóbal, Francisco Álvarez y Miguel Planchuelo creasen, organizasen, financiasen y coordinasen una banda terrorista sin el conocimiento y el consentimiento de Felipe González», escribió el juez Joaquín Navarro Esteban, que otrora fuera miembro del Partido Socialista Popular. Sin embargo, los vientos soplarían en sentido contrario con la victoria del Partido Popular en Marzo de 1996. El instructor sacaba entonces su botiquín de primeros auxilios, se enfundaba los guantes de látex esterilizados y, aguja en mano, se dispuso a coser chapuceramente las heridas. En un nuevo auto, le endosaba a la Audiencia Nacional los mochuelos de los nidos de la «creación, organización y financiación de los GAL», remitía el caso de los fondos reservados a la justicia ordinaria y le colocaba el mono de trabajo a Garzón para que siguiera instruyendo los asesinatos de dirigentes etarras en Francia.

Las acusaciones particulares, sin salir de su asombro, en un intento desesperado por cruzar el río aun tanteando las piedras, pidieron una serie de careos con José Barrionuevo a fin de conseguir que él mismo se pillara los dedos y comprometiera a González.

Con todo esto, el juez Moner levantaría la alfombra dejando a la luz todo lo que bajo ella se escondía; pero no la del Ministerio del Interior, sino la del Juzgado de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional. «Retuvo siete meses el sumario sobre el secuestro de Segundo Marey para impedir que la causa fuese de inmediato al Supremo. […] Allí las declaraciones no se hacían como aquí. En la Audiencia Nacional nos reuníamos previamente con el juez y pactábamos lo que íbamos a decir y lo que no. […] En mi primera conversación con él, le dije que no iba a comprometer a ningún policía de mi rango. Garzón se encogió de hombros y me dijo: Eso no me importa, lo que yo quiero es tirar para arriba. […] Sí, me amenazó a mí y también a mi mujer [si no decía en cada momento lo que él quería]», fueron algunas de las palabras de Michel Domínguez a Eduardo Moner. El juez Garzón quedaba así al desnudo y poniendo en peligro el procedimiento mismo. De esta manera, se cerraba por fin el sumario pasándole la patata caliente a la Sala Segunda del Tribunal Supremo para su enjuiciamiento. Más de un acusado se pasaría las noches frotando con pasión su lámpara de aceite esperando a que se apareciera el Genio Maravilloso. Lo que no sabían es que, a veces, los milagros suceden.

V

El 22 de Enero de 1995, Rafael Vera mantenía una conversación con un magistrado del Tribunal Constitucional en la cual le confesaba, ruborizado como un infante enamorado, que deseaba un encuentro en su alcoba con José Augusto de Vega para que se hiciera cargo de su caso. Desbordado por la pasión, cayó en los brazos de la fiebre que le producía aquel provecto señor que fuera miembro del CGPJ gracias a los votos socialistas así como candidato propuesto por el PSOE para presidir la Audiencia Nacional. El puño y la rosa los unía como el poder unió a Marco Antonio y Cleopatra. Pero no era el único admirador secreto. No resultaba así casual que la plana mayor del partido descorchara sus botellas aquel Noviembre de 1996 en el que José Augusto de Vega fue nombrado Presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, ocupando el trono de Fernando de Cotta y Márquez de Prado, ya jubilado. El ménage à trois estaba en sus fases preliminares.

«Tras una discusión muy jurídica, muy detallada y muy completa, la sala ha decidido por mayoría de seis votos a cuatro que los aforados no sean citados a declarar», sentenció de Vega ante los medios en la madrugada del 6 de Noviembre de 1996 en la que se reunieron para determinar si Felipe González debería comparecer como imputado.

