domingo, 26 de septiembre de 2010

AFRICA


Dambisa Moyo es lo que suele llamarse una rara avis. Nació en Zambia, no hace tantos años como su trayectoria profesional pareciera insinuar. Doctorada en Económicas por la Universidad de Oxford, posee además la corona de laureles del Máster en Desarrollo Internacional por la Universidad de Harvard. Es también licenciada en Química por la Universidad de Washington D.C, donde engordaría su currículum al mismo tiempo con un Máster en Dirección Empresarial. A sus cuarenta años, ha hecho carrera como consultora en el Banco Mundial, entre otras instituciones de alto coturno. Colaboradora habitual del Financial Times y The Economist, ha sido engalanada como una de las cien personas más influyentes del Planeta Tierra. Al margen de semejante pertrecho académico y personal, la economista del ébano es autora de una de las diez obras más vendidas en los Estados Unidos: Dead Aid (El fin de la ayuda). Con ella encontraría el punto de ignición definitivo con el que prender los yermos arrozales de la corrección política y el tercermundismo. La obra es en sí una declaración de intenciones, un toque de espuelas a los caballos que galopan quemando herraduras hacia el abismo junto a quienes ella misma llama los cuatro jinetes del Apocalipsis africano: la guerra, la enfermedad, la pobreza y la corrupción. Y es que esta economista africana lleva años dedicándose en cuerpo y alma a señalar que el Emperador se pasea desnudo con un cinturón de explosivo sobre el pecho a punto de detonar, poniendo en el grave peligro de saltar por los aires a todo el Reino Africano. O lo que de él queda.

La buena de Dambisa repite como un mantra maldito en los distintos artículos y entrevistas que concede cómo los planes de ayuda económica internacionales no es que sean solamente estériles, sino que son además profundamente dañinos. Un cáncer en plena metástasis, una peste negra corriendo a matacaballo por las arterias y vías de África, barriendo todo lo que encuentra a su paso. Y así, prendiendo la pólvora de los datos y los números, convierte en blanco de sus fuertes críticas a las ayudas exteriores con las que los distintos gobiernos occidentales tratan de pasar el peine desde Cabo Blanco a Cabo de las Agujas. Se refiere a los 50.000 millones de dólares que llegan anualmente al continente africano; o lo que es lo mismo: un trillón de dólares en los últimos sesenta años. Unas cantidades que, aun causando vértigo, caen en saco roto año tras año, como cae al mar la mercancía del bergantín herido de muerte.

Son muchos los países y organizaciones que se postran de hinojos frente al Grifo de Oro de los Estados Unidos y el Banco Mundial suplicando un Plan Marshall para África, como es el caso de la Organización de la Unidad Africana. Ignoran entre lamentos y letanías que las ayudas recibidas por el continente africano desde el inicio de su lento proceso de descolonización equivalen a tres planes Marshall, como señalara Revel en su ensayo La obsesión antiamericana. Además, si pasamos los números por el tamiz, veremos que entre 1960 y 2000, los países africanos recibieron cuatro veces más créditos que América Latina o Asia. Unos préstamos concedidos en condiciones sumamente ventajosas y muy a largo a plazo. Y unos préstamos que, con todo, terminan siendo perdonados con el tiempo a los distintos gobiernos africanos.

Con todo, siempre hay a quien le parece poco. Pudimos comprobarlo en la pasada Cumbre de las Naciones Unidas en Nueva York. Obama, en su condición de Mago Berlín, anunció la puesta en marcha de un Plan Global de Desarrollo que, como el Bálsamo de Fierabrás, acabará con el reumatismo agudo que mantiene postrada en la cama a la criatura africana. Pero como no hay Quijote sin escudero, no tardaron en abrirse paso los buenos de Sarkozy y Zapatero, apostando por la aplicación de la Tasa Tobin con la que gravar las transacciones financieras internacionales con objeto de erradicar la pobreza y el hambre. Y a repetir ruegos y canticos sagrados, como si de un molinillo de oración tibetano se tratara. Sin embargo, el propio James Tobin debe hallarse sorprendido bajo tierra con el asombro de aquel que paga con un billete azul y le devuelven uno rojo. Y es que el economista, en una entrevista publicada en Der Spiegel hace años, no sólo se mostró claramente molesto por la veneración rendida por los antiglobalización, sino que, además, llegó a lamentarse profundamente por la manera en que fue instrumentalizada su criatura. Su teoría, desarrollada en los años setenta, fue rescatada del oscuro sótano donde descansaba para ser reutilizada como hacha de guerra a día de hoy, un hecho que, según palabras del autor, le pareció algo totalmente «anacrónico», pues el mundo ha cambiado demasiado como para poder zamparse la Tasa Tobin sin sufrir un corte de digestión. Carne podrida. Y lo dice el propio matadero. El grupo de arqueólogos encargado de desenterrar la Tasa Tobin y ponerla al servicio de la causa antiglobalización fue el colectivo ATTAC, capitaneado por el director de Le Monde Diplomatique, I. Ramonet, y en el que militan, entre otros destacados brigadieres, Carlos Jiménez Villarejo y Noam Chomsky. Un colectivo con el que el Premio Nobel de Economía, Tobin, no quiso tener ningún acercamiento en vida, hasta el punto de rechazar un encuentro en Paris con miles de enfervorecidos defensores de unas posiciones «bien intencionadas pero mal pensadas». Una confrontación que puede ser algo más que zanjada con su rotundo: «Mire usted, soy economista, y, como la mayoría de los economistas, partidario del libre comercio. Además, estoy a favor del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio. Abusan de mi nombre».

Y es que la Tasa Tobin, como todo tipo de inyecciones artificiales, entre otros muchos efectos secundarios descritos en el prospecto, generaría una gran inflación, pues un violín no soporta más de cuatro cuerdas. Es el caso, por ejemplo, de Zimbabue, con una hiperinflación que ha llegado a alcanzar el 250.000.000%, y donde el Gobierno imprime billetes de hasta 100 billones de dólares. Para hacerse una idea, en Zimbabue los precios se duplican cada veinticinco horas. Nada nuevo bajo el Sol, por otra parte, pues viene siendo práctica habitual entre los distintos gobiernos africanos el utilizar los fondos de ayuda externa para imprimir dinero. Con ello, resulta evidente que los programas de ayuda exterior tengan la misma eficacia a la hora de trasladar la riqueza que la sola idea de querer hacer un trasvase de agua con las propias manos. Por lógica al cuadrado, la inmensa mayoría del agua se escapara entre los dedos. Según Dambisa Moyo, solamente las ayudas del Banco Mundial han corrompido 100.000 millones de dólares al perderse por el camino en busca del amanecer africano. A pesar de ello, los gobiernos occidentales siguen cargando con el delito de la complicidad aun sin darse cuenta de ello al contar con el beneplácito de sus conciencias. Nada peor que un Pepito Grillo saciado de bondades. Pensar que con la sola idea del bien acabarán con el problema como si fueran auténticos taumaturgos, no es sólo primitivo, sino además, destructivo e infantil. Máxime cuando se trata de leche vieja en botella nueva.

No pensemos que toda esta legión de alfareros creadores viene de nuevas. Todo lo contrario. Como salidos de una de esas cámaras de criogenización que conservan los cuerpos a cientos de grados bajo cero, resurgen los apóstoles del desarrollo. Ya en los años 50, con la resaca de la Segunda Guerra Mundial, una plaga de economistas bienintencionados trató de poner en pie a una África recién destetada de su madre imperial, aun adocenando la propia ciencia económica. Así, economistas de la talla de Hirschman o Arthur Lewis hicieron de la causa tercermundista su propia cruzada. Sus vidas reflejaban lo que el mismo Hirschman denominó los «calamitosos descarrilamientos de la Historia». Era la generación que vivió y sufrió la Guerra y, por ello quizás, terminaron cambiando la compleja ortodoxia de la economía por los merengosos dictados del corazón. Todo un gazpacho de desmanes. Creyendo que la economía se crea o destruye según soplen los vientos de la voluntad, tuvieron su primer descalabro con la India de Nehru. El cientifismo hiperracionalista con el que se diseñaron los planes de desarrollo como si de meras ecuaciones matemáticas se tratara no hizo cosa mayor sino ensanchar la brecha aun sangrante. Asistieron al macabro espectáculo de una descolonización que terminó favoreciendo la creación de más pobreza y mayores desigualdades. Fueron, además, comadronas en el nacimiento del Banco Mundial para la Reconstrucción y el Desarrollo. Reconstrucción de Europa y Desarrollo de África. Un desarrollo que se vería truncado una y otra vez debido a la connivencia de los gobiernos occidentales con los dictadores africanos que agarraron el cetro de sus distintos países.

Anverso y reverso de la misma mano. Cara y cruz de idéntica moneda. Ayer, como hoy, la ayuda directa a los máximos mandatarios de los países africanos no consigue otra cosa que crear una situación de dependencia absoluta del exterior. Mientras el dinero siga cayendo del cielo como Maná celestial, los distintos gobiernos africanos no hallarán más incentivo que el de seguir pidiendo mayores esfuerzos a occidente. Según la propia Moyo, quien conoce África de la cruz a la bola, dos ideas elementales se sustraen de todo este modelo de ayudas. La primera, que la ayuda directa de gobierno a gobierno no tiene capacidad para generar puestos de trabajo reales. Y en segundo lugar, que los africanos quieren exactamente lo mismo que los occidentales. La empresa es el corazón de una sociedad y el trabajador la sangre que riega un país. Mientras no se den las condiciones favorables para la creación de empresas y la entrada de capital extranjero, los mercados quedan paralizados o son inexistentes. Por ello, la solución pasa por la creación de gobiernos transparentes y un sistema jurídico independiente que garantice el derecho a la propiedad privada. El Profesor Huerta de Soto, quien transpira la rigurosidad de un taxidermista y la locura de un poeta, escribió un artículo pragmático y bello al mismo tiempo para la revista TIME en el que subrayaba la indisolubilidad del Imperio de la Ley y el desarrollo de la riqueza de un país. Cuenta cómo el Gobierno de Indonesia lo invitó como asesor para realizar un trabajo de localización de los activos del sector extralegal, en el que vivía el 90% de la población. Paseando por los arrozales de Bali, se percató de que al entrar en una propiedad distinta le ladraba un perro diferente. Entonces, dijo a sus acompañantes con esa inapelabilidad de oráculo chino que posee: «Aprendan por escuchar los ladridos de los perros» Y es que los chuchos, aun sin conciencia de la propiedad, conocían perfectamente los limites de los activos económicos de sus dueños –los arrozales en este caso–. Es ese el primer paso para crear una sociedad de propietarios. La casa no ha de ser casa por ser refugio, de igual que los activos económicos no han de estar delimitados por los ladridos de un perro. Son los títulos de propiedad garantizados por un sistema jurídico transparente los que permiten el salto del taparrabo y la aldea a la civilización y el pantalón vaquero.