La resolución del Supremo les daba alas a las rapaces de Interior. Según la misma, las declaraciones de Sancristóbal eran «una mera suposición» y las de Damborenea unas afirmaciones «carentes de corrobación objetiva». Además, la guerra sucia del ojo por ojo era para el Supremo «una infracción del orden social» que debería dirimirse en el Congreso. Argumentó también que para que existiera banda armada se precisaba una estructura y un número de miembros que Amedo y Domínguez no tenían. La resolución, expuesta por Cándido Conde Pumpido, ponía a tender al Sol la famosa y ridícula teoría de la estigmatización, según la cual se sustraía que citar a una persona como imputada ante indicios de comisión de delito podría manchar la respetabilísima honorabilidad del César, algo que no casaba muy bien con la estética cortijera del Partido, donde los señoritos habrían de mantener intacta su aura providencial. Cuatro magistrados se levantaron en armas ante la teoría en cuestión, entre ellos Roberto García-Calvo, para quienes inculpar no presuponía indicios de responsabilidad penal, sino que incrementaría las garantías de defensa del declarante, otorgándole una mayor transparencia a los representantes políticos. Con todo, la Sala Segunda del Tribunal Supremo echaba la llave a la posibilidad de pedir los suplicatorios para llamar a declarar a Serra, Benegas y a Felipe González. Con estos mimbres, la resolución tomaba los perfiles de la sentencia misma.

En junio de 1998 se producía la vista oral en la que Felipe González se personaba como testigo de Barrionuevo y no como imputado. Tras ella, José Barrionuevo y Rafael Vera serían asaetados públicamente y condenados a trece y diez años de prisión respectivamente. Garzón, escarnecido y humillado nuevamente por González, necesitaba, como el cachorro la leche, la manera de llegar al segundo asalto en el que apalear los riñones del Presidente.

VI

El 22 de Noviembre de 1999, con la ropa aún mojada por el chaparrón de hostias que le cayera años atrás a manos del Supremo y el chamizo de paja y adobe rodando por el suelo, Garzón no era más que un alma en pena y aherrojada. Así que, aprovechando la debilidad de sus horas más bajas, no dudaron en zarandearlo como al niño chivato en el colegio. La Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional le devolvía envuelto en papel de regalo el sumario con el que intentaba cazar por segunda vez a Felipe González.

«No es lógico que, con los mismos argumentos, vuelva a implicar a Felipe González en los GAL por segunda vez», dijo el Fiscal Ignacio Gordillo. Y es que Garzón se lanzó a la yugular con un sumario que, en esencia, era un reflejo del anterior. Además, una vez más, había caído en el charco de las irregularidades. El principio de la «cosa juzgada» impedía que el ex Presidente fuera procesado por la Audiencia a no ser que se presentaran pruebas e indicios sustancialmente distintos. Con la desclasificación de los papeles del CESID a comienzos de 1997, creyó encontrar el cepo perfecto con el que González tropezaría en cualquier momento.

Cuando el Jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales del CESID, Juan Alberto Perote, abandonó el centro de inteligencia, desplegó sus redes de arrastre y arrasó con todo lo que pudo. Antes de poner sus pies en la calle, el espía hizo copias a las microfichas donde quedaba en negro sobre blanco toda la información disponible acerca de los GAL, escondiendo en sus alforjas más de mil doscientos documentos clasificados, así como la famosa cintoteca. Sabía que desde ese momento caminaría con los pies desnudos sobre el filo de la navaja. No importaba. Removería cielo, tierra y archiveros con tal de implicar a los auténticos pastores de los GAL. Ver cómo sus amigos Sancristóbal y Francisco Álvarez se consumían en una celda mientras sus superiores se escondían bajo la mesa le encendió las luces de emergencia de las entrañas. Sabía, además, que el CESID montó bases clandestinas en Burdeos, Bayona y Hendaya y que le pasaba información a los mercenarios.

Con la filtración de algunos de los pinchazos telefónicos al diario El Mundo, Perote sería condenado a prisión por los tribunales militares. Pero llevaría consigo la Piedra de Rosetta de los GAL: las microfichas y documentos que supondrían el acta fundacional de los GAL, y los cuales implicaban a Narcís Serra, Alonso Manglano y Felipe González.

En ese momento, Baltasar Garzón agarró sus varillas de zahorí y se dispuso a remover la escombrera del CESID a fin de encontrar, esta vez sí, la forma de cazar a González. Antes de la desclasificación de los documentos, Garzón ya los había rastreado extraoficialmente, al igual que se había encargado de interrogar al que fuera casero del CESID, el General Manglano. Lo tenía todo más que atado. Había creado pruebas que vinculaban directamente a Manglano y González con la dirección de los GAL, a raíz del cuerpo de escritura que sustrajo de su encuentro con Manglano y que añadiría al sumario para ser cotejado con otros escritos del General.

El 18 de Noviembre de 1999, enviaba el escrito a la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Los vientos comenzaron a soplar fuertes y helados, como una galerna salvaje. Cuatro días después, la Sala de lo Penal le daba la espalda. Oliendo que el juez convirtió la cacería de González en algo personal, y con ese tufillo de venganza irreconciliable que desprendía, bloquearon toda posibilidad de hacer caer al que, a la luz de las declaraciones de sus inferiores así como los distintos documentos, fuera director de orquesta de la época más negra de nuestra democracia; esa en la que quienes tenían la obligación de salvaguardar los derechos de los ciudadanos y perseguir el crimen con las herramientas del Estado, se decidieron por trazar una bisectriz entre la Democracia y la Tiranía, enfundándose sus capuchas de verdugos y aplicando el ojo por ojo.

Felipe González Márquez pasaría el resto de sus días en la más absoluta impunidad, demostrando que las ratas, a veces, son más rápidas que el felino.

VII

Como el león que ruge levemente mientras duerme para aparentar que sigue en alerta, hablaba Felipe González para El País el pasado 7 de Noviembre. En sus declaraciones venía a sostener con esa autosuficiencia tan suya que podría haber machacado a la cúpula de ETA con el almirez de la guerra sucia; pero no lo hizo. Estaría en condiciones de competir así en beatitud con el mismísimo San Agustín, demostrando que pudo pero no quiso. Aunque los hechos tomaran perfiles distintos tras los asesinatos de dirigentes etarras como Txapela o Arenaza, así como Santiago Brouard, líder del brazo político de ETA, HASI. Por una de esas macabras casualidades de esta vida nuestra, tuvo que ser el Día de la Constitución en los pasillos del Congreso de los Diputados cuando Felipe González le increpó a Pedro J. Ramírez aquel 7 de Diciembre de 1987: «Lo que estáis publicando sobre los GAL es terrible, y si quieres que te diga esto por escrito, te lo diré por escrito. Lo único que tengo que negociar con ETA es que si ellos dejan de matarnos a nosotros, nosotros dejaremos de matarlos a ellos».

En este punto, chocan los deseos con la realidad como dos piedras de sílex. Ahora que es el momento de negociaciones en la sombra y trapisondas de cortijo, se hace más necesario que nunca conocer nuestra Historia más reciente a fin de no caer en el saco de la manipulación. Una época en la que los paladines de la democracia se pasaban por el Arco del Triunfo los derechos y garantías más elementales y donde el poder judicial se metía las evidencias allí por donde nunca sale el Sol. El bueno de González se fue de rositas, pero es obligado remarcar con trazo grueso que mientras daba protección a los suyos, dos policías al servicio de sus inferiores en el escalafón serían condenados a pudrirse en la cárcel durante ciento ocho años con muchos menos indicios de responsabilidad de los que gozaba el Corleone sevillano. Más de treinta atentados. Veintisiete asesinatos, varios de ellos con víctimas inocentes. Tan sólo tres de ellos fueron aclarados. Esta es la otra Memoria Histórica. Olvidar es tanto como perdonar. Es el momento de recordar. De lo contrario, todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

domingo, 31 de octubre de 2010

¡REMEDIOS VENDO QUE PARA MI NO TENGO!