A pesar de las evidencias, no son más que mensajes en una botella arrojada al mar de la sordera, señales de humo indescifrables para una claque política que sale del atolladero como buenamente puede tirando de corazón y no de razones. Optan por agarrarse a sus propios espejismos quijotescos con los que dibujar un mundo mucho más justo sin mayor esfuerzo que el de la voluntad política. Tartarín de Tarascón haciendo kilómetros en balde. Y no caminan solos en este viaje. La crítica al modelo de ayudas le ha supuesto a Dambisa Moyo todo tipo de ataques y cacerías por parte de las ONG. Son estas organizaciones quienes, al alimón, realizan el trabajo sucio de Cirineo de los gobiernos occidentales arrojando sobre los surcos de tierra arriscada de África las semillas de la pobreza y la corrupción. Según la economista ni siquiera le sorprende, pues le parece bastante lógico que se deshagan en críticas sobre su persona aquellos que han hecho de la causa tercermundista su propio trabajo y modo de vida. No tienen más. Es por ello que, con todo, resulte cómico que sean las propias ONG las primeras en evadir cualquier tipo de debate serio sobre el problema de la pobreza y el hambre en el continente africano. Incluso no dudan en mirar para otro lado en cuanto crecen las flores silvestres entre tanta tierra quemada. Es el caso de los famosos Tigres Asiáticos –Singapur, Malasia e Indonesia– quienes poco a poco levantan el vuelo tras décadas de inmovilidad, al igual que una Corea del Sur convertida en paradigma del desarrollo para todo aquel que tenga ojos en la cara: un país que en los años 50 quedó completamente calcinado y destruido tras la Guerra con Corea del Norte, encontrándose entre los más pobres del mundo con un PIB Per Cápita que no superó los 100 dólares hasta 1963 y que hoy se halla en primera línea de batalla. De ahí que el Profesor Ezra Voguel, experto en asuntos asiáticos y uno de los instructores del verdadero salto de Deng Xiaoping, llegara a decir: «Corea del Sur no tiene parangón ni siquiera en Japón, con respecto a la rapidez con que pasó de no tener, prácticamente, tecnología industrial, a ocupar un sitio entre las naciones más industrializadas del mundo. Ninguna nación ha ido con tanta rapidez, yendo del artesanado a la industria pesada, de la pobreza a la prosperidad, de líderes sin experiencia a modernos planificadores, directivos e ingenieros».

Pero lo más llamativo es cómo en la misma África se está alumbrando uno de los mayores milagros gracias a la libertad económica y no a los programas de ayuda directa: Botswana. Un país que, desde 1968 mantiene una tasa de crecimiento del 7% y que disfruta de unos índices de libertad económica perfectamente homologables a los países occidentales. Sin ir más lejos, Botswana figura en el puesto número 28 en el ranking mundial de libertad económica, por encima de España, Noruega o Republica Checa, entre otros. La prueba del algodón definitiva de cómo los programas de ayuda al desarrollo no cumplen la función que se les asigna sobre el papel y cómo, en cambio, una política económica que incentiva la creación empresarial y el derecho a la propiedad privada termina convirtiéndose en la auténtica madera que alimenta las calderas del tren del progreso y la prosperidad. Pero la hipocresía y el cinismo se han convertido en las autenticas institutrices de la política africana. Denuncia Dambisa Moyo la manera en que se ha implantado la lógica circular de creer que si no hay ayudas no se saldan las deudas, y sin estas deudas satisfechas África no podrá salir de la pobreza. De esa manera, la ayuda perpetúa todo el ciclo de desmanes y corruptelas; pero, por encima de todo, lo que se perpetúa es la pobreza.

Un cinismo que se vuelve lancinante cuando la Unión Europea bloquea mediante barreras la entrada de productos agrícolas africanos mientras envían miles de millones de modo que, no solamente destrozan la economía exterior de África, sino el propio mercado nacional. Moyo utiliza el ejemplo de las mosquiteras: «En una localidad, una pequeña empresa se dedica a la fabricación de redes ‘anti-mosquito’. Tiene 10 trabajadores, que mantienen a sus familias, un total de, digamos, 150 personas. De repente, una donación extraordinaria del exterior reparte 100.000 redes gratuitamente. ¿Qué sucede? Desaparece la empresa productora local, que no puede competir con las redes gratuitas, así que estas 10 familias pierden sus ingresos. Además, las redes, tras dos años, dejan de ser útiles, pero ya no se pueden volver a comprar, porque la industria desapareció, así que la situación acaba siendo peor que antes de que llegara la ayuda exterior» Viva estampa de lo que ocurre cuando se bloquea un proceso natural de mercado. Bienvenido a África.

Sin embargo, la buena de Dambisa Moyo podrá sentarse en lo alto de una colina a contemplar cómo la mitad de África es devorada por sus propias termitas gracias a las ayudas económicas de los gobiernos occidentales mientras otra mitad se pone en pie y aprende a caminar por sí sola gracias a un modelo económico que los gerifaltes europeos y las ONG desprecian. En este punto, cabría encerrar otro mensaje en una botella con las palabras de Valle Inclán como aviso a navegantes: «Hay honra en ser devorado por los leones, pero ninguna en ser coceado por los asnos». A la economista africana siempre le quedará bracear con la desesperada esperanza del náufrago hasta que su querida África despierte de este cuento de brujas. Y que las ONG y activistas varios den con sus pezuñas donde buenamente puedan...

jueves, 2 de septiembre de 2010

DE CUERNOS Y ESTOQUES


El fin de cada una de las cosas es su naturaleza. Así, de igual que el hombre es por naturaleza un ser social, existen razones para pensar que la naturaleza del animal doméstico es el servicio al hombre. El animal doméstico tiene una naturaleza más refinada que el animal salvaje, en tanto que sirve y obtiene así la seguridad del hombre. No obstante, mientras el buey de labranza alcanza cierta seguridad a cambio de trabajar la tierra del hombre, el reino animal sigue imponiendo su régimen de autoridad de acuerdo a su propia naturaleza. De nada sirve la voluntad del hombre en ese punto del prisma: el macho animal será superior a la hembra. A partir de ahí, que giren los cangilones de la noria, pues indefectiblemente interpretará cada cual su santo guión.

Es por naturaleza, pues, que el hombre tienda a la integración y no a la fragmentación. La ciudad está en el fin del hombre, pues el todo es anterior a las partes, según escribiera un tal Aristóteles en el segundo capítulo de La Política. Así, en su afán integrador consigue el servicio de los animales levantando cada uno de los peldaños que conformen la compleja escalera que nos conduce como seres sociales a la civilización. Sin embargo, ¿nos da esa posición de autoridad razones para agarrar el botafuego y prender la santabárbara del buque cada vez que nos plazca? ¿A partir de qué punto se rompe el equilibrio? ¿Cabe en nuestra propia naturaleza, entendida como el fin mismo, viciar y llenar de vitriolos los distintos estratos sobre los que levantamos nuestra evolución humana?

Así las cosas, se antoja más que caprichoso que el hombre disponga del animal doméstico para fines ajenos al servicio y la alimentación de la prole. Es el caso del toro de lidia. Se escudan los defensores de la Fiesta Nacional bajo el paraguas de la biodiversidad. Sostienen es sus letanías la indisolubilidad de la conservación de la dehesa y el mantenimiento del toro bravo. O sea, se sustrae que nos hallamos irrevocablemente ante el trágico dilema de tener que apostar por las corridas de toros o nuestra biodiversidad se desplomará como lo hace un trenecito de fichas de dominó. Lejos de la importancia del toro en la conservación del ecosistema adehesado, hay que señalar que de los seis millones y medio de hectáreas de dehesa de las que goza España, tan sólo trescientas mil son dedicadas a la cría del toro bravo. Es decir: apenas el cinco por ciento. De acuerdo al Profesor Ruíz Abad, se necesitan del orden de entre una y seis hectáreas por cabeza. Subraya además cómo al exceso de recursos naturales necesarios para su explotación se añade como segundo factor de producción el enorme capital humano requerido, doblegando al previsto para el vacuno de carne en extensivo. Es por ello que la explotación del toro de lidia sea económicamente deficitaria, aun gozando de numerosas subvenciones. No conviene esconder con un ejercicio de prestidigitación que la Fiesta Nacional nos cuesta en materia de subvenciones en torno a los 565 millones de euros aunando las ayudas de las distintas administraciones del Estado y la PAC. Según Isabel Bardají Azcárate, Catedrática de la ETS de Ingenieros Agrónomos de la Universidad Politécnica de Madrid, nos encontramos ante un mercado claramente distorsionado e intervenido, desde los precios o la protección al exterior, pasando por las ayudas directas por hectárea de cultivo o por cabeza de ganado. Todo ello al socaire de un sistema de compensaciones sustraído de las regulaciones de la Agenda 2000, a partir del cual comenzó a tejerse una maraña de primas y concesiones beneficiando notablemente a las explotaciones de vacuno de lidia por su carácter de extensivos y en ciclo cerrado. Con estos mimbres, resulta ser una evidencia palmaria que en base a lo estrictamente económico, desde el punto de vista liberal, el agua donde se cuece la Fiesta Nacional sea, cuanto menos, algo más que turbia y sucia.

Claro que la ignorancia no quita pecado; pero, aun contando con ella, ¿qué andamiaje le queda a la defensa de la tauromaquia? Pase que el ganadero se juegue los cuartos apostando a caballo perdedor en base a su propia libertad. Pase también que la PAC y las distintas Administraciones del Estado abran el grifo de las subvenciones para inundar los parterres y jardines de la socialdemocracia en un ejercicio de hipocresía y centralización obscena. De acuerdo, estamos acostumbrados y damos pulpo por animal de compañía. Podrá argüirse que se trata de una manifestación cultural de enorme raigambre, arte en estado puro y, además, una tradición que nos abandera Pirineos arriba. Lejos de querer banalizar la tauromaquia ni caer en trampas infantiles, huelga señalar que el famoso mingitorio de Duchamps está engalanado con los laureles de una de las obras del siglo. O sea, que arte termina siendo todo aquello que se bautice como arte. Acercándonos en esencia a la tauromaquia, los hay que defienden que el boxeo tiene una genética más artística que deportiva. ¿Dejamos el arte a la sublimidad o podemos pasar por la Pila Bautismal todo aquello cuanto queramos convertir en arte según nuestras impresiones subjetivas? Así, podría añadir que para mí, personalmente, arte puede ser la rectitud, la forma, la cadencia dolorosamente mecánica con la que Michael Johnson –conocido como la Locomotora de Waco por el parecido sobre el tartán– orillaba a sus adversarios en las curvas del cuatrocientos, destrozando de manera insultante las leyes de la física y la propia biomecánica. No cabe duda que es estético y emotivo. De igual el toreo. Nadie en su sano juicio podrá negar la grandeza estética del toreo, e incluso lo poético, como perfecta alegoría del enfrentamiento del hombre a la vida y la muerte en medio de un baile macabro. Eros y Tanatos. Guerra de símbolos. Contemplar la fiereza del toro embistiendo mientras se le escapa la vida gota a gota, la lucha hasta el último estertor, el cruce de miradas, los silencios que se cortan con navajas, convierten la faena en pura épica, coronada con el trágico triunfalismo de la derrota del animal –o del hombre, pues ambos luchan hasta el final: toreros heridos que vuelven al ruedo a finalizar la faena y toros agonizantes que matan toreros–. Contando con ello e incluso rebozándolo en la harina de lo majestuoso, ¿lo convierte necesariamente en Arte?

Otro de los puntos que hace tambalear la línea de flotación de la defensa del toro es su origen. Mucho se ha escrito acerca de la genealogía del toro de lidia actual. Se trata del descendiente más directo del uro, a partir del cual se buscarían distintas modificaciones fisiológicas y temperamentales a fin de convertirlo en un animal idóneo para las corridas de toros. La bravura y acometida natural, la musculatura híper desarrollada, las astas hacia adelante, son todas ellas características buscadas y encontradas. Se puede decir, por tanto, que fue creado a voluntad del hombre para tal fin. Pero, ¿está justificada la tortura del animal en el duelo a vida o muerte por una simple cuestión genética? ¿No nos acerca más a la involución que al refinamiento estético y moral? Es tanto como sostener que las peleas de dobermans debieran permitirse en tanto que es un animal buscado igualmente mediante distintos encastes y modificaciones a fin de acentuar su firmeza y agresividad. Y así, con todos los animales modificados habidos y por haber, pues a fin de cuenta somos los seres humanos quienes tenemos las tornas de alfarero que nos permiten correr una suerte de Dios, alterando la creación misma. Y es ahí, precisamente, alrededor de la creación divina, donde orbita una de las contradicciones más flagrantes e hirientes del mundo de la tauromaquia. Se podrá estar de acuerdo o no con la cuestión de la conservación de la dehesa, de igual que podremos agarrarnos a la razón de la propia génesis del toro bravo para justificar la Fiesta Nacional; pero es el hombre de fe quien menos razones debiera hallar para justificar las corridas de toros, pues sería caer en desconsideración con la relación entre la inmoralidad y el alejamiento de Dios. ¿No es acaso el animal fruto de la creación de Dios? Si la Biblia prohíbe poner bozal al buey que trilla, ¿qué se pensaría de la tortura en la plaza? ¿No enseñó Jesús la preocupación por los animales e incluso la reconciliación con los animales salvajes que representan el pecado? ¿No reza el Libro que "nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte"? No es casual que la Historia esté repleta de execraciones hacia el mundo del toreo. Sólo hay que hurgar un poco.