Se fue por la escalera de incendios y con el alma agujereada como un queso de Gruyère. Choi Yoon-Hee, conocida en su país por sus más de veinte libros escritos sobre la felicidad y la esperanza, además de múltiples apariciones en televisión, se suicidó hace apenas unas semanas a los sesenta y tres años de edad. Su muerte linda entre lo aleatorio y lo previsto; entre lo arbitrario y lo causal. La Sacerdotisa de la Felicidad –como bautizaron a la buena de Choi– no supo agarrar por las solapas a la depresión con la misma fuerza que pregonaba en su apolillada Tabla de los Mandamientos de la Autoayuda. Su muerte encierra ese leve vientecillo frío de justicia poética. El alguacil alguacilado. En una carta de despedida, reconoció que sus padecimientos pulmonares y cardiacos le hicieron descender al sótano de las oscuridades del alma para nunca más regresar. De nada sirvieron sus propias lecciones. El dolor y la muerte que a todos nos igualan. Peaje y paso obligado de las Termópilas. En su epitafio cabría escribir a modo de inocente colleja: «¡Remedios vendo que para mí no tengo!»

Y es que si hay algo que manejan con manos de alfarero todos estos vendedores de cantos de sirena son los números. Los de la cantidad de libros vendidos en el mercado de la mal llamada autoayuda, claro está. Esa que predica con la inapelabilidad de un oráculo chino que la fe mueve montañas; que te levantes dos veces por cada talegazo que pegues; que riegues con mimo de madre primeriza los parterres del pensamiento positivo para acabar con tu enfermedad… Mantras y consignas repetidas hasta la nausea que descansan sobre los anaqueles de las librerías aguardando a que un pobre y lastimero corderito mueso se lance sobre ellas en busca de un poco de árnica para las heridas del alma. Y ocurre que a veces no sólo son del alma. Extendido el positivismo desaforado como una mancha de aceite, se cuela incluso entre los finos y lentos arroyos de la ciencia médica. Con el mundo de la pseudociencia en ciernes y el orientalismo ramplón mordiendo conciencias, no resulta extraño que hasta por las hendiduras de la puerta del despacho del oncólogo se cuele el humo de incienso que ventean los turiferarios de la peste New Age.

El cáncer, como bien escribiera el ensayista británico Christopher Hitchens en un artículo para Vannity Fair en el que detallaba su descenso al infierno de los moribundos, ya no se trata de una desgarradora enfermedad, sino de un pulso. «Incluso está en los obituarios de los que perdieron la lucha, como si uno pudiera razonablemente decir de alguien que ha muerto después de una valiente y larga lucha contra la mortalidad». Puro travestismo de la corrección política. Olvidamos así que la espada corta por igual en ambos sentidos. Tan nocivo es el exceso de pensamientos negativos como el de un optimismo alejado de la realidad. Así, entre las fases de negación, ira y aceptación que acompañan la enfermedad, parecen querer calzar a la fuerza una etapa inquebrantable de guerra y pensamiento positivo. Todo ello visto desde la barrera. Y así, a toro pasado, que todos terminemos corriendo una suerte de Manolete. Las cosas cambian cuando el morlaco se cuela por la puerta trasera de casa. «Déjenme informarles, sin embargo, que cuando uno está sentado en una habitación con otros finalistas, y gente amable trae una bolsa transparente de veneno y la enchufa en tu brazo, y uno lee o no un libro mientras el veneno se introduce en tu organismo, la imagen del ardoroso soldado o del revolucionario es la última que aparece. Uno se siente hundido en la pasividad, se disuelve en la impotencia como un terrón de azúcar en el agua», añade Hitchens. Negar el dolor y la desgracia es negar la propia naturaleza humana. Y por tanto, glasearlo con un positivismo casi infantil linda pared con pared con el farragoso mundo de lo obsceno. Una cosa son las plumas de pavo real frente a los pequeños problemas del día a día y otra muy distinta es pavonearse con la insolencia del niño a quien le sale barba frente a los demonios y trasgos de la enfermedad. La periodista Milagros Pérez Oliva metió hace tiempo el dedo en la llaga preguntando al oncólogo José Ramón Germá: «Se está repitiendo tanto que la actitud frente al cáncer es crucial, que muchos enfermos, cuando se sienten deprimidos, cansados o desanimados, además de sentirse mal, encima se sienten culpables de no ser suficientemente optimistas, de no tener más ánimos. ¿Alguien puede asegurar que el estado de ánimo está separado de lo que ocurre en el organismo? ¿No podría ser una manifestación más del proceso biológico? ¿No le parece injusto ese mensaje para los que no pueden hacer nada por dejar de estar deprimidos?» A lo que el oncólogo que jugaba a ser San Pantaleón respondió: «Honestamente, he de decir que no había pensado en ello […] Desde luego, al oncólogo le va mejor que el paciente tenga una actitud positiva»