«En 1565, un concilio en Toledo para el remedio de los abusos del reino, declaró las funciones de toros “muy desagradables a Dios”, y en 1567, el Papa Pío V promulgó la bula De Salutis Gregis Dominici, pidiendo la abolición de las corridas en todos los reinos cristianos, amenazando con la excomunión a quienes las apoyara; En 1585, Sixto V volvió a remarcar la inmoralidad del toreo y su esencia anti-cristiana; Felipe V, por su parte, prohibió las llamadas “fiestas de los cuernos”; En 1778, mediante la Real Orden del 23 de marzo, el Conde de Aranda, ministro del gobierno ilustrado de Carlos III y presidente del Consejo de Castilla, estableció la prohibición de las corridas de toros de muerte en todo el reino; Años más tarde, en 1785, en base a la “pragmática-sanción en fuerza de ley” del 9 de noviembre de 1785, se prohibieron las ultimas excepciones para el toreo; En 1786, con el Decreto del 7 de septiembre de 1786 se consumó la total prohibición de todos los festejos, sin excepciones, incluidas las corridas concedidas con carácter temporal o perpetuo a cualquier organismo; En 1790, otra “Real Provisión de los señores del Consejo”, erradicaba no sólo la versión espectáculo de la recién inventada “corrida moderna”, sino cualquier celebración que tuviera al toro como víctima protagonista, en virtud de la cual se prohibía “por punto general el abuso de correr por las calles novillos y toros que llaman de cuerda, así de día como de noche”; En 1805, Carlos IV firmó el Real decreto de Carlos IV, con el que se producía la abolición de las corridas de toros en España y sus territorios de ultramar»

Con estas cartas sobre el tapete, cabría pensar que el retorno del toreo, más que la conservación de una tradición, es una involución, una manifestación residual y atávica de lo que otrora fuera mera fiesta popular ya barrida en su día. No es precisamente azaroso que su segundo alumbramiento tuviera lugar con Felipe VII, primero, y Felipe González, más tardíamente, haciendo el papel de matronas advenedizas. Mientras el Rey Felón se merendaba a La Pepa y encendía de nuevo la pólvora de la Inquisición, brindaba tardes de circo a sus corderitos muesos con la regeneración del toreo; de igual que fuera con Felipe González ya cómodamente apoltronado con quien se firmara el Real Decreto 145/1992 con el que se reglamentaba con todas las de la Ley el mundo de la tauromaquia. Y entre el uno y el otro, circo romano en estado puro, morfina para las heridas del tomate, aceite entre hierros. Para muestra, el botón de la edición del lunes 14 de febrero de 1898 de La Vanguardia. Silencio, se rueda: Nerón, un elefante de cinco toneladas, tímido sobre el ruedo como el niño pequeño que pisa un colegio nuevo, correteando por la plaza cándidamente en busca de las naranjas que le arrojan desde el tendido. Al tiempo, resuenan las pezuñas de Sombrerito pisando la arena con la fuerza del mar que golpea el rompiente. Pistoletazo de salida. Se inicia así la pelea entre el toro y el elefante encadenado que no hace otra cosa que huir mientras Sombrerito le embiste. La suerte está echada. Bestialismo desnudo, las entrañas del circo, el retorno a la caverna. Dado el éxito de afluencia, los organizadores piensan en idéntico enfrentamiento con un cocodrilo. Es lo que ocurre cuando se abre la veda al salvajismo. No obstante, el espectáculo no se repetirá ya que al público, entre pitadas y abucheos, le ha parecido algo descafeinado, demasiado light. Apagamos las cámaras. y recogemos los bártulos. Hemeroteca pura y dura. Prueba manifiesta de cómo la sangre consuela al tonto. Por suerte, no es el mismo tipo de sadismo el que se persigue en la tauromaquia. Obvio es que nadie se sienta sobre el acolchado a contemplar el sufrimiento del toro, sino un enfrentamiento desigual en las formas, pero neutro en el fondo. Ambos se juegan la vida. La diferencia encuentra su fulcro en el hecho mismo de la racionalización del peligro. El torero se enfrenta heroicamente a la muerte de acuerdo a su libertad. No así el toro. Es ahí donde conviene abrir otro ruedo en el que batirse a lanzadas: el de la moral.

Todos los actores de la Fiesta, directos o indirectos, obran de acuerdo a su libertad: el ganadero, el mayoral, el veterinario, el empresario de la plaza, el ciudadano que abona la entrada, el torero, el picador, el banderillero, el mozo de espadas, el apoderado. Todos. En teoría no habría objeción posible que no estuviera basada en pura pasión ciega. Miles de personas ejerciendo su libertad. El problema de fondo, la masa mollar, el nudo gordiano se halla en el hecho mismo de la libertad. El pensador liberal y uno de los máximos defensores de la Libertad a lo largo de la Historia, Alexis de Tocqueville, llegó a la conclusión de que el enemigo más peligroso de la libertad no es el gobernante rapaz, sino la inmoralidad. De ahí que llegara a sentenciar que «nada es más fértil que el arte de ser libre, pero nada es más duro que el aprendizaje de la libertad» La pregunta sería en ese caso: ¿sabemos ejercer la libertad? Nadie pone en duda que aquel que roba rebasa el límite moral de la libertad. De igual manera cuesta imaginar que la tortura animal, en cualquiera de sus formas, quepa dentro de esa Libertad suprema, pues socaba la exigencia moral de la Libertad. La consecuencia más directa de esa erosión no es otra que el relativismo moral y, por ende, el todo vale.

Sin embargo, buscar en la prohibición de la Fiesta Nacional la solución no hace sino sobredimensionar el problema, pues dispara por igual a la moral de la libertad y a la libertad misma, ya que ambas han de ser indisolubles. Cabría señalar que puede ser inmoral, primitivo, atapuercuense si cabe, pero es una porción de esa sociedad libre la que ejerce su libertad a vivir con pasión una tradición de gran arraigo y que, como muchas otras tradiciones, sobrevive sin tener que rendir cuentas ni moral ni intelectualmente. Ya se sabe: las tradiciones pesan más que las razones. No obstante, parece de natura que el mundo del toreo tienda a derrumbarse poco a poco hasta desaparecer. Se trata de un atavismo convertido en estandarte y nicho de mercado para unas minorías que lo sostienen con pinzas, pues parece claro que la sociedad española no es taurina. No es demoscopia de cafetería. Los números lo avalan. Según una encuesta Gallup –aquellas que reducen al mínimo los niveles de parcialidad– publicada, entre otros, por la Universidad de Columbia, se pone en negro sobre blanco cómo la evolución histórica del interés por las corridas de toros ha pasado del 55% en 1971, al 31% en 2002. Dado que sólo el 0,2% no mostró ninguna opinión, se puede deducir el alto nivel de opinión formada sobre ese tema. Pero hay más. «Las diferencias entre hombres y mujeres respecto al interés en las corridas de toros es notable. El 34% de los hombres están interesados en el tema, mientras que entre las mujeres el porcentaje es del 28%. Respecto a la edad, las diferencias son también significativas. Son los mayores de 55 años los que se declaran más interesados (más del 44%), especialmente los mayores de 65 años, cuya proporción es del 51%. Este interés desciende claramente con la edad: son los menores de 24 años los menos interesados (17%). En general en todos los tramos de edad hasta los 55 años, ha descendido la afición a los toros desde 1999»

Es por ello que resulte falso que España sea un país gozosamente antitaurino, pero más aún que lo sea taurino. Yendo más lejos, cabría preguntar a muchos de esos que muestran interés sobre el papel, a cuántas plazas han asistido en los últimos tiempos o cuantas corridas siguieron por televisión. De igual cabría preguntar a muchos de los antitaurinos cuánto conocen el mundo del toro y en base a qué criterios forman su opinión. Un gran número de los que se decantan por un lado u otro de la balanza lo hacen por pura ideología, importándoles una aljofifa la tauromaquia o el sufrimiento animal, según la orilla que defiendan. En mi caso particular, no podría calificarme de taurino, pero aún menos de antitaurino. Del uno huyo y al otro no llego. Es más, estaré a más distancia de los segundos que de los primeros precisamente por su autoritarismo. Por ello, el mayor enemigo del toreo no es el movimiento antitaurino, sino, quizás, la inmoralidad de los taurinos de raza que desligan la verdad moral de la libertad. Será pues el refinamiento estético y moral de las generaciones venideras los que consigan que el toreo caiga en mejor vida como la cáscara seca de un fruto. De esa manera, la libertad no se verá bloqueada por la autoridad alterando mediante la fuerza lo que de sí es una evolución natural, un proceso irreversible, un destino escrito en la tabula rasa del mañana: la muerte del toreo.

Todo lo demás será ladrar a la Luna. La costumbre por mera costumbre ni levanta ni refina los atributos distintivos del ser humano, llámese tortura por costumbre como la costumbre misma de prohibir. No es casualidad que en Estados Unidos no haya derramamiento de sangre en las corridas de toros mientras que en España seguimos el modelo mejicano. A lo oscuro por lo oscuro…

miércoles, 25 de agosto de 2010

PLATERO Y LOS MUYAHIDINES


Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. No cuesta imaginárselo retozando bajo las enormes higueras y recibiendo los traviesos brevazos de Rociíllo en su lastimero hociquito, como cañonazos de almíbar y miel; o mirando por el rabillo del ojo a la nerviosa Diana, la perrita gris que asoma su pequeña cabeza de entre las patas de Platero mientras descansa a la sombra; o bajando al pobre canario muerto al jardín junto a los demás niños, como un miembro más de la enlutada escuadra benjamín. Y es que Platero, tan torpe y juguetón, es uno más. Hasta huye de los burros y los hombres de Moguer. ¿Habrá en el mundo alguien más como él?, se pregunta su amo mientras juega Platero a romper los espejos del arroyo con sus cascos sin herrar.

A miles de kilómetros, allá por las quimbambas, una caravana con menos arboladura que el Santísima Trinidad recibiendo bolazos y palanquetas, anhela encontrar un buen puñado de plateritos llorosos y hambrientos. Una caravana repleta de almas mustias que buscan alimentar sus raíces ya secas con las lágrimas del que sufre. Llevan alimentos. También medicinas; pero por encima de todas las cosas portan sus galeras una sed infinita de llenar sus vidas a cambio de las espinas de los demás. Ignoran el peligro. Es más: lo desprecian. Sus furgonetas llevan como estandarte una solidaridad que todo lo puede a modo de Lábaro Santo. Barcelona Acció Solidaria.

Saben que Malí, Níger, Chad, el lomo de África, es de por sí un nido de campos de entrenamiento de futuros muyahidines y Mauritania uno de sus principales focos de acción desde hace años. No importa. No atienden a recomendaciones ni a señales de peligro. Humo de paja. También saben que entre bueyes no hay cornadas, y ellos, tan progresistas, tan antiimperialistas, tan quítame las manos de encima, Mr. Danger, casi que se sienten jugando en casa. Quieren salir en la foto. Cabría suscribir las palabras de Unamuno respecto a los separatistas y comunistas españoles: «La única petición clara es que quieren ser guapos. Y la majeza es una endemia muy española». Pleno al quince, pues presumen de comunistas y separatistas a partes iguales. Sueñan con ser casanovas.

Así las cosas, y como el peligro no entiende de azares sino de oportunidades, se plantan en Noviembre de 2009 con su caravana en una de las carreteras más peligrosas de la zona. Como ratones víctimas de su propia ratonera, son presa fácil en una emboscada orquestada por un grupo de terroristas de AQMI. Y adiós muy buenas. Alicia Gámez, Albert Vilalta y Roque Pascual han sido cogidos, que diríase jugando al escondite. Los fardos de quincalla y alimentos que les rodeaban demudan en acollonantes Kalashnikovs y gumías.

Pero de poco importa. La buena de Alicia es puesta en libertad al tiempo ya que, según un comunicado de Al Qaeda, ha sido convertida al Islam. Algunos medios, considerando que ser muyahidín no encuentra necesariamente plena equivalencia con la idiotez, tasan la conversión en torno a los dos millones de euros. Como gallinas marcadas con la calza en la patita, saben los terroristas que en España se paga a tocateja. Así, Albert y Roque respiran más que tranquilos, ya que en Madrid mueve los hilos todo un Príncipe de la Paz que deja como trapo de fregar al mismísimo Godoy.

Nada tenemos que ver con los gabachos, pues éstos tiran a matar, como demostraran en la operación franco-mauritana en la que acabaron con la vida de seis terroristas pertenecientes a la célula que asesinó a un rehén británico y otro francés, o en el secuestro de un yate galo por parte de los piratas somalíes que, tras coger el maletín del rescate, fueron recibidos con disparos en el entrecejo a manos del ejército francés que los aguardaba en la orilla haciéndoles caer como moscas a cañonazos. Y recuperando la bolsa, claro está. De igual cabe mencionar idénticos rescates a buques americanos por parte de la Armada de los EE.UU o secuestros en tierra. O Reino Unido. O Israel. O Australia… Pero distinta suerte se corre en este rabo de Europa por desollar. Los pedagogos de la Corte asumen que la mejor manera de entibar a un niño consentido y cabrón es darle todas las golosinas que se le antojen al primer rebuzno de cambio. ¡Y a calderadas! No importa que tengan frente a ellos auténticos morlacos terroristas y no al pobre de Platero. No importa que la prensa internacional y más en concreto la argelina bramen ante la genuflexión de España, por la cual se violan las convenciones firmadas entre los países del Sahel con las que se comprometían a no negociar con grupos terroristas. Nada de eso importa. Yendo más lejos, olvidan que el Príncipe de la Paz es capaz de ofrecerle un banquete a los terroristas a cambio del inmediatismo de las medallas. Todo él, tan escarlata y separatista, sueña con ser guapo.

Dicho y hecho. Siete millones, baño de flashes y viento en popa hasta Barcelona. Ni muestra de resarcimiento, ni orejas gachas, ni siquiera vergüenza en los lacados ojos de Albert y Roque. Más al contrario, se sienten héroes. Ahora más que nunca. Toda España sabe que sus bravuconadas no fueron más que pura estupidez, jugar a meter los dedos en el enchufe. El periodista y escritor Antonio Pérez Henares contaba ayer en Veo7 cómo se las gastaron los miembros de Barcelona Acció Solidaria cuando fue en 2007 junto a otro grupo de periodistas a cubrir las operaciones de la caravana, con sus irresponsabilidades y desprecios por almudes. Y de aquellos polvos, estos lodos. Acció Solidaria ya ha dicho que la mejor manera de homenajear a los secuestrados es hacer otra caravana solidaria. Olvidan que quien busca el peligro en él perece. Quizás tengan que salir al encerado a escribir con tiza que los terroristas no son serafines y la próxima vez se encuentren probablemente con la degollina en lugar de la libertad.

Pero ni por esas. Seguirán creyendo que a la llamada dulce de “¿Platero?” correrá éste hacia a ellos con no sé qué trotecillo alegre, en no sé qué cascabeleo ideal… No quieren aprender que lo más parecido a Platero que hallarán por esos campos arriscados será no sé qué extraña fauna que más bien pasaría por el famoso burro dinamitero de la Guerra. Y es que entre la leva filantrópica se agarra la máxima del son tontos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. En efecto, hay capullos que no quieren ser rosas.

Y mientras tanto, a continuar alimentando la Hidra del terrorismo gracias a las irresponsabilidades de la cuadrilla altruista que no ve juego más entretenido que el de prenderle fuego al avispero.


lunes, 16 de agosto de 2010

DOPAJE: ¿LEGALIZACIÓN Y LIBERTAD? (II)


El pensador danés Soren Kierkegaard recurrió en su obra Temor y temblor a la figura arquetípica de Abraham, quien hallándose en el ocaso de sus días junto a su anciana esposa imploraba a Dios que le concediera una descendencia. Al tiempo, llegaría el pequeño Isaac como llega el salmón a la montaña: a contracorriente. Sin embargo, el mismo Dios que permitió con su Gracia el alumbramiento de un hijo a la abuelita estéril, obligaría a Abraham a matar a Isaac como muestra de Fe. Se batían así a lanzadas en el corazón de Abraham la Ética y la Fe. ¿Asesinato o sacrificio?

Convertido el Movimiento Olímpico en Deidad de nuevo cuño, se lanzan de igual los distintos miembros del COI al gollete del dopaje como ángeles custodios de una Fe intocable. Una nueva modalidad de fideísmo transmutado. La Razón queda a años luz de nuestros pies. Pura pasión ciega. Según el Comité Olímpico Internacional, se establecen tres dogmas de Fe que hay que seguir a pies juntillas y con esparadrapo en la boca, y por los cuales el dopaje es la Bestia a batir. A saber: daña la ética del deporte; es perjudicial para la salud del deportista; y menoscaba el principio de igualdad de oportunidades. Todo muy dulce y paternal; pero ¿vulnera de verdad el dopaje los tres preceptos del COI o son ellos quienes se encargan de menoscabar la integridad del deporte con su hipocresía? ¿Prima la Ética o la Fe ciega?

Que el dopaje daña la ética del deporte es difícil de aseverar, pues desde sus orígenes han caminado de la mano. Ya en el Siglo III a.C los griegos recurrían a extractos de plantas en pociones, así como distintos mejunjes con los que recubrían sus cuerpos. Los precolombinos, por su parte, masticaban hojas de coca y estricnina, mientras que los nórdicos eran fieles a los hongos alucinógenos. Desde entonces y hasta nuestros días, los distintos deportistas han recurrido a todo tipo de sustancias y artificios que le ayuden a conseguir la corona de laureles. Pero todo ello va, según el COI, contra el espíritu olímpico. El filósofo Paul Singer, en un artículo publicado en la revista El Tiempo, defendía que el deporte no tiene sólo un espíritu, pues «las personas hacen deportes para socializar, para mantenerse en forma, para ganar dinero, para hacerse famosa, para evitar el aburrimiento, para encontrar el amor o por pura diversión». Es por ello que quienes hacen del deporte su forma de vida debieran poder elegir cualquiera de las vías posibles en base a su voluntad y libertad, marcando así una línea que separara el romanticismo del deporte amateur del arriscado campo de batalla profesional donde se juega la Gloria. Asimismo, recurría Paul Singer en su artículo al Profesor de Bioética Julian Savulescu, que dirige el Centro Uehiro de Ética Práctica de la Universidad de Oxford, quien aboga por legalizar el dopaje siempre que no perjudique la salud del atleta. Terreno espinoso, no obstante, pues el deporte es perjudicial en sí mismo, como se verá más adelante. En idénticos términos se expresó hace años Samaranch, quien declamara que no debería prohibirse el dopaje cuando mejorara el rendimiento deportivo, sino cuando éste pusiera en peligro la salud del deportista. En este orden de cosas y con el aceita caliente en la sartén, disponerse a hacer la tortilla sin cascar los huevos se antoja harto complicado.

De acuerdo al propio COI, dopaje es «la utilización de un artífice (sustancia o método) potencialmente peligroso para la salud de los atletas y/o capaz de mejorar los resultados, o la presencia en el organismo del atleta de una sustancia o la prueba de la aplicación de un método que figure sobre una lista adjunta al Código Antidopaje del Movimiento Olímpico». De esta manera, casi que parece arbitrario que el COI prohíba las inyecciones de eritropoyetina y en cambio permita el entrenamiento a gran altura. Podrá argüirse con gesto circunflejo: ¡es que el uno es artificial y el otro es natural! Y en ese preciso instante se abriría el telón dejando entrever al fondo una enorme cámara hipóxica. ¿Por qué razón se les permite a los atletas dormir con sus mascarillas en la boca limitando la concentración de oxígeno del aire cuando el fin no es otro que el de aumentar artificialmente la producción de la EPO? ¿No raya la obscenidad semejante contradicción? La definición del COI remarca con trazo grueso las palabras sustancias y métodos; pero en la práctica parece perseguir sólo la sustancia. ¿Por qué esa obsesión con los compuestos químicos? ¿Todo lo natural es beneficioso y todo lo químico es dañino? Como escribiera Henry Miller, médico, biólogo e investigador de la Universidad de Standford, resulta tramposo y pueril semejante juego de buenos y malos cuando todas las cosas, tanto naturales como sintéticas, se componen de productos químicos, incluyendo nuestro propio cuerpo. En la dosis está el veneno. Yendo más lejos, existen multitud de productos naturales en los que, aun teniendo los mismos efectos que los sintéticos, son desconocidos sus riesgos para la salud dada la ausencia de investigaciones científicas serias. Es por ello que en Estados Unidos la FDA –Administración de Alimentos y Drogas– esté tratando de remover ciertos productos que, como en el caso de la efedrina, se cuelan en el mercado por el ojo de la aguja gracias a que son puestos a la venta como productos dietéticos aun sin tener valores nutricionales, por la sencilla razón de que los controles son mucho más permisibles y laxos en ese terreno.

Así, siguiendo con la efedrina –estimulante de moda en el deporte–, en los Estados Unidos y resto del mundo se ha colado en el mercado nutricional como añadido del «ma huang, Chinese ephedra, ma huang extract, ephedra, ephedrine alkaloids, ephedra sinica, ephedra extract, ephedra herb powder, epitonin o ephedrine». Sin embargo, el COI advierte que todos ellos pueden provocar por igual un positivo en un control antidopaje al tiempo que desfilan por el mercado como productos totalmente inocuos. De hecho, en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles un deportista japonés dio positivo al ingerir una infusión de efedra o ma huang y ginseng. Según los reportes hechos a la FDA, sólo en dos años diez personas murieron a causa de la efedrina en sus distintas variantes, diecisiete acabaron con lesiones permanentes, diez con hemiplejía… Todo ello gracias a ese mercado abierto e incontrolado por el que se cuelan los productos naturales como si de algodón de azúcar se tratara, especialmente a través de internet. ¿Por qué no exigirles los mismos controles que a los productos sintéticos? ¿No sería conveniente cerrar o abrir el círculo por igual? O mejor aún: ¿no sería más lógico implementar unos programas de dopaje asistido por médicos que conocieran los efectos tanto positivos como negativos de la sustancia y en base a ellos el deportista eligiera de acuerdo a su libertad? Dado que los contramaestres del COI luchan con gran brío contra el dopaje en defensa de la salud del deportista, sería conveniente dar un paso al frente y cruzar el Rubicón con todas sus consecuencias a fin de acabar con la clandestinidad y los mercados negros.