Vamos, que a la niñera le conviene que el bebé cagón deje de patalear y llorar no porque sea mejor para sus evacuaciones, sino porque así mantendrá sus preciosos dedos alabastrinos limpios y perfumados. La genealogía de toda esta nueva psicoterapia aplicada al cáncer la saca a colación con minuciosidad de relojero el psicólogo Gustavo Pérez Domínguez. «Respecto al caso concreto de la psicoterapia y su supuesto efecto médico, hace más de 20 años se asume por el público general y a veces por algunos oncólogos la supuesta eficacia de la misma para alargar la expectativa de vida. Los dos grandes iconos de esta tendencia son los estudios de Spiegel et al (1989) y de Fawzy et al (1993). Coyne et al, (Psychotherapy and Survival in Cancer: The Conflict Between Hope and Evidence) denunciaron las carencias metodológicas (muestras pequeñas, selección inadecuada de pacientes), los errores de interpretación estadística y, finalmente, atribuyeron el beneficio del grupo psicoterapéutico a tasas anormalmente negativas de evolución del cáncer en los grupos control (adicionalmente recogían varios metanálisis que no hallaban efecto médico alguno)» Botox y silicona contra el paso de los años. Cal blanca para las humedades. ¿Conviene confundir la realidad con el deseo? La mera voluntad es a la salud lo que la gestualidad a la economía. Humo de paja. La diferencia estriba en que los deseos apoyados única y exclusivamente en la sugestión mental pueden llegar a chocar con la afilada bayoneta de la realidad. El hecho mismo de barnizar al paciente con el tierno romanticismo de la batalla y la lucha mientras la enfermedad avanza a matacaballo no es sólo tramposo, sino altamente perjudicial. Podemos encontrarnos con un escenario donde el paciente, incapaz de afrontar la pelea dado el deterioro físico y emocional, opte por la culpa y la autodestrucción. «El planteamiento la-mente-es-la-leche puede ser ineficaz respecto a la progresión de la enfermedad, pero aun considerándolo un placebo bienintencionado, ¿qué mal hay en potenciar una creencia positiva? Pues que tiene un reverso negativo: la persona que cree que mantener un estado de ánimo óptimo o visualizar células tumorales en autodestrucción puede influir directamente en la progresión de su cáncer, muy probablemente asuma que no hacerlo (tener un día de mierda y no querer luchar o sentirse exhausto, rabioso y desmotivado a hacer la técnica) la lleva en el camino contrario: sentir que provoca su propia destrucción, hacia la culpa en suma, sin contar el efecto dominó en los allegados. Es decir: los significados también tienen su propia iatrogenia», concluía el psicólogo.

Pero como el Diablo nunca camina sólo en la noche, aun caben mayores perversiones. Alrededor de la cama del hospital se apiñan en macabro aquelarre todos aquellos espíritus malevos que dejan como fiesta menor a la Noche de Walpurgis en la cima del Monte Blocksberg. Los hay de todas formas y colores. Sanadores que aseguran curar el cáncer con sus propias manos; Venus esteatopígicas practicantes de la ayurveda; aguas milagrosas y raw food; Apóstoles del Reiki redirigiendo energías inteligentes; Essiac, flores de Bach, sonidos mágicos… Todo un mercado de abasto de charlatanería. Mientras tanto, el Instituto Nacional del Cancer de los Estados Unidos, con un presupuesto de cuatro mil ochocientos millones de dólares y como dependencia principal del mundo en la investigación del cáncer, jugando al ratón y al gato con una enfermedad que, al parecer, no necesita más que buenos pensamientos y unas manos bien colocadas para su sanación. Con la tranquilidad del que recoge la cartera del suelo al pobre abuelito para entregársela con una sonrisa de Mona Lisa al tiempo que se guarda en el bolsillo el pobre montante, prometen una sanación –previo paso por caja– que no llega. Miles de científicos en el mundo se devanan las entrañas del alma buscando la solución final al problema del cáncer refutando una y mil veces hipótesis que no terminan de dar respuestas, mientras otros tantos cantamañanas se dejan las preguntas para el entierro sentenciando con insobornable suficiencia tener en sus manos el deseado extintor que acabe con las llamas del infierno de la enfermedad.