Sin embargo, la Tramoya del COI tiene mucho que ver con el trilero que engaña a ajenos mientras guiña el ojo a su compinche de trampas particular para que se arrime algún valiente y doble así la apuesta. Palmadas en la espalda entre ellos mismos y las agencias antidopaje, mientras se dan un baño de contrariedades hirientes. Azotainas a diestro y siniestro, capuletos y montescos; pero ¿quién mira por la integridad del boxeador sonado? ¿Acaso no deja este deporte graves secuelas físicas y psicológicas en quienes lo practican? ¿Y todos esos alpinistas que se quedan en muñones después de ver cómo se congelan sus dedos? ¿Y el descenso de glóbulos blancos por debajo del mínimo que sufren muchos buceadores debido a la mezcla que respiran? A falta de razonamientos serios, que prime la farfolla y el desvarío. El filósofo Claudio Tamburrini, del Centro de Bioética de Estocolmo, dijo que el deporte dejó de ser salud hace tiempo. Y es que además de los boxeadores que terminan como granos de trigo pasados por la rueca, hay que considerar las muchas lesiones que sufren los atletas al retirarse, como en el caso de Carl Lewis, quien padece una artritis de tres pares de narices debido al exceso de entrenamiento que soportó durante años. Y no es el único. Yendo más lejos aún, se encuentran los problemas psicológicos. Según los estudios de Ricardo de la Vega y Francisco García Ucha, «los deportistas retirados muestran que las reacciones emocionales pueden ser muy diversas al proceso de inserción en la vida cotidiana. Ocurren reacciones de ansiedad, depresión y hasta síntomas psicosomáticos. Es decir, aparecen enfermedades orgánicas, metabólicas o funcionales que afectan al ex deportista». ¿Interviene el COI en la libertad individual de ese deportista que asume el riesgo que implica para su salud la alta competición y el exceso de entrenamiento? ¿Obstaculiza el ascenso al alpinista que pone su vida al límite al ascender hasta los seis mil metros de altura? Todos actúan en base a su propia libertad, sacrificando una cota de su salud por el inmediatismo de los records y la gloria. Dado el afán policiaco del COI y la preocupación por la salud de sus querubines, podría crear una Brigada de Control del Entrenamiento y la Competición –sintagmas que tanto gustan a los burócratas– en beneficio de una salud homogeneizada y…¡adiós, cordera! ¿Absurdo, verdad? Pues así de absurdo es el hecho de preocuparse por la salud de un deportista que recurre a sustancias prohibidas más de lo que él mismo llega a preocuparse. Liberticidio sin más.

Por otro lado, olvidan los mandamases del COI que la espada corta en ambos sentidos. Acotar la libertad individual, aún persiguiendo un supuesto beneficio, puede tener el efecto contrario al deseado. En el terreno del dopaje se perfila poco a poco un futuro aún más difícil. Y es que cuando se cierra una puerta se abre una ventana: el dopaje genético. Término que, por otra parte, ya ha sido definido por la propia Agencia Mundial Antidopaje como «el uso terapéutico de genes, material genético y/o células que tienen la capacidad de aumentar el rendimiento deportivo». En el caso de la EPO recombinante, al tratarse de una sustancia semisintética, puede ser detectable en los controles antidopaje rutinarios. ¿Pero qué ocurre cuando se traslada al dopaje genético? En ese caso, «se inserta el gen de la EPO en el músculo junto con un switch genético que lo activa cuando los niveles de oxígeno muscular son bajos, lo que lleva a un aumento endógeno de la EPO indetectable por los métodos de control normales» Aviso a navegantes. Tanto es así que hace tres años un entrenador alemán, Thomas Springstein, fue arrestado después de intentar adquirir Repoxygen. Según los laboratorios británicos Oxford BioMedica –quienes trabajan en el desarrollo del producto–, se han superado las fases preclínicas y se hallan ya trabajando en la fase clínica. El Repoxygen es un virus que opera como transporte del gen de la EPO y un controlador de los niveles de oxígeno. En el momento que se produce una escasez de oxígeno, el Repoxygen activa el gen de EPO inyectado y comienza a producir una legión de glóbulos rojos. Se consigue así la cuadratura del círculo. El COI y la AMA, en busca de la entelequia y el mundo ideal de Hansel y Gretel en base a la Fe ciega, consiguen que laboratorios y deportistas abran todas las ventanas de la casa olímpica cansados de llamar a la puerta. Y por ahí se colarán. Se cuenta que en los albores de la EPO llegó ésta al mundo del deporte a través del mercado negro antes que a los hospitales. Sirva de precedente.

Y es que por querer hacer el bien terminan redoblando el mal. La supuesta igualdad de oportunidades que enarbolan se ve desmochada gracias a sus malabarismos hipócritas. Lejos de aceptar que la igualdad de condiciones y oportunidades quedan a años luz del deporte por puras arbitrariedades de la Madre Naturaleza, optan por engordarlas. Ya dijimos que las condiciones biológicas de un corredor de fondo de Etiopía no son las mismas que las de un madrileño; pero podemos tirar del hilo cuanto queramos hasta encontrar desigualdades. Según un estudio de la Universidad de Howard, los records mundiales de velocidad tienen sus derechos de autoría mayormente en manos de atletas negros debido a que «tienden a tener miembros más largos con menos circunferencia, lo que aumenta la altura de sus centros de gravedad, mientras que los asiáticos y blancos tienden a tener torsos más grandes, por lo que su centro de gravedad es más bajo» Y no solamente las encontramos en beneficio de los velocistas. De acuerdo a los trabajos realizados por la Unidad del Ejercicio de la Universidad de Ciudad del Cabo, los corredores de fondo africanos poseen «una mayor actividad enzimática oxidativa a nivel muscular, un retraso en acumular lactatos en sangre y una mayor capacidad para prolongar la fase final del esfuerzo antes de alcanzar la fatiga» Son todas ellas las desigualdades que ayudan a rebajar esas centésimas que diferencian al velocista de élite del mediocre o al fondista keniata del esloveno. Paul Singer lo llamó la lotería de la genética.

Es por ello que resulte ridículo que el COI se empeñe en perseguir las desigualdades a fin de sembrar un bosque en el que ningún árbol destaque por encima de otro cuando el deporte encierra de por sí desigualdades en cuanto a condiciones, posibilidades, resultados y, además, medios. ¿O es que no repara el organismo internacional –o Casa Cuna Olímpica– que los medios de que disponen los atletas estadounidenses no son los mismos que aquellos que tienen a su alcance los namibios? Y no sólo en cuanto a equipamiento y materiales, sino también en centros de alto rendimiento, equipos de investigación, avances médicos, etc. Con estas cartas sobre la mesa, ¿por qué razón el COI habría de negarme la posibilidad de conseguir químicamente las mejoras que el Señor Azar no me ha otorgado? ¿Acaso no soy único y exclusivo poseedor de mi cuerpo? Las desigualdades no lo son exclusivamente por exceso, sino también por de-fec-to. Es por esta razón por la que la lucha no debiera centrarse sólo a pie de pista, en centros de alto rendimiento o desarrollando nuevos materiales, sino que el deportista debería tener pleno derecho con todas las de la ley a que, en base a su propia libertad, determinado laboratorio le ayudara a suplir los agujeros negros de su arquitectura fisiológica y genética. Quizás Marion Jones no necesitara el THG para ganar de igual que Lance Armstrong no tuviera que haber recurrido a la EPO para conseguir los siete Tours de Francia. El bueno de Lance quedó cuarto con doce años en una prueba de natación de 1500 metros donde se enfrentaba a competidores de todo Texas, mientras que Jones tenía su marca entre las veinte más destacadas del mundo con quince años. En el caso de Lance Armstrong, los médicos Ger Bongaerts y Theo Wagener ya escribieron en la revista Medical Hypotheses un artículo titulado: Gluconeogénesis hepática incrementada: el secreto del éxito de Lance Armstrong. Según los médicos «se trata de la capacidad del hígado de sintetizar la glucosa y así obtener energía para la acción muscular. Y, más importante en este caso, también la de remover el ácido láctico (producido por el trabajo muscular y responsable del dolor y el cansancio, además de los calambres) y convertirlo precisamente en glucosa. Ésta es la clave interna, metabólica, del éxito de Armstrong, ya que al remover el ácido láctico no sólo evitaba sentir el cansancio sino que también obtenía una energía extra para sus esfuerzos» ¿Lotería genética? Es bastante probable.

Hace pocos días publicaba Moisés Naím un artículo de prensa titulado La necrofilia de las ideas. Criticaba así el amor ciego por las ideas muertas, la pasión desbordada hacia las causas perdidas. Sea quizás esa misma necrofilia de las ideas la que invada a los prebostes del COI en su lucha por una batalla perdida ya en sus orígenes. Pero en esas seguirán: coleccionando cadáveres con rigor de taxidermistas en beneficio de su propia Guerra Santa contra el dopaje mientras que en su Santa Sede crecen los casos de corrupción como hongos después de la lluvia. Y es que, como concluyera el propio Naím, «el amor es ciego y el amor por ideologías que además ayudan a mantenerse en el poder no es solo ciego, sino también muy conveniente»

sábado, 7 de agosto de 2010

DOPAJE: ¿LEGALIZACIÓN Y LIBERTAD?



Todos hemos tenido en nuestra infancia y primera juventud un ayer que quiso ser mañana, un pasado a medio camino entre el quiero y el no puedo. Una epopeya inconclusa. Un Ulises braceando por alcanzar una Ítaca que no llega. Pertenezco a una generación de héroes caídos. Miles de manzanas podridas se consumen alrededor. Un auténtico cementerio de elefantes. Entre todas esas historias, quizá fuera la de Marion Jones la que más pústulas en el alma levantara. Lo tuvo todo. Una juventud procaz, un carisma deslumbrante, un futuro dolorosamente prometedor, un paso firme y, en virtud y beneficio mediático, una belleza de insobornable sencillez. Todo un rosario de grandezas. Y así, como la paloma mensajera levanta primero el vuelo para después dirigirse a su destino, fue alzándose sobre sí misma hasta volar de hectómetro en hectómetro rumbo a la Gloria.

Con tan sólo quince años, mientras millones de jóvenes peleaban por competir en algún circuito nacional, obtuvo una marca que la situó entre las veinte más destacadas del mundo. Como murallas de Jericó cayendo al toque de las trompetas, Marion Jones veía cómo las paredes de acero del cronómetro iban sucumbiendo a su paso por arte de birlibirloque. Atenas, Sevilla, Sídney, Edmonton. Verla llorar de alegría subida al podio con su medalla al cuello mientras sonaba un imponente himno de los Estados Unidos que a todos nos hacía norteamericanos por unos segundos, sin duda helaba el aliento; pero más aún nos hacía caer de hinojos ante quien iba dibujando sobre el tartán la silueta de una Leyenda viva. Nadie en tantos años silenció de esa manera un estadio de cuarenta mil almas con su sola presencia. Nadie acaparó tantos flashes sobre los tacos de salida. Nadie congeló la sangre durante poco más de diez segundos como ella lo hizo. Y nadie cruzó la línea de meta con una sonrisa como la suya redimiendo de la derrota a sus adversarias. Una sonrisa que a partir de 2003 se convertiría en estertor de muerte.

Fue su entrenador Trevor Graham quien envió una jeringuilla con un esteroide hasta entonces desconocido a la Agencia Antidopaje de los Estados Unidos. Al tiempo se supo que se trataba de una droga de diseño bautizada como THG, sintetizada específicamente para no ser detectada en los controles antidopaje. Poco tiempo antes había caído su marido, el lanzador de peso C.J. Hunter, esa mole bóvida y chulesca que ninguna madre de bien querría para su vestal. Pero la Reina del Ébano empezó a levantar sospechas tras el escándalo de su esposo. Meses después se divorciaría para dar paso a una nueva relación con el velocista Tim Montgomery. Sin embargo, poco a poco se iban perfilando las sombras de un Averno que condenaría a Jones a sufrir su particular castigo de Sísifo. El escándalo de los laboratorios BALCO tomaba forma. Víctor Conte, el Sumo Hacedor de la trampa, declamó en un programa de televisión lo que ya era un secreto a voces: Marion Jones estaba en la lista negra de deportistas que habían consumido THG. De esta manera, la otrora Diosa de la velocidad cambiaba el salmón de las pistas por el gris del Dédalo de los correveidile. Un laberinto en el que los dardos furtivos le caían desde los cuatro puntos cardinales. Así las cosas, no tuvo más remedio que coger con sus manos la maza para destruir ella misma su propia efigie dorada. A finales de 2007 entonó públicamente el Mea Culpa. Las cinco medallas obtenidas en los Juegos Olímpicos de Sídney ya sólo las contemplaría en las instantáneas que colgaban de las paredes de su salón. Pero aún quedaba lo peor.

Al tiempo que moría el invierno del año 2007, se colaba por sus entrañas y su corazón la tristeza de un otoño más marengo que nunca. Fue condenada a seis meses de prisión y dos años en libertad condicional, cambiando las eternas horas de entrenamiento por 800 horas de servicio a la comunidad. «Les pido que tengan compasión como ser humano que soy», dijo entre lágrimas a las puertas de la Corte en un paroxismo de impotencia. De nada sirvió. Tomaba así santa sepultura una Leyenda.

A su alrededor, otros tantos gladiadores eran pasados por la horca: su marido Tim Montgomery, Antonio Pettigrew, Gatlin, Jerome Young y Alvin Harrison, todos ellos alumnos aventajados de Trevor Graham. Pero el mismo tsunami sacudía el equipo HSI liderado por John Smith, quien entrenara a glorias del nivel de Mo Greene y Ato Boldon. Mientras que algunas estrellas se retiraban a tiempo huyendo así de la peste, otros tantos quintacolumnistas del HSI como Torri Edwards, Larry Wade, Kelly White o Christie Gaines eran asaetados públicamente cumpliendo condena. Es, toda ella, la pavesa, los rescoldos aún humeantes de una generación perdida. Yo la vi crecer. Yo la vi morir. Con ella se iba el atletismo.

Pero no todo queda en California ni termina en las pistas de atletismo. La Historia del deporte rezuma casos idénticos en distinto espacio y tiempo. Linford Christie, Marco Pantani, Dwain Chambers, Martina Hingis, Ben Johnson, Johann Mühlegg, Paquillo, Alberto García y una ristra interminable de condenados que encuentra actualmente la anilla de metal en la figura de Lance Armstrong. Cualquiera podría decir con datos en la mano que, toda la élite olímpica, tarde o temprano, termina estando a la sombra de una más que justificada sospecha. El COI, algo así como la ONU del deporte y, por tanto, políticamente correcto hasta la saciedad, se lanza a la yugular del dopaje con la noble intención de barrer de la alfombra roja a todo aquel que tropiece con los cardos del dopaje. La principal razón que esgrimen es sus manidas letanías se halla en la base de los benjamines. Esas inocentes criaturas miméticas que siguen con fervor religioso y pasión de monaguillo a todos esos héroes que corren más rápido, saltan más alto o golpean más fuerte. Unas idolatrías que terminan desmoronándose como tótems devorados por las termitas. Así las cosas, el desencanto es la metafísica de quienes beben de la élite del deporte. Jóvenes y mayores.

Pero la hipocresía que empaña al COI y a todos los burócratas del deporte raya la vergüenza. La comodidad de esquivar el problema en lugar de agarrarlo por los cuernos. Lo primero que debe hacer el heroinómano que quiera abandonar su adicción es reconocer el problema. De igual deberían reconocer los organismos implicados el problema del dopaje no como algo aislado de unos pocos tramposos, sino como algo más homogéneo. Como quien ahuyenta tábanos, se sacuden los casos de dopaje que manchan la imagen del deporte de alta competición al arrimo de grandes mafias y deportistas que, aun conscientes de jugar al ratón y al gato, asumen dicho peligro a cambio de la Gloria. Es más, de salirles bien la jugada, muy probablemente vivan hasta el fin de sus días bañados en oropeles gracias a contratos con marcas deportivas, publicidad, programas de televisión, coloquios y todo un hontanar de recursos que pueden garantizar una vida de lo más fastuosa. ¿Quién no quiere morder semejante fruto prohibido? Y peor aún: ¿Anula el sacrificio y trabajo realizado desde niños por estos deportistas el mero hecho de ser descubiertos en un control antidopaje? ¿Es realmente una mentira hacia los demás o hacia ellos mismos al no poder hacer de cara al sol y con plenas garantías lo que desean? Distinta suerte corrieron los deportistas de la antigua Unión Soviética y Alemania Oriental. Alrededor de 10.000 deportistas fueron sometidos a un programa de dopaje institucionalizado mediante el cual eran obligados a doparse con esteroides en cantidades que triplicaron las de Ben Johnson. Caído el muro de Berlín, muchos de estos deportistas gozaron de una libertad que les era ajena por entonces para denunciar las prácticas llevadas a cabo por el Estado a fin de conseguir hacer sombra a los Estados Unidos en su lucha por demostrar la supuesta superioridad del modelo comunista. Muchos de esos deportistas llegaron a pedir que sus records mundiales fuesen anulados, como es el caso de Inés Geipel. Otras, como Heidi Krieger, pagaron un precio más alto. Hoy día se llama Andreas Kriegel debido a la cantidad de hormonas masculinas que le hicieron ingerir sin tener constancia de ello. Igual suerte corrió la Unión Soviética y posterior Rusia, quien desde entonces sigue despeñándose en cada una de las citas olímpicas en las que tiene presencia. Los rusos no saben lo que es liderar un medallero olímpico desde entonces. Es más, siguen perdiendo medallas Olimpiada tras Olimpiada, hasta el extremo de haber perdido nada más y nada menos que 20 medallas en Pekín respecto a la actuación de Atenas. Y con el dopaje en ciernes.

Un dopaje politizado y obligado el que sufrieron estos pobres corderos muesos al servicio del Gobierno que nada tiene que ver con el dopaje llevado a cabo por los atletas norteamericanos –por ejemplo– que actúan en base a su propia libertad individual. Un dopaje que, a fin de cuenta, existe sea cual sea su opción. Y, ante todo, un dopaje que está mucho más presente de lo que las cámaras terminan señalando. En este caso, el ladrón –o sea: el laboratorio– va un paso por delante de la policía –agencias antidopaje–. Muy posiblemente, los primeros pasen por la puerta de comisaría sin levantar la más mínima sospecha. Así las cosas, ¿cuál es la línea que separa el dopaje oscuro y ese otro dopaje que practican todos los deportistas a base de potenciadores de todo tipo que, a veces con el tiempo, terminan entrando en futuras listas de sustancias prohibidas? ¿Acaso no recurren todos los deportistas a ardites más o menos elaborados? ¿Anula eso el trabajo realizado a pie de pista hasta la extenuación? Todo deportista ingiere sustancias que mejoran su rendimiento y capacidad de asimilar el entrenamiento, sean sustancias químicas –legales o no– o esas otras mal llamadas naturales. ¿O es que no siguen idénticos procesos químicos las unas y las otras? ¿Todo lo químico es malo y todo lo natural es bueno? Como señalara Héctor Abad en un artículo de prensa titulado Legalizar el dopaje, tenemos el caso de los hematocritos. ¿Dónde queda la diferencia entre lo artificial y lo natural? «Es deseable que un atleta tenga un porcentaje alto de glóbulos rojos puesto que son éstos los que llevan el oxígeno de los pulmones a los músculos y el oxígeno es la gasolina del cuerpo. Al mismo tiempo, es también conveniente tener una sangre diluida para evitar trombosis. Hay una manera natural de aumentar el hematocrito: viviendo en alta montaña. Si uno se va a vivir seis meses por encima de los 3.000 metros, en un páramo de los Andes, acaba con un hematocrito de más del 50% cuando el normal a nivel del mar es del 40%. El mismo efecto que se obtiene viviendo a gran altitud se puede lograr inyectando una hormona, EPO. El método de la mudanza es permitido; el método químico, no, ni el de las autotransfusiones de sangre, pero esta decisión es caprichosa». ¿Se persigue lo químico o lo que crea situaciones de desigualdad? Quizás la línea sea más difusa de lo que parece. Es por ello que para las revistas Nature y The Lancet –dos de las revistas científicas más importantes– sea preferible legalizar el dopaje y dar cuidados médicos abiertos a todos los deportistas para prevenir los verdaderos riesgos. También llegaron a poner en duda la efectividad de los test antidopaje y el verdadero daño que hace a los atletas.

El economista austriaco Mises ya habló de las consecuencias de la intervención prohibitiva en cualquier terreno de la vida pública. Esta terminará llevando a nuevas intervenciones futuras que, en lugar de erradicar el problema, acabarán engordándolo. En el tema del dopaje, como en el de las drogas, aumentan las mafias que trafican con sustancias sintetizadas en laboratorios clandestinos al margen de los criterios de sanidad mínimamente exigibles. Es ahí donde descansa parte del problema. Sin embargo, cantidades ingentes de dinero se van por el sumidero en programas antidopaje así como controles que no detectan las drogas aún no reconocidas, como ocurriera largo tiempo con el THG. Yendo más lejos aún, mayores condiciones de igualdad proporcionarían unos programas de dopaje asistido y de acuerdo a criterios médicos. Ya no sería una lucha de buenos y malos. Sería la igualdad de condiciones en sí misma ante la que prevalecería la transparencia y la auténtica lucha en la pista cara a cara. Una igualdad que, aun contando con la entelequia de que nadie se dopara, no existiría, pues no son las mismas condiciones biológicas las de un corredor de fondo etíope que las de un madrileño del barrio de Salamanca. Lógica al cuadrado.

Para terminar y como víctima de la demagogia ramplona de burócratas sin oficio ni beneficio en el deporte real, he de decir que más desencanto supone aún para cada uno de esos niños que dicen defender el hecho de ver cómo todos sus iconos caen como peones de ajedrez a una caja vacía que los condena al olvido eterno, antes que verlos competir en igualdad de condiciones. ¿Es intelectual y moralmente más sano cantarles al oído que los Reyes Magos existen hasta que alcancen los treinta? Esa y no otra es la hipocresía ante la que serpentean como culebras de agua el COI y demás organismos competentes por no meterse en harina olvidándose de engañifas que, tarde o temprano, más daño causan a quienes dicen proteger. Doy fe.

Finalizaba su artículo Héctor Abad con un razonamiento digno de coleccionismo fetichista: «En todo caso, dicen, por muchas drogas que se tome un atleta mediocre nunca conseguirá los resultados de uno grande. No es el dopaje lo que hace de Phelps un atleta extraordinario; es una mezcla de genes que lo favorecen con una disciplina de hierro que lo han hecho entrenarse cinco horas diarias durante los últimos 15 años. Aunque quizá tampoco la disciplina sea un mérito: es posible que ésta venga escrita también en nuestros genes»




jueves, 29 de julio de 2010

CONTRARIEDADES Y ESPAÑA


Contradecir la opinión de uno mismo es mojar la mano en la propia sangre. Y resulta que el centro de diálisis de la historia funciona a pleno rendimiento depurando unos fluidos escarlatas corrompidos hasta decir basta. Verbigracia. El bueno de Rousseau abandonó a sus cinco hijos en un orfanato al tiempo que medraba entre la aristocracia francesa. El hombre que tanto escribió y aleccionó sobre la bondad natural del ser humano y su necesidad de establecer un nuevo contrato social con la comunidad, terminó triturando los eslabones más básicos de la misma. El Padre del Estado convertido en un Monstruo de Amstetten es su propio hogar. Su desequilibrio mental le llevó a perfeccionar las artes del malabarismo hasta tal punto de dedicarse a machacar a una clase social de la cual se servía. Y las de delfín, pues fue capaz de nadar sin mojarse la ropa. Mientras daba lecciones de educación en su Emilio, no sólo abandonaba a sus hijos, sino también a su mujer. La historia ha demostrado que fue su acentuada manía persecutoria la que le hizo actuar con un cinismo rayano con la obscenidad durante toda su vida. Igual suerte corrió su coetáneo Fouché. Mientras inquiría con el dedo índice enhiesto que «el republicano no necesitaba más que hierro, pan y cuarenta escudos de renta», se permitió vivir bañado en oropeles durante la mayor parte de su vida. Tal es así que fue uno de los grandes terratenientes de la época.