Volviendo a las frías sábanas del hospital, entre engaños y medias verdades se suceden las palmaditas en la espalda, los punzones escribiendo planes de futuro en la tabula rasa del mañana, las sonrisas enmohecidas, los deseos y voluntades plastificados. Y «el humor tonto y repetitivo» del que habla Hitchens, siempre recubierto de ese burdo patetismo que se le dispensa al benjamín griposo. Hasta que llegan la resignación y el contrato. «La negociación oncológica es que, a cambio de al menos la oportunidad de unos pocos años útiles, uno accede a someterse a la quimioterapia y después, si tiene suerte con eso, la radiación o incluso la cirugía. Así que éste es el trato: usted se queda un tiempo más, pero a cambio vamos a pedirle unas cosas. Estas cosas pueden incluir tus papilas gustativas, tu capacidad de concentración, tu capacidad de digerir y el pelo de tu cabeza. Parece un intercambio razonable». Pero también asoma, de tapadillo y a contrapelo, el desafío da la Guadaña, siempre tan crudo y alejado del romanticismo de la lucha. De igual que el animal herido de muerte se entrega a la derrota y al abandono hasta perecer en soledad bajo la sombra de una acacia, no queda más lucha que la resistencia pasiva. O lo que es lo mismo, la pura resignación y el «que Dios mande».

El Siglo XXI quedará marcado en la ruleta de la historia científica como el siglo de los avances en el estudio de la genética y, sobre todo, de la neurociencia. En el primero parecen perfilarse los contornos de un ser humano mucho más previsible y parcelado de lo que podríamos suponer. Tal es el caso del mismo dolor, pues según distintos estudios de la Harvard Medical School publicados en Nature Medicine así como los llevados a cabo por la Fundación Günenthal, «heredamos el punto hasta en que sentimos dolor», lo cual demuestra, con los datos en la mano, que la capacidad de soportar y sufrir distintas dolencias la traemos envuelta en papel de regalo desde nuestro nacimiento. De igual ocurre en el huerto de la neurociencia, cuyos avances demuestran que los tomates demasiado verdes o picados de nuestra compleja psicología no son más que el fruto de desequilibrios químicos. Toda una coctelera donde el exceso o defecto de garrafón, de aromas y distintas especias determinan incluso nuestra capacidad de relacionarnos o afrontar las adversidades, lo que deja en el cementerio de elefantes a la propia psicoterapéutica.

Con estos mimbres, resulta casi ofensivo que, marcados con la calza en la patita de la cuna a la tumba, nos imbuyan los sacristanes de la parroquia de lo correcto con los sucios mandamientos del onanismo optimista. Como dijera Milagros Pérez Oliva, detrás de tanto buenismo se encierra una de las mayores trampas e injusticias de la corrección política; esa que nos obliga a enfrentarnos sin temor «a Lestrigones y a Cíclopes, o al airado Poseidón» aun llegando al mundo desnudos, sin espadas y sin redaños suficientes para tal empresa. Es por ello que sean los predicadores del positivismo de charol los primeros en saltar del barco junto a las ratas cuando los mástiles comienzan a arder, como hiciera la buena de Choi Yoon-Hee. Otros tantos como Hitchens acabarán amaneciendo un buen día con el eco bordoneo de ese pasaje de Los Miserables que susurraba: «Soñé que mi vida sería / Tan diferente de este infierno en el que vivo / Tan diferente ahora de lo que parecía / Ahora la vida ha matado el sueño que soñé». Las trampas se pagan, incluso en la timba de los hospitales.