Y como el agua busca el río, por los mismos andurriales se movió San Marx. La conciencia del proletariado vivió muellemente en el estrato del dos por ciento de las personas más ricas de Inglaterra. Recibió millones de Engels en los últimos años y todo lo gastaba, de modo que siempre pedía más. Jamás trabajó como asalariado. En el terreno de la moral no es que fuera una antorcha. No sólo dejó embarazada a su sirvienta, sino que se negó además a mantener al retoño no deseado. Tanto es así que finalmente tuvo que ser acogido por una humilde familia. La razón de no querer dar techo a quien compartía su misma sangre fue la de no perder su posición de privilegio entre la intelectualidad de la época. El dinero que todo lo puede. Chocaban así sus contrariedades como dos piedras de sílex hasta hacer saltar chispas. El hombre que quiso redimir a la humanidad no fue capaz de salvar a quien había concebido por una fuga de hormonas no controladas. Cosas veredes... Contradicciones rampantes en la acera de enfrente también. El mal llamado padre del liberalismo, Adam Smith, exigía de puertas afuera lo que negaba dentro. Al tiempo de concluir su obra insignia, La Riqueza de las Naciones, fue nombrado Comisario de Aduanas en Escocia. Aquel que con una mano pedía la prohibición de los aranceles, impedía la libertad de comercio internacional con la otra.

Y entre engañifa mayor y engañifa menor, alguna que otra desmitificación. Tal es así la del hasta ahora celestial Robin Hood. Según un manuscrito medieval descubierto por la Universidad Saint Andrews, no sólo robaba a los ricos como cuenta la leyenda, sino que también se pegaba sus banquetes con los pobres. Algo así como el socialismo, que esquilma y roba a quien dice proteger hasta el punto de dejarlos desnudos mientras mantiene entre fastos a una opípara Nomenklatura.

Pero no todo queda a años vista. En nuestros días, los mismos cangilones de la noria de la Hipocresía y el Cinismo siguen girando sin parar. Pasando por alto a todos estos progres nuestros al uso de Almodóvar, quien tiene invertidos más de siete millones de euros en una sociedad inmobiliaria mientras echa su cuarto a espadas desmochando a la España del ladrillo y el supuesto neoliberalismo, o el seráfico Bono de U2, que entre consigna y consigna saca tiempo para colar su cadena de hoteles en los Países Bajos en busca de mayores exenciones fiscales. Tanto es así que incluso Oxfam se ha desvinculado de un personaje que mientras pide más ayuda al tercer mundo en su lucha contra la pobreza, se permite pagar un cinco por ciento de impuestos en un régimen especial para inversores extranjeros mientras que el resto de trabajadores dejan el treinta y cinco al pasar por la caja del Fisco. A Dios rogando y con el mazo dando, que podría decirse. Todo muy cómico. Pero la corona de laureles –apolillados y roídos de ratones, que diría Galdós– se la lleva Noam Chomsky. El cañón de la izquierda mundial y experto en apuntar al centro de la santabárbara del buque capitalista, se mueve como sardinilla en el agua dentro del mismo capitalismo que acribilla. Después de dedicar gran parte de su vida intelectual a azotar los paraísos fiscales y los fideicomisos, se puso manos a la obra y creó el suyo propio. Con un patrimonio de más de dos millones de dólares, no dudó en chocarle sus cinco a la empresa Palmer and Dodge, mientras nombraba a su abogado fiscal e hija como fideicomisarios. Cuando un periodista le preguntó por el hecho mismo, el bueno de Chomsky respondió: «No voy a disculparme por apartar dinero para mis hijos y nietos». Como si el operar de todos esos malditos capitalistas y burgueses fuese otro distinto. Y es que pájaro viejo no entra en jaula. Podrá deshacerse en carantoñas y arrumacos con la Señora Redistribución de la Riqueza, pero siempre y cuando no se trate de la suya propia. Por lo demás, números bien cuadrados. Conferencias a doce mil dólares en la lonja universitaria; Cd’s con antiguas conferencias grabadas por trece dólares; fragmentos aislados de la misma conferencia a setenta y nueve céntimos; así como una buena legión de libros basados exclusivamente en entrevistas y conferencias. Todo ello con el consabido aviso de no flagelar sus derechos de autor mediante copias, como ya advierte en su propia página web, mientras que de cara a la galería –la de los doce mil euritos. Es decir: las conferencias– gasta un odio visceral a la propiedad privada y la propiedad intelectual, considerándolo un horrendo mecanismo de protección. Finalmente y como ya peina en canas, pensando en su plan de jubilación no acudió a los bonos del estado, sino que tiró de un fondo de valores privado –TIAA-CREF– y en cuya cartera de valores de inversión se encuentran múltiples empresas contra las que inasequible al desaliento lucha el propio Chomsky. Suma y sigue.

A finales del verano de 2003, más de uno pensó que los escribanos de la Historia se disponían a añadir algunos renglones torcidos a una obra de por sí inconclusa. El hallazgo de un osario en un barranco en Órgiva, Granada, hizo que como cerdos en torno al dornajo salieran a la palestra profesores de universidad e interesados varios en reescribir la historia. Sin pruebas ni estudios concluyentes, se lanzaron a la aventura de poner a la venta la piel invisible del oso que aún no cazaron. Ríos de tinta corrieron sobre el asunto, hasta tal punto que El País le dedicó la primera página al hallazgo. Estaban a punto de abrazar un Paracuellos a la inversa. Hasta que de repente, las nubes negras les aguaron una primavera que llegaba temprana. Los informes del forense concluían que donde supuestamente criaban malvas alrededor de cinco mil fusilados por el bando nacional no descansaban más que los huesos de un buen puñado de cabras y perros. Y toda la batahola revanchista caminó de nuevo dirección al campamento de invierno con las orejas gachas y el rabo entre las piernas; pero ansiosa de encontrar un nuevo Becerro de Oro que mitificar. A kilómetros de Órgiva, en el paraje de Fuente Grande de Alfácar, comenzaron en 2009 por fin las ansiadas excavaciones en busca de los restos mortales de un tal Federico García Lorca. Todo un símbolo de abnegación y martirio. Continuaba así dando bocanadas de aire una obsesión por Federico que nunca perecería. Y no del Federico poeta, sino del Federico símbolo. Convertido en icono y casi Tótem por los republicanos de izquierda. Chirriándoles los dientes y con los puños apretados cada vez que la familia del propio Lorca se opone a la apertura de cada una de esas fosas en las que se encontraría –una vez más– al finado poeta, se disponen a recibir una lluvia de hostias sin manos que caerán a calderadas.

En la nota 15 del capítulo IV de la obra de Arnaud Imatz, José Antonio: entre odio y amor, se alude a una entrevista publicada en 1968 en la revista Nuestro tiempo. En ella habla el poeta Luis Rosales acerca de la muerte de Lorca: «Siempre he pensado que quien denunció a Federico debía tener una enorme influencia política. No puede ser de otro modo considerando la extraordinaria movilización de fuerzas desplegadas para prenderle en un momento en el que no debía haber en Granada más de cien combatientes aptos para luchar en el frente y donde un arresto era cuestión de enviar tan sólo una pareja de la Guardia Civil. El arresto de Federico en casa de mis padres parece haber sido un episodio de la rivalidad CEDA-Falange, una maniobra política del diputado de la CEDA en Granada, Ramón Ruíz Alonso, con el fin de provocar un gran escándalo capaz de arruinar al partido rival, demostrando que los más importantes jefes falangistas esconden en sus casas a amigos rojos». ¿Rojos? Sabido es que Lorca no sólo se codeaba con la familia Rosales, todos ellos falangistas de carné. También se tiene constancia de la amistad que le unía nada más y nada menos que a José Antonio. Del fundador de la Falange llegó a decir: «José Antonio. Otro buen chico. ¿Sabes que todos los viernes ceno con él? Solemos salir juntos en un taxi con las cortinillas bajadas, porque ni a él le conviene que le vean conmigo ni a mí me conviene que me vean con él».

Toca ordenar la cacharrería y hacer inventario. Viene a colación todo esto dada la información que hace escasas semanas publicó el periódico Ideal. Se refería al audio de una entrevista salida a la luz que data de 1966, en la cual Luis Rosales es entrevistado por el hispanista Ian Gibson. En ella, Rosales pasa por el tamiz todo aquello cuanto conocía del Lorca político. Sostenía que en sus conversaciones nocturnas al llegar del frente, el propio Federico le comunicó que era «partidario de una dictadura militar» que acabara con la escalada de violencia entre los unos y los otros. Es más, llegó a espetarle al historiador que Federico tenía un pensamiento de derechas. Lejos de esa imagen al uso que nos venden por estos pagos los feligreses y nuevos catecúmenos del antifranquismo retrospectivo, se nos dibuja poco a poco con pincelada leve un Federico alejado de los cánones de la izquierda republicana comecuras y de daga pronta.

José Antonio, que gozaba de un magnetismo abrumador, una oratoria brillante y una pluma áurea, supo no sólo convertirse en menos que canta un gallo en el líder de Falange Española, sino que atrajo casi gravitacionalmente a los anarcosindicalistas de las JONS. Un proceso osmótico que hizo desertar a los miembros más reaccionarios de FE y los más izquierdizantes de la JONS. Y es que José Antonio luchó con gran brío y mayor pasión por acabar con el partidismo nacional, por romper con las izquierdas y las derechas, hasta tal punto de llegar a escribir que «el ser derechista, como el ser izquierdista, supone siempre expulsar del alma la mitad de lo que hay que sentir. En algunos casos es expulsarlo todo y sustituirlo todo por una caricatura de la mitad». De ahí que fuera un fervoroso anticomunista sin dejar de enfrentarse por ello a liberales y capitalistas. Tanto es así que Unamuno –liberal de corazón y no de etiqueta– entró en la caja de ébano acolchado sin comprender qué era exactamente el fascismo joseantoniano; pero, sin embargo, sintió una enorme admiración personal por José Antonio que manifestó en no pocas ocasiones. Es por ello que llegó a acoger como Rector de la Universidad de Salamanca uno de los actos de FE-JONS. Y es que las virtudes intelectuales de José Antonio, especialmente su oratoria, carisma y lucidez a la hora de poner en negro sobre blanco sus ideas, atraían a intelectuales de todos los puntos de la brújula. De ahí que incluso Juan Ignacio Luca de Tena le tendiera un puente en ABC a raíz del secuestro del semanario El Fascio, en el que colaboró junto a Sánchez Mazas, Ledesma Ramos, Onésimo Redondo y Ruíz de Alda, entre otros, y en el cual exponía su visión del fascismo. Una visión bastante aguerrida con el fascismo italiano de Mussolini, pues no dudaba en mostrar su mordacidad respecto al corporativismo italiano pero abrazando, sin embargo, al proletariado –de hecho hasta eligió el azul de la vestimenta falangista por considerarlo un «color proletario»– Unos hechos que, aun así, hacen chirriar los goznes de la puerta de la conciencia temporal cuando personajes como Lorca se codearon con un José Antonio que causaba amor y odio a partes iguales en un momento de la Historia en que las dos Españas se tornaban más irreconciliables que nunca.

No obstante, los que antaño callaran hogaño ladran. Mostrando un odio caníbal hacia una Falange que les es totalmente ajena en tanto que sus baños de prejuicios terminan cegando los ojos con un agua sucia de revancha, desprecian a unos falangistas con los que Federico se sentía al parecer bastante cómodo intelectual y formalmente. Pero las necrofilias afloran como los lirios en primavera. En paños menores se queda el opúsculo de Carlos II a la momia de su padre en el pudridero de El Escorial a fin de sacudirse, como si de moscones se tratara, el supuesto hechizo de su esterilidad que le acompañaba desde que, siendo aún niño, se negara a besar a Felipe IV en el lecho de muerte; o las exhumaciones de Felipe el Hermoso a manos de su viuda Juana, en La Cartuja de Miraflores, con objeto de cerciorarse de que sólo fuera su corazón quien se pusiera en camino junto a los neerlandeses y tener así la tranquilidad de que su cuerpecito siguiera pudriéndose junto a ella. Moco de pavo comparado con las obsesiones necrofílicas de la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica, en general, y los lorquianos, en particular.

Las dos Españas se vuelven más macabras y obscenas que nunca. Hacer negocios ideológicos con quienes yacen bajo tierra es síntoma de una ataraxia moral propia de una sociedad puramente revanchista. Máxime cuando los cristales de la Historia misma presentan ciertas opacidades. Recubrir la figura de los falangistas con la farfolla de la derecha más casposa y violenta cuando no fue más que una izquierda católica al margen de la lucha de clases y, atribuirle a Federico García Lorca un odio a esa misma Falange –supuestamente derechista– mientras se carteaba con José Antonio y paseaba con las cortinillas bajadas para no ser delatado, denota cierta sumisión a los dictados del triunvirato de la Ideología, la Fe y la Ignorancia. Las contrariedades con las que tropiezan estos turiferarios de la peste no hace más contaminar hasta la enfermedad una tierra de por sí arriscada y yerma. Quizás el propio Lorca le dedicara unos versos a todos esos revanchistas que, en boca ajena, ponen palabras y hechos que con el paso de los años comienzan a columbrarse harto desfigurados.

La Memoria de una guerra unifica, la Revancha disgrega. Y en ésta última andan. Nadie lo ha contado mejor que Sánchez Dragó en sus Muertes paralelas, en el que narra o, más bien, evoca y lamenta, «la historia –muertes paralelas, consignas convergentes, infamias equivalentes, fratricidios análogos– de José Antonio Primo de Rivera y, a su trasluz, la de Miguel Hernández y Antonio Machado, la de Federico García Lorca y Pedro Muñoz Seca, la de Maeztu, la de Ledesma Ramos, quizá la de Buenaventura Durruti y, en todo caso, la de los cientos y cientos de miles de españolitos de la primera mitad del siglo XX que vinieron al mundo en un país permanentemente malhumorado y probablemente irredimible, y en una época de abyección generalizada, y a los que esa época –dies irae– y ese país invertebrado, bicéfalo, esquizofrénico, sadomasoquista y parricida helaron el corazón. Yo soy uno de ellos. Nací, ya lo dije, en el 36». Muertes paralelas. Ni buenas ni malas. Paralelas...

Pobres aquellos que remueven la tierra en rescate de la memoria de un Lorca que elevan a la categoría de mártir de la izquierda y la República ignorando que lloraría las muertes de José Antonio y Rosales –y quizá la Falange misma– más que la de ellos mismos. Las contrariedades de España.

sábado, 10 de julio de 2010

PROCUSTO Y EL ESTADO POLICIAL



El movimiento se demuestra andando. Según el fiscal general del Estado, Cándido Conde Pumpido, existen un total de 730 procedimientos abiertos contra partidos políticos por casos de corrupción. Y resulta que, como el pulpo Paul al mejillón gallego, la corrupción se agarra con algo más de fuerza al PSOE antes que a ningún otro partido, según se sustrae del informe de la Fiscalía: 264 procedimientos abiertos frente a los 200 a miembros del PP. Nada nuevo bajo el Sol, sea dicho de paso. Sin embargo, ocurre que aquellos que tienen la obligación y los medios de abrir las puertas de casa para ventear los efluvios de los cadáveres en estado de descomposición y avisar así al forense, terminan cubriendo la periferia con ambientador de rosas y escondiendo los restos bajo la alfombra. Mientras, en otros tantos lugares abren ventanas y puertas para que toda la pestilencia sacuda las pituitarias de los vecinos. Y con escarnio para suyos y ajenos además. Alfarero a tus cacharros, ¿haz tu copa y no te importe no saber hacer el barro? Tanto como pedirle al leguleyo centrarse en la justicia. Y es que las termitas terminan de merendarse el pilar de la Ley que otrora se convirtiera en garante del Estado de Derecho. Pero claro, Montesquieu ha muerto, como dijera ese gran guerrero con triple soldada, Alfonso Guerra. Las tornas han cambiado. Las heridas han cerrado. Il tempo, gran dottore. ¿Imperio de la Ley? Imperio, a secas. ¿Paseítos en la lechera a la luz de las cámaras de televisión? ¿Violación de la presunción de inocencia? ¿Arrestos sin orden del juez? ¿Escarnio público? Ay, si más de un ministro tuviera la carta blanca Kerenskyana o siquiera Caballeriana… De momento vale una horda de más de ochenta policías para hacer desfile –ni el de la Hispanidad– ilustrando las capacidades justicieras que lleva como sayo bajo la lluvia este Paladín de Carlomagno, Rubalcaba. Y es que el inconsciente traiciona y los fantasmas de Navidad terminan apareciendo. Quizás sean sus almuerzos en el comedor de casa al arrimo y al abrigo de las diatribas nacionales de un padre militar franquista como el que tuvo los que le hagan actuar inconscientemente recreando métodos y modos tan al uso de las dictaduras. Algo así como el montar en bicicleta. Lo aprendes, lo repites, no se olvida; pero no sabes ni el cómo, ni el porqué ni el cuándo lo aprendiste. ¿Pinchar teléfonos? Pues claro. ¿Detenciones sin garantías judiciales? Y tanto. ¡Papá lo hacía! Igual que el hijo de alcohólico asume los delirios de su padre haciendo necesaria la mentira, Rubalcaba asume no sólo procedimientos del ala paterna, sino también termina bebiendo de la ubre materna de la militancia socialista: «estaremos en la legalidad mientras la legalidad nos permita adquirir lo que necesitamos; fuera de la legalidad cuando ella no nos permita realizar nuestras aspiraciones», que le espetara el bueno de Pablo Iglesias a Antonio Maura en el Congreso. Y es que como el toro con querencia a los toriles viven estos socialistas de alto coturno y rancio abolengo cuando niegan y reniegan sus raíces, buscando el refugio de la mentira. Igual que De La Vega canturreara por Paraguay la coplilla de moda diciendo que su padre fue un represaliado del franquismo, tan represaliado que Wenceslao Fernández De la Vega fue condecorado por el Régimen con la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo. Menucias.

Lo cierto es que el circo mediático formado alrededor de Joaquín Ripoll pareciera acercarnos más a Ceaucescu que a cualquier democracia liberal. Como latones de feria acribillados por escopeteros sin atino, los centros del Estado de Derecho fueron saltando por los aires al tiempo que los cartuchos de la ignominia iban siendo percutidos. Mientras que la Ley contempla que las detenciones han de realizarse con el menor daño físico y moral posible, el Presidente del PP alicantino fue desayunado por las cámaras de televisión en pijama y con los últimos bostezos de la mañana aún en la boca. Nada que ver con esos etarras detenidos a media noche que salen entonando sus cánticos atapuercuences vestidos y bien acicalados, además de cubiertos por un aprisco de guardias civiles. Una de las principales diferencias entre las dictaduras bananeras y las democracias reales es que en las primeras son los ministros y allegados al Sumo Hacedor quienes dictan sentencias y ordenes de arresto, mientras que en las segundas, tal labor es exclusiva de los jueces. En este caso, ni el mismísimo juez estaba al corriente de tal detención. No así el Paladín Rubalcaba. Blanco y con cáscara.

Pero no sólo son las formas, sino el fondo. El cambio de timonel llevado a cabo por el Gobierno de Zapatero –que tanto se auto promocionara en la teletienda como el Gobierno del talante, la libertad y bla, bla– no sólo desmocha la Libertad de políticos de la oposición, sino también de los medios de comunicación que no caigan decúbito prono ante la tabla de los diez mandamientos de la corrección política. Se llevó a cabo el secuestro de Ripoll cuando aún más de uno ponía a secar al Sol sus calzones tras el chaparrón liberticida del Ministerio de Industria de Sebastián, que multara al Grupo Intereconomía con cien mil euros por un anuncio de cosecha propia contra el día del Orgullo Gay. Una multa que debería haber caído también a la asociación de gays y lesbianas COLEGA –una rosa entre tantos cardos de asociaciones– pues nunca dudaron en criticar de igual el circo y carnaval del día del Orgullo Gay: «Llevamos todo un año sensibilizando con talleres, charlas y mesas informativas, visitamos institutos de enseñanza, asociaciones de vecinos y todo para quitar los estereotipos que tiene aún la sociedad sevillana sobre los homosexuales. Y ahora con una fiesta que hace del estereotipo su principal atractivo, se termina de un plumazo todo el trabajo de un año». ¿Para ellos no hay multa? Verdad a medias, mentira al completo. Y es que el grupo COLEGA no deja de sufrir la asfixia económica por parte de las administraciones. Para el PSOE, ni siquiera los homosexuales son iguales. Como en todo, los hay buenos y malos. A saber: adeptos al Régimen o críticos con él y, por tanto, enemigos frontales. Curiosa vara de medir. Y es que, como escribiera Pío Moa hace días, los socialistas representan tanto a los homosexuales como los comunistas a los obreros o las feministas a las mujeres, es decir, nada. Pura mafia.

El clásico maniqueísmo escarlata llevado a extremos lancinantes. O se asume la libertad con todas sus consecuencias o se dice, lisa y llanamente –y sin magdalenas en la boca– que no defienden más que su propia concepción de libertad: aquella que le reporta plusvalías en forma de votos. Así, mientras encorsetan a medios de comunicación por ejercer su libertad, firman un contrato multimillonario con La Guadaña mediante la Ley del Aborto, quien se verá más que autorizada a recibir en su matadero privado a todos aquellos nonatos que sus disolutas madres quieran pasar por la túrmix a fin de barrerlos no sólo de su vientre, sino peor aún, de su conciencia. Así las cosas, toca memorizar la lección. Se puede blasfemar públicamente, pero no se puede criticar el carnaval que forman esas hetairas disfrazadas de monjas durante la caravana del Orgullo Gay, por lo que se deduce que se defiende la libertad de aquellos que –en teoría– menos garantías tienen, pero se permite el asesinato de aquellos otros que vienen desnudos de cuerpo y alma al mundo y, por tanto, representan la indefensión más absoluta. Corolario: y llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos, que entonara la copla.

Cuenta la leyenda griega la existencia de un ermitaño que vivía en la colina y a cuya cabaña llegaban los viajeros perdidos a fin de hacer fonda en el camino. Procusto, como así se llamaba, les ofrecía para su descanso una cama bastante particular. Una vez que el viajero se tumbaba sobre ella, Procusto tenía dos opciones: en el caso de que la longitud del viajero sobrepasara las dimensiones de la cama, le cortaba sus miembros salientes, de igual que, en caso contrario, estiraba los mismos mediante un juego de pesos y cadenas hasta que alcanzara la longitud de la cama. Desde entonces, son muchos los que utilizan la cama de Procusto a fin de cortar o estirar la Justicia según sople el viento. Unos, como Bono, pasan desapercibidos, mientras que otros, como Ripoll, son mutilados delante de las cámaras en una muestra de exhibicionismo y grosería rayana con un sadismo que ni el mismo Procusto atendería. Una vez más, la ficción y la realidad caminan de la mano. Siempre en España.